domingo, 19 de noviembre de 2017

Mike Judge presents... Tales from the tour bus (2017)


Mike Judge es uno de mis autores favoritos. El creador de Beavis & Butthead, "Trabajo basura", "Idiocracia" o Silicon valley lleva tres décadas generando algunos de mis momentos televisivos favoritos, a través de un discurso certero y crítico en torno al concepto de "Amerrika", al que pocos se han acercado (tal vez, solo sus amigos Trey Parker y Matt Stone le acompañan en esa estela destructora del Jodido Sueño Americano). La sola mención de Beavis y Butthead me trae a la memoria bonitos recuerdos de madrugada durante mi adolescencia viendo la MTV, pero mi producto favorito de Judge es la maravillosa serie King of the Hill. Mi sitcom favorita, un auténtico catálogo del estilo de vida del norteamericano medio, de la que solo había visto un par de temporadas y me he propuesto ver entera en los próximos días. Voy por la tercera temporada de trece. Este es el tipo de series que me enganchan, mucho más que cualquier otra novedad de las que ve La Gente. De hecho, no estoy siguiendo ninguna serie actual. Intento ponerme al día con todas las series de Marvel, que las tengo todas a medias (Daredevil, Iron Fist, Power Man, Defenders, Punisher, Marvel's Agents of S.H.I.E.L.D., Marvel Spider-Man...), que satisfacen mi Marvelmanía, pero temo que jamás me pondré al día ni acabaré ninguna. Sigo con mi manía de mirar todo el tiempo series clásicas de dibujos animados de las que tengo en el disco duro conectado a la tele, y me da bastante pereza mirar cosas que no estén dibujadas. Las únicas series actuales a las que sigo siendo fiel son The Big Bang Theory (no conozco a nadie que siga viéndola, o que lo reconozca; entre el fandom parece que da vergüenza confesar que te gusta esta serie, mientras se reivindica Quién quiere casarse con mi granjero... yo no entiendo nada), y también voy a ver su hermosa y tierna precuela, Young Sheldon, que me está gustando mucho. Veo poquísimas películas, antes soy capaz de ver entera Rick & Morty (que la tuve puesta a todas horas durante mi larga vigilia en los estertores finales de Fredi, tratando de que aliviara el dolor, así que el visionado fue terriblemente agridulce) o hasta Friends (me vi los miles de episodios hace unos meses, para poder afirmar con propiedad que menuda memez conservadora y dañina, pero qué bonita queda de fondo). Y hace unos minutos acabo de ver el último episodio de la primera temporada de Tales from the tour bus, emitido esta misma semana.


TftTB es uno de mis productos televisivos favoritos en años. Judge regresa a sus raíces, al retrato hiperrealista de la vida de los gañanes, hillbillies y pecadores de la pradera que comenzó con los subnormales de Beavis y Butthead (y sobre todo con los maravillosos Dale Gribble, Bill Dauterive y Jeff Boomhauer), pero en este caso centrándose en el mundo real: es una serie documental, centrada en la vida y milagros de un puñado de artistas del outlaw country, músicos cuyas salvajes hazañas no tienen nada que envidiar a las de G.G. Allin, Sid Vicious o Mötley Crüe. pero todos ellos ligados a la música tradicional de la basura blanca de su país. En definitiva, historias de sexo, drogas, banjos, espuelas, rifles, caballos, farlopa y honky tonks. Como la mayoría de los documentales de música, la narración avanza a base de entrevistas a los allegados y familiares de los homenajeados, sentaditos mirando a cámara, combinadas con fragmentos musicales, actuaciones e imágenes de archivo.


Cada capítulo, de casi media hora, repasa la trayectoria de uno de esas grandes estrellas de la música rural norteamericana que aquí apenas nos suenan, pero todo ello está editado en forma de dibujos animados: los entrevistados fueron grabados pero después sometidos al estilo de animación cruda y cercana al comix underground de Judge, y esta técnica le permite también reproducir y ficcionar las anécdotas en forma de escenas animadas. Hasta donde yo sé, se trata de la primera serie documental que mezcla imágenes reales y animación, y que en cada capítulo cuenta alucinantes historias de esta pandilla de cuatreros con guitarras que fueron Johnny Paycheck, Jerry Lee Lewis (su época menos rockabilly y más hillbilly), George Jones (mira que parecía un angelito, el hijo de puta), Billy Joe Shaver, Tammy Wynette o Waylon Jennings, y cerrando con la efigie del vaquero sin hogar Blaze Foley, el único del lote que no alcanzó fama sino que se quedó realmente en los márgenes de la industria. Y también, el único probablemente de toda la serie que no le pegó un tiro a alguien sino que fue asesinado a tiros (aunque sí pasó por la cárcel como todos los demás, por otros asuntos). Una serie imprescindible para todo amante de la divulgación musical, las anécdotas de los montaraces de la América Profunda y/o los trapos sucios de la Industria.

martes, 7 de noviembre de 2017

Pepsi-Man (F. Ibáñez, 1966-1970)


Como decía en el post anterior, me chiflan las historietas promocionales, esas páginas corporativas que los anunciantes decidían encargar a los propios dibujantes de las revistas a la hora de vender sus productos al público lector de tebeos. Mi favorita de todas, probablemente, es el extraordinario Pepsi-Man, desarrollado por la estrella Francisco Ibáñez (sí, el autor de Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe o el Botones Sacarino) a lo largo de más de 100 entregas para las revistas Pulgarcito y Tío vivo a mediados de los años 60s. No confundir con el otro Pepsi-Man, la mascota del refresco que protagoniza anuncios y videojuegos en Japón, y que por suerte no nos ha apestado en Occidente. Reconozco que no soy un fiel lector de Fibáñez, ni un gran conocedor de su obra, y que supe de la existencia de este personaje hace unos pocos años, al encontrarme con un original de Pepsi-Man en una pequeña exposición montada sobre el Maestro en el Círculo de Bellas Artes, al hilo de algún aniversario o algo. Hace algunos meses, cuando estaba enfrascado en la preparación de mi fanzine sobre las máquinas Rube Goldberg, me encontré con que este legendario artista de la tira cómica de principios del siglo XX, se dedicó también a las viñetas promocionales, precisamente (entre otras cosas) a través de dos personajes llamados Pepsi & Pete, the Pepsi-Cola cops.


