lunes, 5 de febrero de 2018

"Libritos Jenkins (Un compendio de conocimiento pop)" (Libritos Jenkins, 2018)


Para este 2018 que acaba de comenzar, me he propuesto darle bastante caña a mi (no-)editorial Libritos Jenkins. Tengo muchos planes en mente, varios frentes abiertos y archivos a medias, muchas notas por ahí, ideas locas... Y entre otras cosas, quería celebrar de alguna manera los 10 años de historia de este pasatiempo, a lo largo de los cuales he dejado atrás un total de 11 lanzamientos. Al margen del tebeo que Pedro Villarejo quiso autoeditar bajo mi sello, y del recopilatorio de contenidos de los primeros 64 programas de Reunión de Majorettes que reuní con ánimo de darlo a conocer (sin éxito) en otras emisoras, han sido nueve densos ensayos nueve, hasta ahora, los que he publicado en papel barato sobre diferentes aspectos del renglón torcido de la Cultura Pop, en este tiempo. Tratando temáticamente, de manera transversal y tan exhaustivamente como me fue posible, nueve fenómenos que me interesaban mucho a mí sobre la baja cultura minoritaria, el cine, la música, los tebeos, la tele de culto, la conspiranoia extrema, la política bizarra, la vida misma. Y para inaugurar el calendario, tengo ya listo, y en este momento materializándose en la imprenta, el volumen "LIBRITOS JENKINS (Un compendio de conocimiento pop)", que recoge 7 de ellos. Ya está en preventa, al ridículo precio de 20 EUROS DE NADA.

Precedido de una introducción ad hoc, y envuelto en esta hermosa y esquizofrénica portada de tapa blanda con solapas, "Libritos Jenkins" (el compendio) reúne todos esos ensayos en edición facsímil, por primera vez juntos en un retapado de 540 apretadas páginas que dará lustre a toda librería que se precie. Concretamente, he decidido rescatar (y espero que así dejar de reeditar definitivamente de manera individual; ¡aunque no renuncio a seguir explorando el formato grapa!), los siguientes títulos: "Hipnotismo pop" (2009), "Santos y Demonios sobre la pista de baile" (2014), "La loca historia del Ejército Simbiótico de Liberación y el secuestro de Patty Hearst contada a los niños" (2014), "Homer-Visión" (2015), "Búscate la vida. Guía 2000 de la serie más demente de los 90" (2016), "Bicefalia Pop" (2016) y "Máquinas de Rube Goldberg" (2017).

Con sus virtudes y sus defectos, este tocho es un pedazo de historia, y creo que una lectura estimulante y entretenida. Quienes conozcáis mis fanzines, ya sabéis de qué va esto; y para quien no, pues por un desembolso claramente minúsculo por un libro de semejante tamaño, es una gran oportunidad de descubrirlo, o de regalarlo a vuestro amigo de gustos raros. Creo que va ha quedado muy bonito, y sospecho que va a funcionar bien en las tiendas. Durante los próximos meses, mientras termino lo nuevo que tengo en mente, trataré de dar a conocer el pasado de la editorial, y quién sabe si consolidarla o ponerla en el mapa. Espero que os guste, y que quede legible e interesante. Podéis pedírmelo por aquí o por allá, pinchando en el siguiente botón, o pronto en algunas tiendas selectas de Madrid y Barcelona.



domingo, 21 de enero de 2018

The Guy Under The Seats y otras colaboraciones de Chris Elliott (1982-1988)


Hablando de cómicos de stand-up y de mi norteamericanofilia, una de mis rutinas habituales es encender el Youtube y dejarlo ahí toda la tarde en mi tele gigante escupiendo entrevistas y actuaciones de los talk-shows nocturnos americanos. Ayer sábado tenía una resaca considerable, y después de unos recados y de pillar cena basura, asumí que no iba a ser capaz de hacer nada productiv. Rendido a la evidencia, perdí por completo el interés en el mundo real, apagué el móvil y me parapeté en el salón con una manta. El algoritmo satánico y caprichoso me estuvo ofreciendo, siguiendo, imagino, visionados anteriores, algunos dibujos animados muy raros. Entre otras cosas, me llevó a esta maravillosa colección que recoge los 100 y pico cortos de Spy vs. Spy, esa obra cumbre de la revista MAD, llevados al mundo de la animación. Creados por el dibujante cubano Antonio Prohias, como una parodia de la Guerra Fría, y casi con tantas entregas como revistas MAD salieron al kiosko (debutó en el nº 60, allá por 1961), siempre me ha fascinado esta loca historieta minimalista en la que el Espía Negro y el Espía Blanco se matan eternamente el uno al otro de las maneras más imaginativas y disparatadas. Tengo algún recopilatorio de bolsillo en inglés, y mencioné a esta joya trash en mi fanzine sobre las Máquinas de Rube Goldberg, por su constante abuso de la cacharrería marca Acme y las máquinas de reacción en cadena; y conocía esta serie de pocos segundos de duración, pero no que se habían hecho tantos, y que la gran mayoría eran una obra maestra de la stop-motion (a partir de la segunda temporada, y desde la tercera, todos):


Después estuve viendo, por enésima vez, episodios uno tras otro de Celebrity Deathmatch y de Action League Now!, que nunca me canso ni me cansaré jamás, y pronto la Inteligencia Artificial, por sí sola, se sumergió en el extraordinario asunto de las actuaciones musicales en los talk-shows. Reconozco que me dormí y desperté hasta cuatro veces a lo largo de la tarde, y entre la vigilia y el sueño disfruté de increíbles actuaciones y entrevistas de Iggy Pop, Frank Zappa, Wendy O. Williams, los Ramones y mil más, que no había visto nunca antes. Fue como un viaje astral en el tiempo, a esas noches delante de la parabólica cuando me quedaba solo en casa de mis padres, siendo adolescente. Desde la última vez que miré, ha debido de liberarse en algún lugar todo el archivo de Johnny Carson y David Letterman, porque la cantidad de programas completos en óptima calidad que hay por la red es abrumadora. Y en estas que llegué, sin querer, a un vídeo que recogía todas las apariciones de mi ídolo Chris Elliott en el show de Letterman, ordenadas por temas. Elliott comenzó su carrera como guionista de Letterman, siendo muy, muy joven. El 15 de marzo de 1982, por azar, David le sacó ante las cámaras disfrazado de montaña de basura:


A Letterman le hizo mucha gracia, y repitió al día siguiente. A partir de entonces, empezó a tener papelitos cada vez más habitualmente, hasta el punto de convertirse en su colaborador más carismático de finales de los 80s, con diferentes running gags e intervenciones absurdas que interrumpían el programa (eso que copiaron en los 80s Chicho Ibáñez Serrador o Emilio Aragón y que le aportaba al programa un ritmo y una sensación de imprevisibilidad muy estimulantes), con personajes idiotas como The Panicky Guy (ante cualquier sonido inesperado, Chris aparecía dando voces de entre el público, entraba en pánico, salía del estudio y era atropellado por un tipo de mantenimiento manejando una enceradora), The Regulator Guy (una parodia de Terminator, a la que acudiría en el episodio "Repartidor 2000" de Get a Life), The Conspiracy Guy (un genial tarado conspiranoico que igualmente interrumpía desde el público para acusar a Letterman de todo tipo de cosas), The Fugitive Guy (Roger Campbell, un "nuevo" tramoyista del equipo que continuamente era perseguido por la CIA) y sobre todo The Guy Under The Seats (literalmente, un tipo que vivía debajo de las gradas y aparecía de pronto por una trampilla). Jordi Évole, con su personaje de El Follonero, comenzó su carrera en el talk-show de Buenafuente con una copia de uno de estos espontáneos habituales de los programas americanos, que tan bien llevó Elliott al extremo (de hecho, en los pocos talk-shows que ha habido en España, casi todo está copiado, hasta la genial Niña de Shrek no es más que una copia del SNL). También comenzó a aparecer a menudo interpretando a un impersonator de Marlon Brando. Durante esta época, Chris llegó a convertir algunas de sus parodias en proyectos de series, que se quedaron en extraños mediometrajes, como Action family y FDR: A one man show, de los que hablé hace mucho en este blog. En 1989, Chris abandonaría definitivamente el programa, para iniciar su carrera como estrella total en Búscate la vida, mi comedia favorita de todos los tiempos, que le llevaría a estatus de cómico de culto. En mi fanzine sobre Chris y su serie, ya hablé de todos esos personajes, y había visto bastantes de estas actuaciones, con estos personajes u otros (era muy recurrente casi a diario durante sus 5 años en Late Night with David Letterman, y siguió apareciendo en muchos talk-shows hasta el día de hoy). Pero por primera vez, anoche me dieron las cien mil viendo TODAS sus apariciones clásicas como colaborador, en vídeos de hasta hora y media, que conformaban una especie de anti-sitcoms marcianas, absurdas, reiterativas, punk, repletas de frases capciosas y actuaciones fascinantes. El usuario de Youtube Don Giller, al que descubrí anoche, por lo visto lleva algún tiempo subiendo mil y una piezas (sobre todo) de Letterman, y organizándolas en colecciones completas. Hubo algunos otros personajes (como el Skink Bounty Hunter, ya en los 90s, o maravillosas parodias como los Mummenschanz, William Shatner y mil y una otras imitaciones o apariciones as himself), pero en esas colecciones está lo más épico, y lo que forjó a Chris Peterson. Así, anoche estuve viéndome (y guardándome para volver a verlo) todo esto, sintiendo un extraña mezcla de felicidad y nostalgia, una nostalgia bastante gilipollas, ya que de alguna manera enferma echo de menos una televisión y un pasado que no viví y que no me corresponden para nada. Aquí en España a la gente se le llevan los demonios hablando de Frigopiés, del Un, dos, tres y de La bola de cristal, pero en este tipo de atracones, me siento como el redneck de Wyoming que llevo dentro, o el Homer Simpson que nunca fui. Por si hubiese más fanáticos de esto, dejo por aquí los enlaces, y me retiro discretamente a mi apartamento encima del garaje de mis padres.








Comedians in cars getting coffee


Mi principal ocupación, esta semana que termina, ha sido ver esta serie que han subido recientemente a Netflix. Había visto algún episodio suelto en su día, como el de Jim Carrey, pero ha sido empezar a verlo a la carta, y no poder parar. La maratón ha sido apoteósica, no me enganchaba tanto a una cosa desde que probé por primera vez la Nocilla.

Cómicos en coche yendo a por café es el último invento de Jerry Seinfeld, el creador, escritor y protagonista de los 180 episodios de la segunda sitcom más vista de todos tiempos. Mi relación con Seinfeld fue bastante agridulce, el tipo reconozco que me caía un poco mal, porque le consideraba responsable de haber convertido el arte de la comedia en esa estúpida colección de observaciones rancias sobre la vida real; esos «¿os habéis fijado en las cacas de perro...?», esos «cuando venía hacia aquí me he cruzado con un amigo que...», esa actitud marisabidilla y condescendiente de todo supuesto cómico contemporáneo, eso que resumió Homer Simpson en la máxima «hay que reírse porque es verdad», esa transformación del cómico físico, sofisticado, trabajador, con cualidades interpretativas, con gracejo natural, en que un pringao cualquiera se pueda subir a un escenario a hablar sobre nada ante un micro durante horas con las manos en el bolsillo. De hecho, en un vistazo superficial, Seinfeld representaba el triunfo de la nada, la quintaesencia del hablar por hablar, la desactivación del talento, el esfuerzo, el método, la escritura virtuosa, en favor del humor de oficina. El desembarco de esos cientos de tipos que se creían el más gracioso de su grupito de amigos, que de un día para otro consideraron que eran dignos de subirse al escenario de un estadio a decir ocurrencias, no hubiera sucedido jamás, al menos en España, de no ser por Seinfeld, que aportó a los stand-up comedians un elevado estatus para siempre. En el mundo del espectáculo y el entretenimiento, nada volvió a ser lo mismo después de Seinfeld. Por eso, le tenía bastante manía al tipo, a la "nueva comedia" y el post-humor de los cojones que trajo consigo, y a su serie aparente y consuetudinariamente insustancial.

Este prejuicio que tenía se me curó, claro, en cuanto vi Seinfeld completa, hará unos 6 años. Entonces lo comprendí. Porque fue una seria importantísima, repleta de un riquísimo todo soterrado bajo esa nada; de hecho, ahí estaba el personaje de Kramer, y en menor medida el de George Costanza, para rendir tributo a esa comedia física y al slapstick contra los que, al menos en mi cabeza, se enfrentaba. Sigo siendo más fan del humor de pisar rastrillos y subirse a taburetes rotos, prefiero Búscate la vida, Primos lejanos, Frasier o Matrimonio con hijos, pero amo a Seinfeld. La existencia de la serie, además, era muy necesaria para la cultura popular norteamericana, donde esta profesión es algo muy cercano a la del músico de punk; y probablemente Larry David y él eran los más indicados para transformar el stand-up en una meta-ficción. Es un género más, dignísimo él, del mundo del espectáculo, y sus rutinas poco o nada tienen que envidiarle, en su inherencia en el Arte, al de la música de autor o la prestidigitación. Que en España la cosa se desparramase de aquella manera, que asociemos el "club de la comedia" al de famosos recitando un guión de chistecitos de taberna, o que existan tipos tan irritantes como Antonio Castelo, Manel Fuentes o Luis Piedrahita (en su faceta de cómico; me parece un gran comunicador e ilusionista, aunque si me lo cruzo por la calle le escupo en la cara y salgo corriendo), fue un efecto secundario. El tiempo puso las cosas en su sitio, y aunque en laSexta sigan empeñados en normalizar el monólogo recitado por modelis, toreros y presentadores de concursos, finalmente se ha generado una auténtica escena, digna y con brillantes cómicos en nuestro país con pátina de estrellas del rock (cosa que, por otra parte, apenas tenemos); en Sudamérica, por ejemplo, me consta que el asunto es mucho peor, y el humor estandupero está estancado en el tardofranquismo ideológico, el caca culo pis, los mariquitas y los gangosos.