Rube Goldberg fue uno de los pioneros en esto del historietismo corporativo, que se debió poner de moda, sospecho, allá por los años 30s. Otro de los más recordados es el Mr. Coffee Nerves creado por el legendario Milton Caniff, que a día de hoy es todo un icono bizarro. Es un tema bastante amplio, y que yo no he estudiado bien, pero esto fue derivando poco a poco, a base de que numerosos artistas fueran contratados por las marcas, para crear primero ilustraciones y luego historietas/anuncio, al desiderátum de anuncios mezclados con los propios tebeos, de forma casi indistinguible, que había en la Edad Dorada del cómic norteamericano, con todas aquellas páginas de artistas muy conocidos anunciando todo tipo de juguetes, Sea Monkeys y otras maravillas engañosas de venta por correspondencia. En los 60s, como vi en el post anterior dedicado a las deliciosas historietas de pastelitos Hostess, esto ya era absolutamente habitual. Hoy en día la cosa sigue siendo igual, y en revistas como El Jueves sigue habiendo casi siempre una cabecera publicitaria obra de alguno de sus grandes autores, como Jordi March. El comic-book norteamericano de superhéroes, de hecho, a día de hoy solo es una manera (nada rentable) de publicitar sus películas y series y vender ropa... Pero ese es otro asunto. Citaba también en el post anterior una de mis páginas favoritas de uno de mis dibujantes favoritos, Miguel Ángel Francisco Moreno (Alias "Miguel"): la publicidad de Smarties que aparecía en el Pequeño País de los años 90s. No es broma, era una de mis secciones preferidas, y creo que tengo muchas guardadas por ahí en algún sitio.


Pero volviendo con el laureado Fibáñez, yo que siempre he sido infinitamente más fan de Jan, de Vázquez, de Ramis o de Martz Schmidt que de Fibáñez, su Pepsi-Man yo creo que es su mejor personaje de tods (dejando aparte a Rompetechos). La idea era realmente simplona, y consistía en que un niño resabiado y rubiales iba por la calle, de pronto se encontraba con un entuerto de cualquier índole (incluyendo monstruos, marcianos y bichos de toda clase), y lo desfacía gritando "¡Pepsi-Cola!", y transformándose tras ello en un superhéroe, como Shazam, armado de una pistola de rayos pepsicoleidos. La imagen de este personaje de la España de los sesenta era imponente, chiripitifláuta y más yeyé que Conchita Velasco en un 600. Las historietas son obviamente estúpidas y sencillas, pero qué no lo es en el costumbrismo fibañezco, que no le voy a restar méritos, que no le faltan y es un tesoro de nuestra cultura, pero que tampoco es que sea Alan Moore; lo que destaca es el dibujo, por supuesto, y la inventiva, absurda y sin filtros, como pasaba con las viñetas payasas de los anuncios de Hostess.


Curiosamente, Pepsi-Man no fue la única incursión del Fibáñez de la época en el tebeo patrocinado. Hasta donde yo sé, lo primero que hizo en este sentido fueron algunas historietas en blanco y negro protagonizadas por un búho y un niño llamados Uhu y el niño Prudencio, donde UHU no era sino el nombre de un famoso pegamento de la época (1964).


Y paralelamente a Pepsi-Man, y más o menos en las mismas revistas, también publicó otra página maravillosa a sueldo, protagonizada en este caso por el increíble Kinito, niño-mascota de la quina San Clemente, esa BEBIDA ALCOHÓLICA PARA NIÑOS que se distribuía en el tardofranquismo (por otro lado estaba la versión para ancianas que no sabían que no se estaban fortaleciendo, sino emborrachando: la quina Santa Catalina). No sé si el "kinito", ese juego para mamarse los fines de semana entre adolescentes, tomaría su nombre del personaje de Ibáñez, hace tiempo que me lo pregunto.


No soy ningún experto en la figura de Fibáñez, ni su obra, ni curiosidades de este tipo, pero sí una hormiguita que se guarda todo y lo organiza todo para leerlo concienzudamente en el tablet, y eso hice en algún momento del verano pasado mientras preparaba mi fanzine sobre Rube Goldberg. Así, he juntado en un solo archivo 119 historietas de Pepsi-Man (creo que son todas) deliciosamente dibujadas por él. Bueno, algunas de las últimas las hicieron negros como Martínez Osete y Bernet Toledano, según pone en la web de Tebeosfera. También recomiendo, para más información sobre estos personajes, el blog de Juan A. Ros, que les dedicó varias entradas (1, 2, 3), o rebuscar en la blogosfera o foros como el de la T.I.A. o el Escarolitrópico Gmnésico, que otra cosa no, pero el maravilloso tebeo costumbrista español goza de un cariño y una dedicación por parte de los fans y los expertos en la Red, que da gusto.

Yo no, yo me he limitado a pillarlos por ahí y montarlos en un .cbr. A quien le interese esto, puede descargarlo del siguiente enlace. Os aseguro que algunas son la risa. También tengo localizados (creo) todos los UHU y los Kinitos, pero son muchísimos menos, y no tan bonitos como esto:

119 historietas de Pepsi-Man, por F. Ibáñez (1966-1970)

Hostess superhero ads collection (1975-1981)


Esto de aquí arriba son las dos cutres y apresuradas portadas de los dos volúmenes que he armado yo mismo, recopilando todas las historietas, de una sola página y autoconclusivas, promocionando los productos de la norteamericanísima marca de bollitos Hostess. Se publicaron entre 1975 y 1981 en montones de tebeos de Marvel, DC, Harvey y Gold Key, y estaban protagonizadas por los principales personajes de dichas editoriales, era un material estupendo, divertidísimo y exclusivo, pero eran mera publicidad de Hostess. Sus tres productos estrella eran unas magdalenas de chocolate rellenas de crema (Cup Cakes), las tartaletas rellenas de frutas (manzana, cereza y limón) Fruit Pie, y los famosísimos Twinkies, esos bollitos alargados rellenos de nata, que en el mercado hispano copiaron los de Bimbo, por la misma época, primero conocidos como Bucaneros (también en versión bañada en chocolate), y que a día de hoy sobreviven como los clásicos y entrañables Círculo Rojo. Los Twinkies son una pieza de la gastronomía-pop norteamericana comparable al Kool-Aid (nuestro Tang) o la crema de cacahuete*. Estos anuncios, omnipresentes en todo tipo de publicaciones juveniles, se tatuaron en el inconsciente colectivo americano, y ayer me dio por recuperar todas estas olvidadas piezas de cultura pop superheroica, y leérmelas. De paso, al final del post comparto en la nube ambos volúmenes, por si hubiera alguien interesado.


* Un apunte, respecto a la crema de cacahuete: ayer por la tarde estuve presente en un encuentro a puerta cerrada, entre artistas, autores y editores (y yo) con el gran Peter Bagge, uno de mis grandes ídolos del cómic, una leyenda viviente para mí. Nos contó muchas cosas, y algunas anécdotas muy divertidas. Varias preguntas estaban relacionadas con la brecha generacional (yo le pregunté por el grunge), con cómo los jóvenes de ahora han perdido el interés en todo lo analógico, en montar una banda de rock, hacer fanzines, dibujar o siquiera leer tebeos políticamente incorrectos (el autor de Hate confesó que a los jóvenes de ahora, directamente les odia). Y habló también de cómo la crema de cacahuete, que cuando él era joven estaba omnipresente en todas las casas americanas, y a día de hoy está prohibido llevarla a algunas escuelas, porque muchísimos niños son alérgicos al cacahuete (el propio Adrian Tomine, uno de sus autores favoritos, al que citó varias veces y que es bastante más joven que él, es alérgico). Su teoría es que los niños ya no juegan por el suelo, y no están inmunizados de nada. Como camarero desde hace bastantes años, doy fe de que la mitad de la clientela media es alérgica o intolerante a cualquier mierda imaginable, y es una auténtica aventura poner una puta ración a un grupo de más de tres millennials.


Las historietas de los pastelitos Hostess tienen unas características que las hacen muy simpáticas, ya que la empresa impuso algunas condiciones a los guionistas: por ejemplo, que ninguno de los protagonistas debía aparecer comiendo los bollitos (salvo una de Hulk, que yo haya visto, que se lo saltó a la torera), por alguna extraña razón, sino que estos debían siempre desencadenar el desenlace positivo final. Casi siempre, los héroes consiguen disuadir a los malvados villanos distrayéndoles con una montaña de twinkies, obligándoles a soltar el arma/rehén/botón nuclear al no poder resistirse al influjo de la bollería, o cosas similares. Otra restricción (tal vez en este caso de la editorial) era que los protagonistas de cada tira no aparecieran en su propio tebeo, sino siempre en cabeceras ajenas; esto hizo que, de hecho, muchas de las tiras Hostess de Spider-Man o el Increíble Hulk aparecieran en la competencia (tebeos de Gold Key o de Harvey, no en los de DC), lo que supuso un hito histórico. Tampoco hubo tiras protagonizadas por grupos (con la excepción de una de los 4 Fantásticos), ni en general tampoco miembros de grupos en solitario. Tener que elegir entre el plantel de secundarios no demasiado conocidos de DC, por ejemplo, hizo que algunas tiras estuviesen protagonizadas por Batgirl, el Pingüino, el Joker o Red Tornado.


Otro de los asuntos que las hace muy particulares, son los villanos a los que se enfrentan en cada ocasión. Por algún motivo, decidieron que tampoco utilizarían archivillanos muy conocidos. Supongo que porque perderían bastante de su épica si, por ejemplo, Daredevil consiguiera detener a Kingpin cebándole a pastelitos, con lo putas que lo estaba pasando y la ultraviolencia desencadenada en la continuidad normal... Así que se inventaron docenas de nuevos seres, todos creados para la ocasión: mad doctors intercambiables con nombres graciosísimos, extraterrestres de todo pelaje llegados de planetas estupendos, rateros comunes, pandillas de punkis o de hippis con poderes basados en su música, e inolvidables tipos en pijamas chillones con nombres como Jet Set Jessie, Topsy Turvy Man, Cousin Betsy the Plant Lady, McBrain, The Phoonie Goonies, June Jitsui, Pigeon Person, Cooky La Moo, The Mad Mod, Ding Dong Daddy, Egg Fu, Home Wrecker... Absurdos y bizarros personajes con resonancia en la actualidad cultural y televisiva, protagonizando estúpidas historietas vanales pero realmente ocurrentes, que forman parte de ese Limbo de Marvel o DC en el que habitan seres que nunca han vuelto a ser recuperados (creo que una vez salieron algunos sentados en una viñeta de un What The--?!).


La futilidad y la propia idiosincrasia de estas páginas publicitarias, que de hecho gran parte de los jovenes compradores y anunciantes ni siquiera se leerían, permitía a los anónimos guionistas jugar todo lo que quisieran con el humor absurdo (algo similar sucedió con el bizarro Spidey Super Stories), llevando al extremo pistolas de "rayos depresivos", monstruos kirbyanos con forma de edificios (con ventanas y gente dentro y todo), bocas gigantes con manos, villanos existencialistas, anarquistas o filocomunistas, malvados ordenadores o máquinas de pinball que cobran vida, villanas hipersexualizadas hasta la parodia, clichés ambulantes como los que luchaban contra Superlópez, chistes internos e incluso algunos títulos que troleaban a los chavales y a la censura, con dobles sentidos sexuales (al estilo Disney), como "That dirty beach", "Big black ball banging" o "Spider-Man spoils a snatch", dejándose llevar por ese impulso que lleva a algunos creadores de (contra-)cultura pop adolescente a sexualizarla y pintar pollas ocultas por ahí al fondo.