Como sea, Comedians in cars... es una importantísima reflexión en torno al humor, y un homenaje a toda la historia de los grandes cómicos norteamericanos. Desde los tiempos de los Hermanos Marx o Jack Benny, pasando por Bill Cosby, George Carlin, Johnny Carson, Richard Pryor, Andy Kaufman, Bill Hicks, Robin Williams, Lenny Bruce y los demás buques insignia difuntos, todos ellos están presentes entre las conversaciones de los vivos que, de dos en dos (Jerry y otro), se producen en los coches y en las cafeterías que eligen al azar para tomarla. Porque el formato no podía ser más simple y más brillante: Jerry Seinfeld se sube a un coche (impresionante, clásico, de colección), va a casa o al trabajo del invitado, y conducen un rato hasta encontrar un garito en el que seguir charlando antes de devolverle a su casa. Queriendo o sin querer, este docu-reality de improvisación total conjuga todos los elementos que triunfan en la televisión del siglo XXI: los shows de coches antiguos tipo Top Gear; los reportajes de viajes a lo Gilipollas por el mundo; los espacios de pornografía gastronómica y recetas (aunque en este caso las escenas en slow-motion y cámara superlenta de alimentos turgentes y perfectos siendo preparados, se reducen casi siempre al café, salvo cuando también almuerzan o toman alguna otra cosa); y los propios programas de convivencia, como... los miles que hay. Los dos protagonistas se dedican a mostrar más o menos su vida privada durante unas horas, y visitar "rincones con encanto", totalmente al azar, allá donde les lleve el vehículo y el ritmo del programa. Una charla informal, comandada por maestros de la palabra y la retórica, salpicada de chistes, anécdotas e incluso momentos realmente emocionantes, cuando rememoran a sus ídolos caídos.

Para mí este es de esos casos en los que, gracias al anfitrión, da lo mismo quién sea el invitado. De hecho, a algunos de los invitados no les conocía de nada, y en principio pensaba verme solo aquellos en los que aparecían figuras muy conocidas (Carrey, Steve Martin, Will Ferrell, Ricky Gervais, David Letterman, Louis C.K., Jimmy Fallon, Chris Rock, Jay Leno, Tina Fey, Howard Stern, mi novia Kristen Wiig, ¡Barack Obama!...), y en plan mitómano, los cuatro en los que aparecieron sus viejos compañeros en Seinfeld: Jason Alexander, Michael Richards, Larry David y Julia Louis-Dreyfus, que a priori serían especialmente emotivos. Pero al final me he visto todos, y pocos me decepcionaron, aunque en algunos (poquísimos) la química entre ambos no funcionara demasiado. De hecho, con alguno casi me muero de la risa, como la tarde que pasaron juntos Jerry y un tal Brian Regan, al que no tenía el gusto y que tuve que pararlo un par de veces porque se me iba a salir el bofe de las carcajadas. El episodio con Kramer, el gran Michael Richards, también fue especialmente brillante, y en el rato que estuvieron por ahí les pasaron cosas increíbles y divertidísimas, hasta el punto de que tuvieron que poner un aviso al principio, indicando que nada estaba preparado. Qué tío más grande, y a ver si remonta pronto, supera el bache y podemos volver a disfrutarle en alguna otra sitcom. Yo soy muy mitómano de la televisión americana, y esta colección de (60, hasta la fecha) sencillos paseos entre colegas rodeados de cámaras, es un auténtico canto al género, una delicia. Todos los encuentros, o casi todos, acaban teniendo algún elemento que los hace especiales, y terriblemente adictivos, por aquello de la anticipación, porque no se sabe qué va a pasar... aunque, en efecto, casi nunca pasa nada. Pero es que de eso trata la vida, para quienes somos vulgares tomacafeses con alma de jubilado.

Hay muchos momentos gloriosos. Personalmente, me gustaría quedarme a vivir para siempre en el episodio de Kristen Wiig, porque estoy psicóticamente obsesionado con ella, pero el día que queda con Carl Reiner y acaba en casa de Mel Brooks es también muy especial. El del gran Fred Armisen paseando por Portlandia está muy bien también. O los de Don Rickles, Leno o Letterman porque menudos personajes, esa gente con tantísimas tablas que tiene tanto que contar, que sueltan unas anécdotas increíbles sobre estar con Frank Sinatra o con Liberace hasta el amanecer en Las Vegas, y ese tipo de cosas. Todo muy guay. Echo de menos a bastantes, sobre todo me encantaría ver a Jerry con Chris Elliott, mi cómico favorito del mundo, mi ídolo. Y con Bill Murray, y con Ben Stiller, y con Bruce Campbell, y con Trey Parker y Matt Stone, y con José Mota... Sospecho que con Conan O'Brien y Craig Ferguson no se debe llevar muy allá (no sé, creo que hay varios sectores un poco enfrentados en este gremio; es la sensación que da seguir los talk-shows americanos, debe haber piques y vetos), y tipos como Eddie Murphy o Woody Allen no deben ser muy accesibles. A ver con quién sigue. Este tipo de shows de judíos charlando sobre naderías, relajadamente, diciendo estupideces, es muy de mi rollo y no me canso nunca. Ojalá dure para siempre.

lunes, 15 de enero de 2018

Marvel Knights: Daredevil (2005-2009)



Hola. He leído muchas cosas en los últimos meses, y escuchado y visto también muchas cosas (como todo el mundo), pero no sé por qué no actualizo esto. Voy a romper el hielo con tebeos, porque sigo obsesionado con los personajes del Universo Marvel, son para mí más importantes que los evangelios. Pura liturgia, un alimento espiritual. Bueno, no es para tanto. Que sigo enganchado, vamos, desde niño. En este blog estoy desgranando (también en apuntes apresurados, sueltos y desordenados) mi lectura continua de todos los tebeos de Spiderman que en la historia han sido, porque es mi personaje favorito desde toda la vida; leo tebeos de Spiderman desde antes de saber leer, y hasta hoy mismo. Y después de Spiderman, probablemente mi personaje favorito es Daredevil. Así, hace ya algún tiempo decidí comenzar a leer también todos los tebeos de Daredevil, desde el principio. Me llevé una poderosa decepción, y lo abandoné pronto para releer la etapa de Frank Miller (que apenas la recordaba desde pequeño), la más laureada de todos los tiempos, no solo de Daredevil sino del tebeo americano en general. Estoy en ello, lo llevo a medias y aún no he llegado a los números realmente importantes (ya sabéis, Elektra Asesina y Born again); supongo que lo contaré también tarde o temprano. Pero mientras tanto, decidí dar un salto, aparcar de momento, el "volumen 1" (que llega hasta el número 380), para irme al que se conoce como "volumen 2" de Daredevil. Es decir, la etapa titulada Marvel Knights: Daredevil, en la que se conjugaron dos artistas de enorme prestigio, allá por 1998: el director de cine Kevin Smith, y el espectacular dibujante Joe Quesada, actual editor de Marvel Comics. En su día compré las grapas de esta colección, que solo tuvieron a Kevin Smith durante 8 números, para ser pronto relevado por David Mack, un extravagante autor indie que tengo entendido que fue quien introdujo a Brian Michael Bendis en el mainstream.