Los guionistas de las historietas son efectivamente anónimos. Se sabe que Bob Rozakis o los grandísimos Sol Brodsky y Marv Wolfman escribieron algunas, pero probablemente los apuntes para los dibujantes (bastante simples y apresurados, supongo) podían provenir del staff de oficinistas, ni siquiera guionistas reconocidos. Aunque el cachondeo a veces no tiene nada que envidiar al que desarrollaran John Byrne o Steve Gerber. Pero lo que sí les convierte en piezas a tener en cuenta, es el plantel de dibujantes. Esto no se podía ocultar fácilmente, y aunque algunas están hechas con cierta desgana y no venían firmadas, contaron con lo mejorcito de cada casa. Una tira de Green Lantern, por ejemplo, fue una aportación tardía del legendario artista que lo puso sobre el mapa algunos años antes, nada menos que Neal Adams ("Half the people here", de verano de 1977). Varias historietas de Spider-Man o Daredevil son obra de, atención, ¡Frank Miller y Klaus Janson! ¡De principio de enero de 1980, la misma época en la que estaban haciendo historia y revolucionando el medio en la colección de Daredevil! La gran mayoría de Spider-Man son de los propios Ross Andru y Mike Esposito que llevaban la cabecera original, y otros nombres que aportaron su granito a la causa fueron nada menos que las estrellas del medio John Romita, Sal Buscema, Dave Cockrum, George Tuska, Don Heck, Frank Giacoia, Gene Colan, Herb Trimpe, Bob McLeod o Keith Pollard.


Todo esto no lo sé por investigación propia, sino gracias a un estupendo artículo de tres páginas sobre el asunto, que apareció en un ejemplar de Comic Book Artist Collection (nº 3, abril de 2005), y que he incluido en el primer volumen de mi "retapado". En el mismo artículo también hablan de la influencia de estos anuncios de Twinkies en el imaginario colectivo norteamericano, o cómo el mismísimo Alan Moore supo catalizar ésta en un episodio de su Tomorrow Stories, donde creó a un personaje maligno, Mistress Fruit Pies, que se enfrenta a First American en los tribunales, y el caso solo pasa al olvido cuando se declara la guerra en Oriente Medio... Con los años, los personajes inventados para los anuncios, como decía, no han sido recuperados (ni por supuesto se han reeditado jamás, ni se hará), pero sí que siguen siendo parodiados continuamente en todo tipo de publicaciones. Hemos visto homenajes en historietas recientes de la saga mega-auto-referencial Spider-Verse, en Masacre, en Thunderbolts, en tebeos de Los Simpson, en Savage Dragon... Y por supuesto montañas de fanart de todo tipo, incluida una fantástica y famosa promo apócrifa de Breaking Bad que circulaba hace unos años. Incluyo muchas de estas parodias en los dos volúmenes. Por cierto, que he hecho dos volúmenes, porque he querido separar las extraordinarias historietas bollísticas de Marvel o DC, de las muchísimas que también se publicaron protagonizadas por Silvestre y Piolín, Archie, Casper, Hot Stuff, Bugs Bunny etc., que personalmente me interesan mucho menos.

En fin, me fascinan los anuncios en forma de tebeo. Descubrí a un usuario de la base de datos/red social ComicVine (mi favorita para todo tipo de información sobre cómic), especializado en este tipo de publicaciones bizarras, que tiene allí una especie de blog en la que cuelga montones de estos tebeos. Soy muy, muy fan de las historietas publicitarias, sobre todo las de la Era Bruguera. Cómo olvidar las de Smarties o las de Nesquik que hacía el grandísimo Miguel (el de Los Desahuciados) para el Pequeño País... Y soy uno de los mayores fans que existen de Kinito o Pepsi-Man, un personaje alucinante... Al que, ahora que lo pienso, le voy a dedicar otro post a continuación, porque también me hice un archivo .cbr para el lector de cómics hace unos meses. Lo cuento en un rato.


Lo dicho, si alguien llega a este blog y le ha picado la curiosidad, sepa que puede descargarse ambos tomos, con más de 300 historietas en total, en los siguientes enlaces:

Hostess Superhero ads collection 01 (Marvel y DC)
Hostess Superhero ads collection 02 (Otras editoriales, parodias)

jueves, 26 de octubre de 2017


Acabo de bajar a la calle a tirar la basura, a la hora perfecta, las nueve y media casi, en pleno fragor de las cenas en desarrollo, el olor a fritanga y esas voces de niños acabando los deberes que suele haber en toda escalera de vecinos. En la calle, estuve un rato sentado en un bordillo, mirando hacia la nada. Entonces, se escuchaba también una entrañable pelea doméstica, y a dos hombres follando escandalosamente. He vuelto a subir a casa y por fin me he dado cuenta, nada más cruzar el umbral de la puerta, de que había llegado a un lugar diferente del que salí cargado con seis bolsas de basura. Un sitio en el que no había estado nunca antes. Todo me resulta nuevo, pese a que llevo viviendo en este piso cinco o seis años, y lo adornan las mismas cosas y casi los mismos muebles que había en mi otro piso en el que estuve 11 años. Y es que practicamente todo este tiempo doméstico lo compartí con Fredi, un gato negro, gordo y guapísimo, que se ha muerto esta mañana, y no consigo descifrar cómo me siento.

De adolescente yo llevaba un diario, escribía mucho aunque solo fuera por aislarme en el ordenador ajeno al resto de la familia al fondo del todo de la casa (siempre he sido tan solitario y asocial como ahora), y escribir me ayudaba a reflexionar sobre las cosas que habían pasado, y sobre todas las decisiones erróneas. Bueno, también me resumía las películas que veía o los libros que leía, lo mismo que sigo haciendo en este blog, llevo haciendo esta mierda toda la vida, y también lo de contar cosas personales en público, aunque cada vez menos. Es como una cápsula del tiempo, si tengo un rato que matar, esto me centra, me evade de la realidad mientras la transformo un poco, y el tiempo pasa sin darme cuenta. De alguna manera, contarme otra vez las cosas por la noche, o al cabo de la semana, me ayudaba a dar sepultura a los pensamientos. Sacarlos de la cabeza y meterlos en el teclado para que dejen de obsesionarme tanto. No suelo contar cosas demasiado personales, ni mucho menos airear desgracias en las redes sociales, pero esta vez sí que puse en Twitter que mi gato estaba moribundo, porque me pilló completamente desprevenido y aturdido. También se lo he dicho a bastantes amigos, muchos más de los habituales, que siempre que me pasa alguna desgracia no se entera nadie hasta un par de días después, y solo los más allegados. Soy de naturaleza solitaria y eremita, y confieso que el apoyo virtual de un buen número de personas, incluso alguno que no conocía absolutamente de nada y se ha sentido especialmente tocado por mi sufrimiento, me ha ayudado mucho a llevarlo, a no meter la cabeza debajo de la almohada o dentro de un barreño. Gracias. No había experimentado nunca el apoyo y los comentarios generales respecto a algo tan personal, y me ha llevado a comprender por qué muchos sienten la necesidad de hacerlo. Tiendo a hundirme solo en mi propia miseria. Me he animado, por todo ello, a escribir esta entrada de diario adolescente en público (para los cuatro allegados que lo lean), mi despedida a Fredi, su sepelio virtual.

Porque a Fredi no le he podido enterrar, se lo han llevado esta tarde unos funcionarios del ayuntamiento, ha sido todo muy protocolario. Falleció esta mañana a las 8 más o menos, entre estertores a mi lado, y ha estado casi 10 horas envuelto en un sudario con dibujitos de amebas que tenía por ahí, porque en el 010 tenían una incidencia informática y no pudieron tomar nota del aviso hasta no sé qué hora. Durante todo ese tiempo no pude ni acercarme a velarle o a susurrarle algo al gato muerto, ni siquiera mirarle; estaba aterrorizado. Me dediqué a limpiar el salón y luego la cocina, a cocinar y a ver dibujos animados y series de risa de Netflix, sin enterarme de nada de lo que pasaba en la tele, que solo era un ruido de fondo que me impidiera quedarme a solas con la realidad. Sigo aterrorizado, bloqueado. Como no soy mucho de homenajes ni de símbolos, y soy un jodido desgraciado que no cree en nada espiritual, como le pasa a Bart cuando le vende su alma a Milhouse, me encuentro perdido y trastornado; también es verdad que no he dormido casi nada esta semana, y estoy apenas transitando entre la vigilia y la pesadilla desde hace un par de días. En el intento por mantener vivo a Fredi lo sometí a un tratamiento muy duro y muy caro desde el momento en el que (muy, muy tarde) descubrí las primeras señales de su enfermedad. El domingo yo creía que estaba bien; de hecho, la semana pasada me sorprendió saltando a una mesa como una bala, o subiendo las cuatro plantas de mi edificio a toda velocidad después de irse a explorar, cosas que yo creía que ya había perdido hace mucho el interés por hacer. Pues en pocas horas, se fue transformando en un gato de escayola. Y las sesiones en el veterinario, desde el lunes, lo tenían cabizbajo, drogado y mareado, con casi todas las partes del cuerpo trasquiladas, la piel de un amarillo fantasmal y manchitas blancas en todo el resto del pelaje. Las pupilas dilatadas como botones. Los primeros pensamientos que quiero exorcizarme, son precisamente los recuerdos de esta última noche, que me atormentan cada vez que parpadeo. Como Fredi apenas podía moverse, estos días construí un pequeño ecosistema en el suelo del salón, con un montón de mantas y cojines sobre un colchón en el que pretendía que durmiéramos los dos, y la caja de arena justo al lado. En sus últimos días, el pobre Fredi llevaba una vía subcutánea en una pata, tapada con una venda, que no le dejaba caminar, y una aparatosa sonda gástrica en el cuello, bajo otra enorme bufanda que le tenía el pelo de la coronilla erizado todo el tiempo. Sus últimas comidas se las administré torpemente y manchándolo todo con una jeringa a través de la parte del tubo que sobresalía por la nuca, bajo esa venda roja que hacía que la cabeza le pesara y se le cayera hacia los lados. Estuve toda la noche sin dormir, o dormitando un poco con el despertador puesto cada dos horas, continuamente tocando a Fredi para comprobar si seguía respirando. Incapaz de caminar, se movía a saltos de rana, buscando probablemente el camino hacia la Luz, completamente desesperado, y emitiendo sonidos que nunca antes le había escuchado. Estúpido de mí, confiaba ciegamente, anoche, en que iba a salir adelante, que los gatos tienen siete vidas, que resucitaría al olor de las sardinas y todo eso. Era espantoso, esta noche los dos ahí exhaustos en el colchón, el pobre animal hecho un Frankenweenie y yo sintiéndome Félix Rodríguez de la Fuente, orgullosísimo de haberme gastado todo ese dinero, como si ello significara algo, ajeno a que probablemente estaba sufriendo un dolor indescriptible desde hace semanas. De verdad estaba convencido de que lo iba a superar. O tal vez no lo hice tan mal, no lo sé, tal vez no había nada que hacer. Anoche, sus últimas fuerzas las dedicó a gruñirme y cocearme cuando intentaba cogerle, no sin razón.