La etapa de Smith y Quesada no me marcó demasiado, me pareció demasiado tremenda y dramática hace 20 años. Releída hoy, me ha gustado muchísimo, los diálogos del cineasta son trepidantes y salpicados de chistes tontos ocultos en la tragedia, que le aporta muy buen ritmo; y el barroquismo de Quesada, menos estomagante que entonces. Y es una etapa importante, que no solo se llevó la vida de la pesada de Karen Page, sino que también devolvió al personaje a la senda adulta y milleriana que tanto se echaba de menos, por lo visto, en la colección. Fue una gran jugada esto de Marvel Knights. En su día, abandoné la grapa tras unos cuantos números escritos o dibujados por el citado David Mack. Junto a su amigo Bendis, dejaron un arco bastante majo (nº 16-19 USA), en el que tomaba protagonismo el periodista Ben Urich, uno de los personajes con los que más simpatizo de todo Marvel, en un homenaje precioso a la importantísima "El niño que coleccionaba Spider-Man" (1984). Después hubo baile de artistas, hasta que finalmente Bendis y Alex Maleev se hicieron con la serie durante varios años (nos. 26-81 USA). Entre los fill-ins, una serie de historietas curiosas, con mayor o menor gloria, como la simpática saga a lo Ally McBeal que hicieron Bob Gale y Mark Pennington; o la miniserie de Daredevil y Spider-Man dibujada por un tipo llamado Vatche Mavlian, que se suponía que iba a ser el nuevo McFarlane, y del que no se acuerdan ni en su casa. Yo reconozco que me gustó mucho, con esas curvas humanas a lo Botero y esas posturas y composiciones deudoras de Sam Kieth. No sé qué habrá sido del tipo, que dibujó otro par de cositas para Marvel y le vetaron para siempre... Pues no era tan malo. Lo que sí me pareció completamente insoportable fue el arco (51-55 USA) que se hizo enterito David Mack, escribiendo y pintando esos collages horribles, que tardé como una semana entera en leerme. Con los años, he aprendido a apreciar (y de hecho, a amar) a artistas que se me atragantaban de niño, me molestaban, como Bill Sienkiewicz, Klaus Janson o Al Milgrom. Pero lo de David Mack, para mí, no tiene nombre. No debido a su curioso dibujo experimental, sino a esa historia infumable sobre la sordita Eco, que parece que retrocede en lugar de avanzar. De no ser porque para entonces Bendis y Maleev ya llevaban una temporada en la cole, y se sabía que volverían tras Mack, creo que la serie se habría hundido del todo, porque es de un hipster y de un snob que asusta.


De lo que no tenía ni idea, era de lo increíblemente maravillosa que fue la etapa de Bendis y Maleev. Lo reconozco: se me había pasado por completo, no tenía ni idea de que esto había existido. Bendis es uno de mis guionistas favoritos desde siempre, me vuelve loco, es un narrador poderosísimo, con unos diálogos que te atrapan y unas situaciones maravillosas, te da siempre más de lo que esperas, y lleva a los personajes a situaciones en las que siempre quisieras haberles visto. Pero no sabía que esto era tan, tan delicioso. La larga etapa de Bendis y Maleev en Daredevil es, en mi opinión (y a falta de reeler aquélla), superior a la de Frank Miller. He pasado una semana absorto en estas historias, en esta maravillosa película en viñetas contada en exactamente 50 números que te dejan sin respiro. El estilo de Maleev en aquella época abusa del montaje estilo "fotonovela", con fondos reales y personajes copiados del natural, pero "cada maestrillo etc.", nada que objetar, porque el resultado es absolutamente increíble, y te transporta a una Cocina del Infierno más realista y jodida que nunca. Practicamente estás mirando una película, pero con ese lenguaje que tanto amamos de la narración gráfica, los globos de texto y las onomatopeyas flotantes. El resultado, a menudo, pone los pelos de punta.


Las aproximadamente 1.000 páginas que se marcaron estas dos bestias en esos 50 números, básicamente cuentan una sola historia: la prensa amarilla desvelando que Matt Murdock es Daredevil. Esto, de hecho, es una constante en toda la carrera del "Cuernecitos" (como decía el entrañable Prof. Loki), sus problemas con la identidad secreta. Es mucho más habitual que en los otros superhéroes, ya que el temita de la dichosa ceguera no siempre es la mejor excusa; pero sobre todo, porque el hecho de que un abogado tenga una doble vida como vigilante nocturno, es obviamente inmoral y despreciable, pese a todo lo que la ciudad ama a Daredevil. No era la primera vez, por tanto, que se planteaba esta cuestión, ni mucho menos (en el mismo fill-inn de Bob Gale que mencionaba antes, volvía a suceder por segunda o tercera vez en su carrera; y se resolvía llevando a un doble disfrazado de DD al juicio, que desactivaba esa máxima superheroica de "nadie les ha visto juntos nunca"). Pero Bendis lleva esto al extremo, hundiendo la premisa en paletadas de realismo y verosimilitud, contemplando todas las posibilidades, mostrando a la prensa como lo que es (el Globe y el Bugle son esos Telecinco y Antena 3 peleando en el barro por los huesos de Diana Quer), y ofreciendo una imagen de Matt Murdock como un tramposo, mentirosa hijo de perra... por los motivos correctos. Esta etapa es, cayendo en el tópico más maniqueo, "el El Padrino" o "el Los Soprano" del cómic de superhéroes.