Muy a menudo, en la intimidad, deseé con todas mis fuerzas poder tener una conversación, un intercambio de ideas con Fredi. Era mi deseo más profundo. Como soy tan infantil, a veces fantaseaba con que se me apareciera un hada pechugona y me concediera un deseo. Y ni la paz mundial ni hostias: yo quería tener una conversación con Fredi, que adquiriera lenguaje humano momentáneamente y me explicara qué estaba haciendo bien y qué mal, qué tal le caía yo, qué podía arreglar, porque son un enigma todo el tiempo. Los gatos, al menos el mío que era callejero y estaba muy asilvestrado, pueden estar fácilmente 20 horas durmiendo, y las otras 4 ser una auténtica montaña rusa, impredecible. No se parecía en nada a los de los anuncios. Fredi podía pasarse fácilmente quince minutos sentado frente al sillón, a dos palmos de mi cara, mirándome fijamente, como deseando algo, a veces pidiéndome algo a voces, sin que yo fuera capaz de satisfacer su necesidad, por más que le ofreciera cosas, le abriera puertas, le acercara comida u objetos, me quitara del sitio para que ocupara mi lugar como hacía siempre, lo dejara todo y le prestara toda mi atención. Tal vez ningún humano haya descubierto aún qué quieren los gatos, aparte de comida y una caja de arena. Hay algo más. Fredi, desde luego, sentía una ansiedad hacia algo, a menudo, que nunca supe descubrir ni gestionar bien, y ahora me lo estoy echando en cara, que tal vez estuviera realmente mal atendido casi toda su vida. O tal vez sincronizábamos, como se dice que les pasa a las compañeras de piso con su menstruación, nuestro descomunal Vacío Espiritual, ansiando y anhelando irracionalmente, los dos, alguna cosa que nos faltaba y no lográbamos ni siquiera nosotros mismos, cada uno, detectar. Creo que conocía bien todas sus rutinas y satisfacía todas sus necesidades físicas, porque han sido cerca de 4.500 días los que hemos pasado juntos; pero había a ratos algo que me reclamaba y que nunca conseguí descodificar. Esta tarde, ridículamente, lo único que conseguí articular a su carcasa en voz alta, entre el mar de lágrimas que soy desde hace 72 horas, fue algo así como "Al final nunca hemos hablado".

Es difícil de explicar cómo puede llegar a amarse tanto a un gato, cómo Fredi era lo que más quería del mundo; dejando al margen, tal vez, en otro orden de amor, a un reducidísimo grupo de humanos. En parte, Fredi era mi coartada perfecta para hablar todo el tiempo en voz alta sin sentirme un completo tarado. No sé cómo voy a llevar este asunto a partir de ahora, si seguiré saludando al llegar a mi casa vacía o contándole a los muebles mis apasionantes planes para la jornada antes de salir a la calle. No suelo hablar en la ducha ni a los espejos, Fredi era mi interlocutor perfecto. Está también esa egoísta, y además ficticia, sensación de protección y de dominio que siente uno sobre el inocente y lindo felino, sí. Y también toda la compañía que hace y todo el cariño que nos da (o mejor dicho, que nosotros decidimos interpretar que nos da activamente), pero hay algo más. Es una ternura y una complicidad irracional, la que yo tenía con Fredi era una relación totémica y sobrenatural, que no creo que nadie sustituya nunca. Tengo la sensación de haberme quedado completamente vacío, porque en los gatos proyectamos un ideal de nosotros mismos, o al menos ahora me doy cuenta de que es lo que había hecho yo: concebir un homúnculo ideal, un mini-yo que me daba la réplica y me daba la razón segundo a segundo, y que ahora ha desaparecido. Siento como si me hubiera quedado verdaderamente sin mi propia alma, creo que eso es lo que había costruido en torno a este animalito. Miro al suelo y no proyecto sombra.

Encima, no consigo acordarme de los mejores momentos junto a Fredi, y solo me vienen a la cabeza las últimas terroríficas horas, o tres o cuatro situaciones críticas o violentas del pasado. Espero que sea porque todo el resto del tiempo todo era perfecto. Trato de imaginar ese clásico e idílico montaje de las películas o de Youtube en las que la mascota de los protagonistas retoza, salta alegremente a por el frisbee, gatos monísimos disfrazados, gatos que tropiezan o caen, que miran desde detrás de una puerta o leones que besan y abrazan a sus dueños, y no recuerdo nada de eso, solo me imagino a Fredi sentado en la misma posición mientras transcurre la película de mi vida a su alrededor (igualmente aburrida e insulsa). Porque mi mejor amigo no hacía nada especial ni requería nada. Como soy tan inseguro, a veces sospecho que no parecía importarle demasiado si yo era yo o era otro, si entraba o salía. Como sabe todo el que ha tenido gatos, para ellos parece que solo somos un sirviente y una fuente de calor; como mucho, una posesión más a la que marcar con el hocico, a la que de vez en cuando permite entrar en su hogar y usar sus muebles: «El gato no ofrece ningún servicio. El gato se ofrece a sí mismo. Por supuesto busca cariño y protección. El amor no se compra a cambio de nada.», escribía William S. Burroughs en "Gato encerrado", uno de mis libros favoritos, que he sacado de una estantería y he vuelto a poner en la mesilla de noche.

Pasé 13 años con Fredi (que tenía alguno más, no sé cuántos), y aunque casi todo el tiempo recibimos cada uno lo que necesitaba del otro durante nuestra relación, no hace ni tres meses que me dio la que sería su penúltima prueba rotunda de insobornabilidad, mordiendo la mano que le da de comer: una mañana, me levanté todavía atontado, fui a echar un pis y me tumbé en el sofá. Noté a Fredi a mi lado en el suelo, mirándome como hacía casi siempre, y mecánicamente fui a acariciarle la cabeza, cuando me soltó tal mordisco entre los dedos meñique y anular de la mano izquierda, que estuve una semana de baja laboral, con la mano hinchada e infectada. También me acuerdo mucho de una vez que llegué a casa mamadísimo, a las tantas de la mañana, y me encontré a Fredi peleándose con Jason, como hacían siempre, que reñían formando una pelota de pelos y líneas cinéticas como las de los dibujos animados. Como era difícil separarles, en aquella ocasión solo se me ocurrió lanzar hacia el torbellino de pelo la mesa de centro del salón, que tiene ruedas, pensando que eso haría que se separaran e impusiera el orden. El golpe de la mesa con ruedas, efectivamente, cesó la gresca, y yo me vertí en la cama como un mamarracho, satisfecho y mareado. Cuando desperté unas pocas horas después, Fredi estaba a mi lado mirándome fijamente, soltando espuma y sangre por la boca. Le llevé al veterinario corriendo, y tuvieron que sacarle el canino, el incisivo y una muela del lado izquierdo de la boca. Fredi estaba mellado desde entonces, por mi culpa, por ser a ratos un salvaje despreciable. No consigo pensar en otros momentos destacables, y eso que ha habido miles. Me ha hecho reír muchas veces, con esas caritas que ponen cuando se te acercan tanto o ladean la cabeza. Me encantaba jugar a guiñarle los ojos y a veces, mágicamente, respondía. Mi gato tenía tendencia a subirse a la pila del baño y pedirme que le abriera el grifo, eso es algo que me gustaba mucho. También respondía a su nombre cuando le llamaba, y sabía perfectamente para qué le llamaba, así como yo sabía cómo se iba a comportar ante determinadas cosas, o dónde estaba siempre por la casa aunque no le viera. Comprendía varios de sus maullidos. Muchos dueños de perros creen que con los gatos no existe este tipo de interacción, pero sí la hay. Por lo demás, todo es libertad e independencia. Hace mucho que no jugaba con él con cuerdas u objetos, porque durante los años que convivieron Fredi y Jason, esto solía acabar en batalla. Pero a su edad seguía siendo bastante juguetón, puro instinto cazador. Me gustaba ver cómo trataba de buscarme y se picaba cuando me iba a otra habitación y le llamaba asomando y escondiendo rápidamente la cabeza por la puerta. Me gustaba darle de comer directamente, poco a poco, o que se sintiera obligado a seguirme a todas partes por la casa, como buen guardián y anfitrión, levantándose de la siesta a regañadientes para cambiar de sitio solo porque yo lo hacía, siempre pendiente de los movimientos de su invitado.

Me he acordado de una vez que me fui de viaje 10 días, y lo último que hice fue ir al chino a comprarle pienso; por error, con las prisas, compré una enorme bolsa de comida... para perro. No comió nada en todo ese tiempo, y protestó utilizando la alfombra como retrete. Me he acordado también de una vez que fui a cambiarle la arena, y una vez limpia la caja y tirada la arena sucia, me di cuenta de que se me había acabado la arena limpia. Eran las dos de la mañana casi, y tuve que salir corriendo a buscar arena de emergencia, porque si su lecho no está perfecto también suelen protestar meando o cagando en tu cama o en la alfombra. Así que me fui a un par de tiendas que podrían estar abiertas, busqué un par de sitios 24 horas, y como no encontraba sacos de arena, desesperado, me fui al recinto infantil del parque de Olavide y llené una bolsa con tierra, que allí parecía tan limpia, pero que una vez bajo la luz de la cocina aquello era un follón de tierra, barro, mierda y briznas de pino. En un alarde de brillantez por mi parte, se me ocurrió utilizar lentejas como lecho, y funcionó perfectamente. No sería la última vez que lo usé, y desde entonces tengo siempre un montón de lentejas en casa, aunque solo recuerdo haber cocinado una vez lentejas caseras en toda la vida... También recuerdo una vez que se coló una lagartija en casa y fue una fiesta durante hora, y otra que en el patio interior cayó una paloma herida y se la trajo al salón, mordiéndola por el cuello, orgulloso de su macabro trofeo. Y me acuerdo muchísimo, claro, de su antagonista, Jason, que ya nació débil y que nos dejó hace dos años menos 24 días.

Es lo poco que se me ocurre ahora. Sobre todo, quería plasmar lo feo, quitármelo de encima de una vez. Purgarme la culpa. Quiero olvidar para siempre el aspecto que tenía anoche, porque el resto de su vida fue un ejemplar hermoso, portentoso y elegante, era un poco más guapo y más listo que los demás, aunque pareciera demasiado gordo, y aunque a primera vista todos los gatos negros parezcan el mismo: no es verdad. He dormido 6 horas no consecutivas de las últimas 50, y todavía no tengo ni idea de la que se me viene encima. Apenas estoy enterrándolo entre estas líneas, porque no me sale hacer otra cosa, y necesitaba hacer esto aún aturdido y teniendo la sensación de que está aquí al lado todavía, esa sensación que no concibo que vaya a desaparecer. No sé qué va a pasar en adelante, pero mañana será el primer día de una vida diferente, eso seguro. De hecho, a lo largo de esta mañana, y como alguna especie de serendipia cósmica de esas en las que no creo, recibí una llamada que me va a llevar por una nueva senda laboral en los próximos meses. Va a ser una nueva etapa completa. Me va a venir bien la rutina, no puedo estar más agradecido. Es probable que muchos días, cuando redescubra que ya no está, sienta la tentación de sustituirle, pero se sufre tanto cuando se le pierde, y lo hice tan regular con él, que tengo que rechazar la idea.

He estado toda la tarde, así, recopilando y metiendo en bolsas de basura todas las cosas de Fredi que he llevado al contenedor hace un rato, porque es lo que me pedía el cuerpo. Esta noche y los próximos días van a ser extremadamente difíciles, sin esas pupilas pendientes de todo, sin encontrar pelo por todas partes, sin esa presencia que me ha acompañado tantos años. Ay, Fredi. O tal vez lo peor ha pasado, ojalá tantas veces temiendo este día me hayan entrenado un poco. No estoy acostumbrado a este dolor, en esto sé que era un privilegiado hasta ahora. Sigo completamente aturdido, pero estoy un poco menos aterrorizado ahora que cuando empecé a escribir esto. No sé qué me espera, no sé cómo funciona la vida doméstica sin Fredi. No me imagino yendo a una tienda sin comprar nada para él, no pensar que estará levantando la cabeza allá arriba mientras subo las escaleras del edificio al volver a casa, no me imagino no saludarle al entrar o despedirme al salir. A lo mejor sigo haciéndolo el resto de mis días, como un puto loco. De pronto, todo me parece extraño. Freír un filete sin que me pidan un trozo, llevar la comida a la mesa sin que se me pongan en medio y lo escruten todo, mirar una película en invierno sin su peso en el regazo. En un rato, cuando por fin me derrumbe en la cama y llame a Fredi, por primera vez no va a a venir a ofrecerme el hocico antes de apoyarse en mi panza, y marcharse en cuanto empiece a moverme en la cama para volver al cabo de un rato y volverse a ir. No conozco esa sensación. No tengo instrucciones. Se les echa de menos tanto cuando uno sale solo unos días o un rato, que este nudo en la garganta no sé cuánto va a tardar en deshacerse.