La Maggia de los tebeítos de antaño, con ese Kingpin gordinflón y esos Cabeza de Martillo o Cabello de Plata fumando puros detrás de una mesas, quedan pulverizados y ridiculizados para siempre, y a partir de ahora es, más aún que en tiempos de Miller, una auténtica Mafia contemporánea, que lo infecta todo a través de las cañerías de la ciudad. Después de un asfixiante periplo, lo único que puede hacer Daredevil es quitarse la máscara y dar un puñetazo en la mesa (y en innumerables caras) para auto-proclamarse el Kingpin de Hell's Kitchen. Es que es absolutamente brillante todo lo que sucede. En ocasiones, Bendis y Maleev me han tenido leyendo de pie, dando vueltas por la casa, largas escenas de señores con corbata hablando en interiores, en comisarías, en apartamentos o en bares; eso lo consiguen muy pocos cómics, conmigo. La escena en la que el detective del FBI le dibuja cuernos con rotu rojo al retrato de Murdock es, algo tan aparentemente sencillo como eso, me transmitió tanto escalofrío como media temporada de una de estas series de HBO. Pero no es exactamente una serie de señores charlando: los ninjas vuelan por todas partes, y las peleas épicas van a dos por episodio. El ritmo que tiene esta etapa parece estudiado por un equipo de publicistas. Y encima, Bendis acude a los villanos más cutres y estúpidos de la trayectoria de Daredevil; sí, todos esos caricatos que me hicieron abandonar y desconfiar del personaje en sus primeros números, como el Bufón, el Búho, ¡el mismísimo Matador!, reaparecen en toda su gloria, y en media página Bendis y Maleev nos les devuelven con esa misma pátina de HBO incontestable y fascinante. Lo que hizo Frank Miller con el Gladiador en su día (de ser un pringado dependiente de una tienda de disfraces que va a una fiesta y se china con Daredevil por una discusión boba, a convertirse en un asesino letal esquizofrénico; tres cuartos de lo mismo con Bullseye), Bendis consigue hacerlo con los villanos más estúpidos, irrelevantes y caricaturescos de la Edad de Oro de Stan Lee y Bill Everett/Wally Wood, transformados como por arte de magia en epatantes secundarios de un film de Tarantino o de Scorsese.


Otra de las constantes desde el número 1 de Daredevil, es la de los problemas de Matt con las mujeres. Si en aquellos primeros números solo era una chirigota, un estúpido triángulo amoroso entre Foggy Nelson, Karen Page y Matt Murdock, al más puro estilo de los tebeos de Archie, con los años se ha ido convirtiendo, por pura inercia, en una tragedia griega, una auténtica maldición. Bendis ha abusado de este asunto, y no solo ha hecho desfilar a todos los fantasmas de sus ex (la asesinada Karen o la suicidada Heather Glenn) y a las que quedan vivas (Elektra, la Viuda Negra, María Tifoidea, Eco), sino que se trae a otra moza compleja y existencial (Milla Donovan), y van y se casan . Por supuesto, cada vez que aparece se masca la tragedia, y Bendis no decepciona. Cuando menos te lo esperas. Como siempre al voltear la página. A mí siempre me han molestado las novias de los superhéroes (entiéndase el comentario patriarcal: es que soy un niño con pito leyendo esto desde los 8 años y que apenas ha crecido, cuando regresa a estas cosas), pero Bendis las sitúa en el lugar y el momento perfectos en esta larga y abrumadora partida de ajedrez.


Foggy Nelson es también el mejor Foggy Nelson que recuerdo (bueno, en la serie de Netflix también han hecho una construcción de personajes apabullante), y también dan lo mejor de sí Ben Urich, las secretarias intercambiables del despacho Nelson & Murdock, la detective Angela del Toro, la encantadora Enfermera de Noche, el plantel de secundarios del cuerpo de policía, de los apartamentos cercanos o de la tertulia de "afectados por Daredevil anónimos" que se saca de la manga, y por supuesto el aura que envuelve a Kingpin o a Bullseye, es maravilloso. Y tal y como el propio Bendis contaba en la despedida, lo dejaron en el mejor momento posible, antes de que perdieran la pasión y aquello se enquistara. Insisto: no tenía ni idea de la existencia de esta obra maestra (merecidamente premiada), y lo he disfrutado como una temporada inédita de Breaking Bad, entiéndase de nuevo el recurso fácil, pero llena de superhéroes en pijama: Spiderman, el Capitán América, los Héroes de Alquiler, Los 4 Fantásticos o mi novia Jessica Jones también aparecen todo el rato por este Canción triste de Hell's Kitchen, con su colorinchi un poco apagado.


Y no, [spoiler], no, Bendis no se acobarda, y no devuelve todo a la idílica zona de confort que todos amamos, con ese Foggy con bombín trabajando en un nuevo caso: Matt Murdock, medio muerto, sigue siendo Daredevil para todo el mundo, y la prensa lo sigue acosando, y de hecho el hijo de puta de Kingpin consigue que lo metan en la [spoiler] de máxima seguridad de Ryker's. Y cuando Bendis y Maleev se despiden (Bendis se fue a los Nuevos Vengadores para el siglo XXI, que esto sí lo leí en su día, y juntos hicieron luego una etapa de Spider-Woman agente de S.H.I.E.L.D. que ya tengo en la mesilla de noche), y son sustituidos por Ed Brubaker y Michael Lark, la cosa parece que va a seguir por los mismos derroteros, no sé hasta cuándo. Estoy cerca de alcanzar el número 500 de Daredevil, y ya lo contaré en este lugar cuando la alcance, y seguiré con la lectura más allá. Y me sumergiré de nuevo, con mis arrugas, en lo de Frank Miller y tal vez en los huecos que me faltan del volumen 1. De momento, lo de Brubaker y Lark no es lo mismo, pero se le parece un poco. Se echan de menos los diálogos brillantes y la gloria bendita, pero a ver qué leches pasa con mi amigo Matt el ciego que ve mejor que nadie.


domingo, 19 de noviembre de 2017

Mike Judge presents... Tales from the tour bus (2017)


Mike Judge es uno de mis autores favoritos. El creador de Beavis & Butthead, "Trabajo basura", "Idiocracia" o Silicon valley lleva tres décadas generando algunos de mis momentos televisivos favoritos, a través de un discurso certero y crítico en torno al concepto de "Amerrika", al que pocos se han acercado (tal vez, solo sus amigos Trey Parker y Matt Stone le acompañan en esa estela destructora del Jodido Sueño Americano). La sola mención de Beavis y Butthead me trae a la memoria bonitos recuerdos de madrugada durante mi adolescencia viendo la MTV, pero mi producto favorito de Judge es la maravillosa serie King of the Hill. Mi sitcom favorita, un auténtico catálogo del estilo de vida del norteamericano medio, de la que solo había visto un par de temporadas y me he propuesto ver entera en los próximos días. Voy por la tercera temporada de trece. Este es el tipo de series que me enganchan, mucho más que cualquier otra novedad de las que ve La Gente. De hecho, no estoy siguiendo ninguna serie actual. Intento ponerme al día con todas las series de Marvel, que las tengo todas a medias (Daredevil, Iron Fist, Power Man, Defenders, Punisher, Marvel's Agents of S.H.I.E.L.D., Marvel Spider-Man...), que satisfacen mi Marvelmanía, pero temo que jamás me pondré al día ni acabaré ninguna. Sigo con mi manía de mirar todo el tiempo series clásicas de dibujos animados de las que tengo en el disco duro conectado a la tele, y me da bastante pereza mirar cosas que no estén dibujadas. Las únicas series actuales a las que sigo siendo fiel son The Big Bang Theory (no conozco a nadie que siga viéndola, o que lo reconozca; entre el fandom parece que da vergüenza confesar que te gusta esta serie, mientras se reivindica Quién quiere casarse con mi granjero... yo no entiendo nada), y también voy a ver su hermosa y tierna precuela, Young Sheldon, que me está gustando mucho. Veo poquísimas películas, antes soy capaz de ver entera Rick & Morty (que la tuve puesta a todas horas durante mi larga vigilia en los estertores finales de Fredi, tratando de que aliviara el dolor, así que el visionado fue terriblemente agridulce) o hasta Friends (me vi los miles de episodios hace unos meses, para poder afirmar con propiedad que menuda memez conservadora y dañina, pero qué bonita queda de fondo). Y hace unos minutos acabo de ver el último episodio de la primera temporada de Tales from the tour bus, emitido esta misma semana.


TftTB es uno de mis productos televisivos favoritos en años. Judge regresa a sus raíces, al retrato hiperrealista de la vida de los gañanes, hillbillies y pecadores de la pradera que comenzó con los subnormales de Beavis y Butthead (y sobre todo con los maravillosos Dale Gribble, Bill Dauterive y Jeff Boomhauer), pero en este caso centrándose en el mundo real: es una serie documental, centrada en la vida y milagros de un puñado de artistas del outlaw country, músicos cuyas salvajes hazañas no tienen nada que envidiar a las de G.G. Allin, Sid Vicious o Mötley Crüe. pero todos ellos ligados a la música tradicional de la basura blanca de su país. En definitiva, historias de sexo, drogas, banjos, espuelas, rifles, caballos, farlopa y honky tonks. Como la mayoría de los documentales de música, la narración avanza a base de entrevistas a los allegados y familiares de los homenajeados, sentaditos mirando a cámara, combinadas con fragmentos musicales, actuaciones e imágenes de archivo.


Cada capítulo, de casi media hora, repasa la trayectoria de uno de esas grandes estrellas de la música rural norteamericana que aquí apenas nos suenan, pero todo ello está editado en forma de dibujos animados: los entrevistados fueron grabados pero después sometidos al estilo de animación cruda y cercana al comix underground de Judge, y esta técnica le permite también reproducir y ficcionar las anécdotas en forma de escenas animadas. Hasta donde yo sé, se trata de la primera serie documental que mezcla imágenes reales y animación, y que en cada capítulo cuenta alucinantes historias de esta pandilla de cuatreros con guitarras que fueron Johnny Paycheck, Jerry Lee Lewis (su época menos rockabilly y más hillbilly), George Jones (mira que parecía un angelito, el hijo de puta), Billy Joe Shaver, Tammy Wynette o Waylon Jennings, y cerrando con la efigie del vaquero sin hogar Blaze Foley, el único del lote que no alcanzó fama sino que se quedó realmente en los márgenes de la industria. Y también, el único probablemente de toda la serie que no le pegó un tiro a alguien sino que fue asesinado a tiros (aunque sí pasó por la cárcel como todos los demás, por otros asuntos). Una serie imprescindible para todo amante de la divulgación musical, las anécdotas de los montaraces de la América Profunda y/o los trapos sucios de la Industria.

martes, 7 de noviembre de 2017

Pepsi-Man (F. Ibáñez, 1966-1970)


Como decía en el post anterior, me chiflan las historietas promocionales, esas páginas corporativas que los anunciantes decidían encargar a los propios dibujantes de las revistas a la hora de vender sus productos al público lector de tebeos. Mi favorita de todas, probablemente, es el extraordinario Pepsi-Man, desarrollado por la estrella Francisco Ibáñez (sí, el autor de Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe o el Botones Sacarino) a lo largo de más de 100 entregas para las revistas Pulgarcito y Tío vivo a mediados de los años 60s. No confundir con el otro Pepsi-Man, la mascota del refresco que protagoniza anuncios y videojuegos en Japón, y que por suerte no nos ha apestado en Occidente. Reconozco que no soy un fiel lector de Fibáñez, ni un gran conocedor de su obra, y que supe de la existencia de este personaje hace unos pocos años, al encontrarme con un original de Pepsi-Man en una pequeña exposición montada sobre el Maestro en el Círculo de Bellas Artes, al hilo de algún aniversario o algo. Hace algunos meses, cuando estaba enfrascado en la preparación de mi fanzine sobre las máquinas Rube Goldberg, me encontré con que este legendario artista de la tira cómica de principios del siglo XX, se dedicó también a las viñetas promocionales, precisamente (entre otras cosas) a través de dos personajes llamados Pepsi & Pete, the Pepsi-Cola cops.


Rube Goldberg fue uno de los pioneros en esto del historietismo corporativo, que se debió poner de moda, sospecho, allá por los años 30s. Otro de los más recordados es el Mr. Coffee Nerves creado por el legendario Milton Caniff, que a día de hoy es todo un icono bizarro. Es un tema bastante amplio, y que yo no he estudiado bien, pero esto fue derivando poco a poco, a base de que numerosos artistas fueran contratados por las marcas, para crear primero ilustraciones y luego historietas/anuncio, al desiderátum de anuncios mezclados con los propios tebeos, de forma casi indistinguible, que había en la Edad Dorada del cómic norteamericano, con todas aquellas páginas de artistas muy conocidos anunciando todo tipo de juguetes, Sea Monkeys y otras maravillas engañosas de venta por correspondencia. En los 60s, como vi en el post anterior dedicado a las deliciosas historietas de pastelitos Hostess, esto ya era absolutamente habitual. Hoy en día la cosa sigue siendo igual, y en revistas como El Jueves sigue habiendo casi siempre una cabecera publicitaria obra de alguno de sus grandes autores, como Jordi March. El comic-book norteamericano de superhéroes, de hecho, a día de hoy solo es una manera (nada rentable) de publicitar sus películas y series y vender ropa... Pero ese es otro asunto. Citaba también en el post anterior una de mis páginas favoritas de uno de mis dibujantes favoritos, Miguel Ángel Francisco Moreno (Alias "Miguel"): la publicidad de Smarties que aparecía en el Pequeño País de los años 90s. No es broma, era una de mis secciones preferidas, y creo que tengo muchas guardadas por ahí en algún sitio.


Pero volviendo con el laureado Fibáñez, yo que siempre he sido infinitamente más fan de Jan, de Vázquez, de Ramis o de Martz Schmidt que de Fibáñez, su Pepsi-Man yo creo que es su mejor personaje de tods (dejando aparte a Rompetechos). La idea era realmente simplona, y consistía en que un niño resabiado y rubiales iba por la calle, de pronto se encontraba con un entuerto de cualquier índole (incluyendo monstruos, marcianos y bichos de toda clase), y lo desfacía gritando "¡Pepsi-Cola!", y transformándose tras ello en un superhéroe, como Shazam, armado de una pistola de rayos pepsicoleidos. La imagen de este personaje de la España de los sesenta era imponente, chiripitifláuta y más yeyé que Conchita Velasco en un 600. Las historietas son obviamente estúpidas y sencillas, pero qué no lo es en el costumbrismo fibañezco, que no le voy a restar méritos, que no le faltan y es un tesoro de nuestra cultura, pero que tampoco es que sea Alan Moore; lo que destaca es el dibujo, por supuesto, y la inventiva, absurda y sin filtros, como pasaba con las viñetas payasas de los anuncios de Hostess.


Curiosamente, Pepsi-Man no fue la única incursión del Fibáñez de la época en el tebeo patrocinado. Hasta donde yo sé, lo primero que hizo en este sentido fueron algunas historietas en blanco y negro protagonizadas por un búho y un niño llamados Uhu y el niño Prudencio, donde UHU no era sino el nombre de un famoso pegamento de la época (1964).


Y paralelamente a Pepsi-Man, y más o menos en las mismas revistas, también publicó otra página maravillosa a sueldo, protagonizada en este caso por el increíble Kinito, niño-mascota de la quina San Clemente, esa BEBIDA ALCOHÓLICA PARA NIÑOS que se distribuía en el tardofranquismo (por otro lado estaba la versión para ancianas que no sabían que no se estaban fortaleciendo, sino emborrachando: la quina Santa Catalina). No sé si el "kinito", ese juego para mamarse los fines de semana entre adolescentes, tomaría su nombre del personaje de Ibáñez, hace tiempo que me lo pregunto.


No soy ningún experto en la figura de Fibáñez, ni su obra, ni curiosidades de este tipo, pero sí una hormiguita que se guarda todo y lo organiza todo para leerlo concienzudamente en el tablet, y eso hice en algún momento del verano pasado mientras preparaba mi fanzine sobre Rube Goldberg. Así, he juntado en un solo archivo 119 historietas de Pepsi-Man (creo que son todas) deliciosamente dibujadas por él. Bueno, algunas de las últimas las hicieron negros como Martínez Osete y Bernet Toledano, según pone en la web de Tebeosfera. También recomiendo, para más información sobre estos personajes, el blog de Juan A. Ros, que les dedicó varias entradas (1, 2, 3), o rebuscar en la blogosfera o foros como el de la T.I.A. o el Escarolitrópico Gmnésico, que otra cosa no, pero el maravilloso tebeo costumbrista español goza de un cariño y una dedicación por parte de los fans y los expertos en la Red, que da gusto.

Yo no, yo me he limitado a pillarlos por ahí y montarlos en un .cbr. A quien le interese esto, puede descargarlo del siguiente enlace. Os aseguro que algunas son la risa. También tengo localizados (creo) todos los UHU y los Kinitos, pero son muchísimos menos, y no tan bonitos como esto:

119 historietas de Pepsi-Man, por F. Ibáñez (1966-1970)

Hostess superhero ads collection (1975-1981)


Esto de aquí arriba son las dos cutres y apresuradas portadas de los dos volúmenes que he armado yo mismo, recopilando todas las historietas, de una sola página y autoconclusivas, promocionando los productos de la norteamericanísima marca de bollitos Hostess. Se publicaron entre 1975 y 1981 en montones de tebeos de Marvel, DC, Harvey y Gold Key, y estaban protagonizadas por los principales personajes de dichas editoriales, era un material estupendo, divertidísimo y exclusivo, pero eran mera publicidad de Hostess. Sus tres productos estrella eran unas magdalenas de chocolate rellenas de crema (Cup Cakes), las tartaletas rellenas de frutas (manzana, cereza y limón) Fruit Pie, y los famosísimos Twinkies, esos bollitos alargados rellenos de nata, que en el mercado hispano copiaron los de Bimbo, por la misma época, primero conocidos como Bucaneros (también en versión bañada en chocolate), y que a día de hoy sobreviven como los clásicos y entrañables Círculo Rojo. Los Twinkies son una pieza de la gastronomía-pop norteamericana comparable al Kool-Aid (nuestro Tang) o la crema de cacahuete*. Estos anuncios, omnipresentes en todo tipo de publicaciones juveniles, se tatuaron en el inconsciente colectivo americano, y ayer me dio por recuperar todas estas olvidadas piezas de cultura pop superheroica, y leérmelas. De paso, al final del post comparto en la nube ambos volúmenes, por si hubiera alguien interesado.


* Un apunte, respecto a la crema de cacahuete: ayer por la tarde estuve presente en un encuentro a puerta cerrada, entre artistas, autores y editores (y yo) con el gran Peter Bagge, uno de mis grandes ídolos del cómic, una leyenda viviente para mí. Nos contó muchas cosas, y algunas anécdotas muy divertidas. Varias preguntas estaban relacionadas con la brecha generacional (yo le pregunté por el grunge), con cómo los jóvenes de ahora han perdido el interés en todo lo analógico, en montar una banda de rock, hacer fanzines, dibujar o siquiera leer tebeos políticamente incorrectos (el autor de Hate confesó que a los jóvenes de ahora, directamente les odia). Y habló también de cómo la crema de cacahuete, que cuando él era joven estaba omnipresente en todas las casas americanas, y a día de hoy está prohibido llevarla a algunas escuelas, porque muchísimos niños son alérgicos al cacahuete (el propio Adrian Tomine, uno de sus autores favoritos, al que citó varias veces y que es bastante más joven que él, es alérgico). Su teoría es que los niños ya no juegan por el suelo, y no están inmunizados de nada. Como camarero desde hace bastantes años, doy fe de que la mitad de la clientela media es alérgica o intolerante a cualquier mierda imaginable, y es una auténtica aventura poner una puta ración a un grupo de más de tres millennials.


Las historietas de los pastelitos Hostess tienen unas características que las hacen muy simpáticas, ya que la empresa impuso algunas condiciones a los guionistas: por ejemplo, que ninguno de los protagonistas debía aparecer comiendo los bollitos (salvo una de Hulk, que yo haya visto, que se lo saltó a la torera), por alguna extraña razón, sino que estos debían siempre desencadenar el desenlace positivo final. Casi siempre, los héroes consiguen disuadir a los malvados villanos distrayéndoles con una montaña de twinkies, obligándoles a soltar el arma/rehén/botón nuclear al no poder resistirse al influjo de la bollería, o cosas similares. Otra restricción (tal vez en este caso de la editorial) era que los protagonistas de cada tira no aparecieran en su propio tebeo, sino siempre en cabeceras ajenas; esto hizo que, de hecho, muchas de las tiras Hostess de Spider-Man o el Increíble Hulk aparecieran en la competencia (tebeos de Gold Key o de Harvey, no en los de DC), lo que supuso un hito histórico. Tampoco hubo tiras protagonizadas por grupos (con la excepción de una de los 4 Fantásticos), ni en general tampoco miembros de grupos en solitario. Tener que elegir entre el plantel de secundarios no demasiado conocidos de DC, por ejemplo, hizo que algunas tiras estuviesen protagonizadas por Batgirl, el Pingüino, el Joker o Red Tornado.


Otro de los asuntos que las hace muy particulares, son los villanos a los que se enfrentan en cada ocasión. Por algún motivo, decidieron que tampoco utilizarían archivillanos muy conocidos. Supongo que porque perderían bastante de su épica si, por ejemplo, Daredevil consiguiera detener a Kingpin cebándole a pastelitos, con lo putas que lo estaba pasando y la ultraviolencia desencadenada en la continuidad normal... Así que se inventaron docenas de nuevos seres, todos creados para la ocasión: mad doctors intercambiables con nombres graciosísimos, extraterrestres de todo pelaje llegados de planetas estupendos, rateros comunes, pandillas de punkis o de hippis con poderes basados en su música, e inolvidables tipos en pijamas chillones con nombres como Jet Set Jessie, Topsy Turvy Man, Cousin Betsy the Plant Lady, McBrain, The Phoonie Goonies, June Jitsui, Pigeon Person, Cooky La Moo, The Mad Mod, Ding Dong Daddy, Egg Fu, Home Wrecker... Absurdos y bizarros personajes con resonancia en la actualidad cultural y televisiva, protagonizando estúpidas historietas vanales pero realmente ocurrentes, que forman parte de ese Limbo de Marvel o DC en el que habitan seres que nunca han vuelto a ser recuperados (creo que una vez salieron algunos sentados en una viñeta de un What The--?!).


La futilidad y la propia idiosincrasia de estas páginas publicitarias, que de hecho gran parte de los jovenes compradores y anunciantes ni siquiera se leerían, permitía a los anónimos guionistas jugar todo lo que quisieran con el humor absurdo (algo similar sucedió con el bizarro Spidey Super Stories), llevando al extremo pistolas de "rayos depresivos", monstruos kirbyanos con forma de edificios (con ventanas y gente dentro y todo), bocas gigantes con manos, villanos existencialistas, anarquistas o filocomunistas, malvados ordenadores o máquinas de pinball que cobran vida, villanas hipersexualizadas hasta la parodia, clichés ambulantes como los que luchaban contra Superlópez, chistes internos e incluso algunos títulos que troleaban a los chavales y a la censura, con dobles sentidos sexuales (al estilo Disney), como "That dirty beach", "Big black ball banging" o "Spider-Man spoils a snatch", dejándose llevar por ese impulso que lleva a algunos creadores de (contra-)cultura pop adolescente a sexualizarla y pintar pollas ocultas por ahí al fondo.

Los guionistas de las historietas son efectivamente anónimos. Se sabe que Bob Rozakis o los grandísimos Sol Brodsky y Marv Wolfman escribieron algunas, pero probablemente los apuntes para los dibujantes (bastante simples y apresurados, supongo) podían provenir del staff de oficinistas, ni siquiera guionistas reconocidos. Aunque el cachondeo a veces no tiene nada que envidiar al que desarrollaran John Byrne o Steve Gerber. Pero lo que sí les convierte en piezas a tener en cuenta, es el plantel de dibujantes. Esto no se podía ocultar fácilmente, y aunque algunas están hechas con cierta desgana y no venían firmadas, contaron con lo mejorcito de cada casa. Una tira de Green Lantern, por ejemplo, fue una aportación tardía del legendario artista que lo puso sobre el mapa algunos años antes, nada menos que Neal Adams ("Half the people here", de verano de 1977). Varias historietas de Spider-Man o Daredevil son obra de, atención, ¡Frank Miller y Klaus Janson! ¡De principio de enero de 1980, la misma época en la que estaban haciendo historia y revolucionando el medio en la colección de Daredevil! La gran mayoría de Spider-Man son de los propios Ross Andru y Mike Esposito que llevaban la cabecera original, y otros nombres que aportaron su granito a la causa fueron nada menos que las estrellas del medio John Romita, Sal Buscema, Dave Cockrum, George Tuska, Don Heck, Frank Giacoia, Gene Colan, Herb Trimpe, Bob McLeod o Keith Pollard.


Todo esto no lo sé por investigación propia, sino gracias a un estupendo artículo de tres páginas sobre el asunto, que apareció en un ejemplar de Comic Book Artist Collection (nº 3, abril de 2005), y que he incluido en el primer volumen de mi "retapado". En el mismo artículo también hablan de la influencia de estos anuncios de Twinkies en el imaginario colectivo norteamericano, o cómo el mismísimo Alan Moore supo catalizar ésta en un episodio de su Tomorrow Stories, donde creó a un personaje maligno, Mistress Fruit Pies, que se enfrenta a First American en los tribunales, y el caso solo pasa al olvido cuando se declara la guerra en Oriente Medio... Con los años, los personajes inventados para los anuncios, como decía, no han sido recuperados (ni por supuesto se han reeditado jamás, ni se hará), pero sí que siguen siendo parodiados continuamente en todo tipo de publicaciones. Hemos visto homenajes en historietas recientes de la saga mega-auto-referencial Spider-Verse, en Masacre, en Thunderbolts, en tebeos de Los Simpson, en Savage Dragon... Y por supuesto montañas de fanart de todo tipo, incluida una fantástica y famosa promo apócrifa de Breaking Bad que circulaba hace unos años. Incluyo muchas de estas parodias en los dos volúmenes. Por cierto, que he hecho dos volúmenes, porque he querido separar las extraordinarias historietas bollísticas de Marvel o DC, de las muchísimas que también se publicaron protagonizadas por Silvestre y Piolín, Archie, Casper, Hot Stuff, Bugs Bunny etc., que personalmente me interesan mucho menos.

En fin, me fascinan los anuncios en forma de tebeo. Descubrí a un usuario de la base de datos/red social ComicVine (mi favorita para todo tipo de información sobre cómic), especializado en este tipo de publicaciones bizarras, que tiene allí una especie de blog en la que cuelga montones de estos tebeos. Soy muy, muy fan de las historietas publicitarias, sobre todo las de la Era Bruguera. Cómo olvidar las de Smarties o las de Nesquik que hacía el grandísimo Miguel (el de Los Desahuciados) para el Pequeño País... Y soy uno de los mayores fans que existen de Kinito o Pepsi-Man, un personaje alucinante... Al que, ahora que lo pienso, le voy a dedicar otro post a continuación, porque también me hice un archivo .cbr para el lector de cómics hace unos meses. Lo cuento en un rato.


Lo dicho, si alguien llega a este blog y le ha picado la curiosidad, sepa que puede descargarse ambos tomos, con más de 300 historietas en total, en los siguientes enlaces:

Hostess Superhero ads collection 01 (Marvel y DC)
Hostess Superhero ads collection 02 (Otras editoriales, parodias)