martes, 19 de septiembre de 2017

"La secta de la TIERRA PLANA" (Libritos Jenkins, 2017)


YA A LA VENTA

Supongo que has oído hablar sobre la Tierra Plana. Es la última moda entre la juventud. Sí sí, tal como suena: creer que nuestro planeta no es redondo, sino plano, es lo más ahora. Decenas de miles de personas se han lanzado de cabeza a esta creencia new age, después de que lo comentaran unas pocas personas famosas en EE.UU. El propio Presidente Obama y varios científicos tuvieron que salir a poner orden, y sin embargo, parece que cada vez más gente lo cree. ¿Qué es lo que está pasando?



Es un clamor. Se hacen bromas en algunos periódicos, en la radio, incluso lo han comentado en la televisión... Pero sin embargo toda esta gente va en serio. Muy en serio. De hecho, algunos se plantean tomar medidas para que a sus hijos dejen de enseñarles en el colegio que nuestra Tierra es esférica. La gente busca respuestas, exigen que los gobiernos hablen, ¡que digan la verdad! El tema es omnipresente en Facebook y en YouTube. Aparentemente, cada día hay más personas que están convencidas de ello: «La Tierra no es una esfera. No hay ninguna curva más allá del horizonte. Nos han engañado toda la vida.». Es como una plaga, ¿de dónde sale esta gente? Ah, es que no salen de ningún sitio, es que determinada gente está cambiando su manera de pensar... No es como una plaga, ¡es como una secta!


Por alguna extraña razón, a decenas de miles de personas, y subiendo, alguien les ha hecho cambiar por completo su concepto de nuestro Universo. La cosa no se queda ahí, ya que para llegar a pensar que la Tierra es plana, hay que negar que sea una esfera, lo que implica negar que exista una curvatura en la superficie de la Tierra y de los océanos, y negar que exista gente en las antípodas; supone que debe de haber un Límite del Mundo, supone negar también la ley de la Gravedad, y la de la Evolución, y supone negar la ley de la Relatividad General... Es que de hecho, no puede existir nada más allá de nuestro planeta. No hay espacio, no hay planetas, no hay satélites, todo es mentira, nos han engañado, mentiras, ¡mentiras! ¡¡MENTIRAS!!


¿De verdad que la Tierra no es esférica? ¿Pero eso no pasó de moda en la Edad Media? Obviamente, la Tierra sí es esférica. Hay cientos de evidencias que lo demuestran. Y de hecho, en la Edad Media la gente también sabía que es esférica. La idea de que Cristóbal Colón fue la primera persona que decidió imaginar una tierra esférica, es uno de los mayores mitos de la Historia. Hace por lo menos 3.000 años que todo el mundo sabe cómo es el planeta en el que vive, y hace poco más de 100 años que se decidió poner en duda. De hecho, yo me atrevo a decir que, en pleno 2017, hay más gente que cree que la Tierra es plana, que en todo el resto de la historia de la Humanidad. Internet tiene la culpa.


Porque las ideas de la Flat Earth Society, nacida en plena Era Victoriana, estaban escondidas y nadie les daba crédito, hasta que se ha puesto de moda negarlo todo, desconfiar de todo, odiar a la NASA, desafiar a los Illuminati reptilianos, creerse todos los memes. El problema es que están más de moda que nunca las teorías de la Conspiración. La televisión sigue dominando una parcela de cotidianeidad y confort, mientras que en las rrss mucha gente (¿sólo la gente joven?) está como loca por desenmascarar al Nuevo Orden Mundial, escapar de la "Matrix" y abrir paso a una nueva era de Luz y de Verdad. Por el camino, demasiada gente está perdiendo el sentido común. Y aquí la única conspiración es quién está sacando tajada de esta OLEADA DE DESINFORMACIÓN E IGNORANCIA.


Libritos Jenkins se complace en presentar el mayor estudio que se ha hecho hasta ahora, al menos en castellano, sobre la Tierra Plana. ¿En qué piensa la gente que piensa que la Tierra es plana? ¿Son los lanzamientos de cohetes de la NASA una mera distracción fálica luciferina para hacerse millonarios? ¿Dónde se acaba la Tierra? ¿Se ha caído alguien sin querer? ¿No ha estado nadie realmente en la Luna? ¿Se puede comprobar la curvatura del mar? ¿Existen los satélites? ¿Existió Colón? ¿Qué pensaría Copérnico si levantara la cabeza? ¿Y Robert Anton Wilson? ¿Y David Bowie? ¿Tiene esto algo que ver con el auge de La Gente de Trump? ¿Hay alguien moviendo los hilos o sacando provecho detrás de este extraño "despertar" a una Nueva Era?


Después de varios meses de estudio de campo y recogida de datos, "LA SECTA DE LA TIERRA PLANA" repasa todo lo relacionado con esta absurda hiperstición, y trata de dar respuesta a todas estas cosas y muchas más, acerca de este curioso cambio de paradigma a golpe de meme, sincromisticismo y conspiranoia. Repasaremos el modelo geológico de los terraplanistas, sus mapas, la Historia de la creencia en una Tierra Plana desde el origen de los tiempos, la Tierra Plana en el cine, el cómic o la música, los motivos que tienen los creyentes para abandonarse a este culto, despejando las dudas más frecuentes desde el punto de vista de alguien que vive en una tierra esférica.

El fanzine se podrá conseguir en toda España, como siempre, escribiendo a frunobulax04@gmail.com, y pronto estará en algunas tiendas selectas.

YA A LA VENTA: