sábado, 21 de julio de 2012

Casa de mi padre (Matt Piedmont, 2012)

Hace muchos años vi un sketch de El show de Benny Hill que se me quedó grabado. Debieron echarlo a comienzos de los noventa. Mostraba una plano secuencia de la supuesta emisión en directo de algún drama televisivo, o quizá era un concurso, en el que todo estaba grabado penosamente. Se veían los micrófonos por el borde superior de la imagen, los técnicos se cruzaban por delante de la cámara, el presentador tropezaba con un cable, e incluso, en el ultimo momento, la cámara enfocaba torpemente un espejo, mostrando de forma diáfana a todo el inepto equipo técnico. Un ejercicio de estilo genial, que se burlaba y repasaba de un porrazo de todos los tópicos de las conexiones cutres en directo. Por cierto, es posible, me quiere sonar que Emilio Aragón le fusiló el sketch en aquella simpática exhibición de fusilamientos que tenía por la misma época, Ni en vivo ni en directo.

"Casa de mi padre", el último juguete norteamericano al servicio del humor absurdo heredero del SNL, lleva la vieja idea de Benny al extremo, exprimiendo el sketch hasta sus más delirantes consecuencias. Un sketch de hora y media que parodia los telefilmes y los culebrones sudamericanos de nulo presupuesto, y val vez también ese género imposible de las narco-películas fronterizas en el que ya pusiera su punto de mira Robert Rodriguez al sacar adelante "Machete".

El desfile de disparates técnicos es apabullante: fallos de raccord, enormes problemas de iluminación en interiores y planos directos cara al sol en exteriores, decorados naturales de corchopán, cutrísimas e hilarantes maquetas, maniquís sustituyendo a los extras de segundo plano, cortes bruscos de toma y de continuidad, efectos especiales de mierda... El catálogo es interminable, y casi convierte el visionado en un juego, en el que tú eres la script al cargo del despropósito.

El principal defecto de todo esto, es que toda la carga cómica de la peli recae en los citados efectos visuales, mientras que la trama a la que asistimos transcurre lentamente en torno a una pacata historia de amor entre el protagonista y la novia de su hermano. Un triángulo amoroso salpicado de sangre y de tragedia con el trasfondo del narcotráfico.

Empero, el protagonista central es Will Ferrell, y a mi me gusta Ferrell más que a un tonto unos recortes en I+D. Ferrell hace el papel del hijo tonto, el tonto del pueblo, en mitad del rancho mexicano en el que todos se dedican a traficar a sus espaldas. Así, Ferrell se tira toda la película hablando en español neutro, probablemente sin tener mi idea de lo que estaba diciendo, y a mi me dolía la tripa de reír. El resto del cast lo forman actores mexicanos, con el dúo Gael García-Bernal / Diego Luna al frente, y apariciones de Armendáriz Jr. (qepd), El Puma o la hija del Puma, que está que se rompe. Hay animalitos de cartón piedra que hablan, las heridas de los disparos son muy cutres, Ferrell es insustituible y además de hablar canta en español, hay algo de humor negro pero siempre muy fino, y a mi esto me ha entusiasmado. Hay un motivo muy claro por el cual la película ha sido tan incomprendida y acusada de xenófoba y de dejar en mal lugar a la sociedad mexicana: que la mayoría de la gente es imbécil.

martes, 17 de julio de 2012

Thin ice (Jill Sprecher, 2011)

Me gusta Greg Kinnear, le cogí cariño en mi adolescencia, cuando salía en mi tele presentando el late late night show que seguía (en la NBC europea) al del joven y entusiasta Conan O'Brien. Este es, creo, el primer protagónico que le ven, y el papel de "inseguro vendedor de seguros" le calza estupendamente. Es este un tiriller negrísimo y asfixiante, incómodo, al verse implicado el personaje de Greg en un asesinato a sangre fría, mientras se colaba en la casa de un anciano cliente con aviesas intenciones. Un violín de precio incalculable es el macguffin de esta historia hitchcockiana de suspense, con un giro final sorprendente que remite, inevitablemente, al de "Sospechosos habituales", y también a The real hustle.

"Los secretos del Universo" (Jo, tía!, 2012)

Estoy con esto. Un fanzine (en realidad, todo un libraco autogestionado) que está a la venta desde el domingo, de momento aquí y pronto en tiendas de todas las ciudades de Caciquistán.

22/11/63 (Stephen King, 2012)


Hace unos días reseñaba “Poupoupidou”, una película francesa poco conocida, cuya trama central gira en torno a una estrella de la tele regional, aficionada a Marilyn Monroe, que resulta que tiene muchas similitudes, en el siglo XXI, con la vida de la auténtica Ambición Rubia. Tiene sus mismas manías, la rodean las mismas supercherías numerológicas, e incluso es víctima de un misterioso crimen relacionado con un importantísimo político de visita al pueblo. Su relación con la versión local de JFK, había acabado con su vida. Porque la historia se repite, el pasado armoniza, el pasado es obstinado.
Alrededor de esta última idea gira la monumental última novela de Stephen King, que como ya sabe hasta esa ingente masa de gente que no lee, “abandona el terror y abraza la ciencia-ficción”, en una historia de viajes en el tiempo. Esta aseveración que repiten como cotorras todos los medios que he leído, me parece una tontería. Esta novela es tan de King como cualquier otra de las que le he leído. Relacionar a King con el terror es una reducción en parte necesaria y atractiva, pero tan correcta como hacer lo mismo con el programa de Iker Jiménez, por ejemplo. Stephen King es un maestro del entretenimiento literario para el público mayoritario, y en todas sus novelas, como mandan los cánones del mercado, encontramos suspense, fantasía, humor y romance. El viaje en el tiempo, por supuesto, está presente, y este efecto emparenta a la novela con Ray Bradbury, a quien homenajea en muchos pasajes de la historia. «Cualquier alteración en el pasado puede tener graves consecuencias en el presente». Ésta es probablemente la máxima más conocida de Bradbury, su mayor aportación a la cultura de género (junto con la distopía futurista de un mundo en el que los libros están prohibidos y son quemados en piras públicas; por cierto, que en paz descanse Ray, cuyo obituario, firmado por Jacinto Antón, lleva unas cuantas semanas adherido con un imán a mi nevera, a modo de homenaje a ambos). En este sentido, la novela de King pasa a formar parte de las mejores historias sobre viajes en el tiempo que yo conozca (otro lugar destacado, por supuesto, lo ocupa “1977-2000”, el inolvidable penúltimo episodio de Búscate la vida). Pero “22/11/63” es basicamente una reflexión sobre la responsabilidad que conlleva el poder, un impresionante, irrepetible y documentadísimo retrato de la Edad Dorada norteamericana, una epopeya humanista y una grandísima novela que tristemente pasará desapercibida para el público más conservador, por estar firmada por el Rey Del Best-seller.
El curioso pórtico temporal por el que cruza el protagonista para ir a parar al 5 de septiembre de 1958 es conocido por sus usuarios como la “madriguera de conejo”, y no son pocas las referencias a la obra seminal de Lewis Carroll, casi tantas como las que encontramos a Bradbury. Jake Epping, en su identidad ficticia de George Amberson, vivirá un verdadero via crucis en su periplo por los años previos al asesinato de Kennedy, y encontrando personajes que le servirán para cumplir su cometido, la razón de ser de la historia (evitar el asesinato de JFK, el 22 del 11 del 63, y por consiguiente la serie de sucesos que cambiaron drásticamente la Historia norteamericana: el asesinato de Luther King, la Guerra de Vietnam, el terrorismo islámico, etc.), pero también cruzándose con extraños npj's que tratarán a toda costa dicho suceso.
Porque las grandes aportaciones de King al asunto transtemporal en esta magna obra, hasta donde yo sé, son: a) el misterioso ser que da la bienvenida al otro lado de la madriguera de conejo, en el Pasado (“Mr. Tarjeta Amarilla”), que parece ser el único habitante de finales de los cincuenta que no es ajeno al viajero interdimensional (no se desvelará la importancia de este personaje/s, ni de qué es el “Jimla”, hasta el mismísimo final, y no voy a ser tan aguafiestas); y b) el concepto del “pasado obstinado”, y el esfuerzo que hace la línea temporal válida, la nuestra, por evitar ser cambiada.
En el famoso cuento de Bradbury, se nos narraba cómo uno de los soldados que viajaban a la prehistoria mataba, sin querer, a un insecto, y esto afectaba a la acción eugenésica posterior, del tal manera que el presente era transformado en un auténtico Apocalipsis. El pasado es muy frágil, y «cualquier mínima alteración...». Pero a menuda que avanzamos en la historia de King, asistimos a una terrorífica sucesión de acontecimientos, naturales y artificiales, que tratan por todos los medios de interferir en la acción del viajero temporal. La descripción continua que hace King de este fenómeno, la constatación de Epping/Amberson de esta obstinación, así como de la “armonía” existente en el espacio-tiempo, son uno de los elementos que me han tenido incapaz de abandonar la lectura. Con lo que me cansa a mí King en otras ocasiones...
Porque es innegable, ni siquiera su fan más acérrimo puede negarlo, que Stephen King es un maestro de la verborrea, la taquilalia, la diarrea literaria, la retórica elefantiásica, la demagogia absoluta... Su talento para verter centenares de páginas de descripciones y naderías es fascinante. A estas 900 páginas le podría haber quitado facilmente 600 sin que la trama se lamentase demasiado; pero en mi caso (no sé qué razones tendrá cada uno para amar, o defender cuando es necesario, a King; yo tengo las mías), todas y cada una de esas palabras que conforman sus poderosísimas descripciones y reflexiones, esos abruptos finales de párrafo, esas citas culturetas metidas con calzador, y sobre todo la facilidad de King para leerle el alma a la América Profunda, normalmente a mí me entretienen muchísimo y no me cansan. He dicho. Las primeras 250 páginas describen, linealmente y sin elipsis alguna, todos y cada uno de los segundos que transcurren en la vida del protagonista desde que Al el camarero le descubre la madriguera, y hasta que se soluciona el asunto del padre de Harry Dunning (insisto: esta vez no me apetece dar muchos detalles, aunque soy consciente de que esto no lo lee ni dios), con todo lujo de detalles. Todas las cosas que ve, que siente y que se le pasan por la cabeza, nos son descritas pormenorizadamente, lentamente, sin prisa. Epping aterriza en septiembre de 1958, y su objetivo es pararle los pies a Lee Harvey Oswald, que cometerá el asesinato desde la sexta planta del Depósito de Libros de Texto de Dallas, 5 años más tarde. No es hasta que ya hemos superado el primer cuarto de la lectura, que King se permite ciertas elipsis y acelera un poco la trama y resume esos cinco años, que son el grueso de esta historia.
Durante esos cinco años que pasa Jake Epping a caballo entre los cincuenta y los sesenta, asistimos a otro rejón de páginas en las que, simplemente, estamos esperando a que llegue Oswald a Estados Unidos, y prepare su magnicidio. Epping conoce a multitud de personas, prepara todo tipo de coartadas para ocultar su secreto, trabaja en diferentes cosas, hace algunas apuestas sobre seguro (quién no lo haría...) para mantenerse económicamente. Se enamora perdidamente, inicia una profunda relación (Sadie, la hermosa Sadie, se convierte en el actor secundario para el resto de la historia), cambia de piso varias veces siguiendo la pista de Oswald, Martina, De Moehrenschildt, Jack Ruby, el agente Tippit y toda la serie de implicados en el magnicidio. Se ve involucrado también con la mafia, jodida por su suerte en las apuestas. Se compra los coches que más le gustan a King de los años cincuenta, escucha mucha música de la época, vive durante una temporada el Sueño Americano en una idílica zona residencial... y también pasa algunas temporadas en el arroyo. Para no herir susceptibilidades, King se inventa el pueblo de Derry, donde pasa aproximadamente su primer medio año en el Mundo Antiguo. Una típica población industrial de su adorada Nueva Inglaterra, donde da rienda suelta a su descriptiva más oscura y retorcida. Quien piense que ésta no es una novela de terror, que se empape de los sucesos que tienen lugar en Derry, de cómo se comportan sus vecinos, las miradas que despiden, cómo los edificios parecen escupir con desdén al visitante, cómo la propia existencia del pueblo asfixia al protagonista, lo que vislumbra al fondo de la chimenea de la fábrica abandonada de Derry... Con la Derry de King (y con la propia descripción de la terrorífica capital de Texas durante la Guerra Fría que hace en la novela, de la que en absoluto se arrepiente en las notas finales), o con hechos como los asesinatos, las palizas, los accidentes, el incomodísimo asunto alrededor de la maldad del pasado para evitar ser cambiado, o las oscurísimas serendipias a las que asiste Epping, nos asomamos al terror malsano al más puro estilo de King.
Pero hablando de serendipias, volvamos a esa “armonía” que decía antes que adjudica King al pasado, al que convierte en un “personaje más” de la historia (como se suele decir). Como decía, uno de los elementos fantásticos más interesantes de la novela, es cómo los hechos se repiten, a la manera que comentaba al principio del todo en la película francesa. En las distintas ciudades que visita Epping/Amberson, vamos encontrando innumerables correspondencias y casualidades. Personajes que se comportan de la misma manera, acontecimientos que parecen seguir un patrón, objetos que parecen surgir en el momento previsto, hasta el punto de que Epping parece prevenir lo que va a suceder o cómo se llama aquella persona a la que va a conocer. La vida de Epping en 2011 tiene también semejanzas con lo que vive en el Mundo Antiguo. Y la relación entre las distintas parejas que conoce en Derry (Maine) de 1958, y las que conocerá posteriormente en el idílico pueblo (también ficticio) de Jodie (TX), también parece que se comportan siguiendo un extraño patrón. El pasado es obstinado, y el pasado armoniza. Un mantra que da continuidad a esta catedralicia novela, y que verdaderamente te agarra de la garganta durante toda la lectura.
Me muerdo la lengua para no desvelar el final (según confiesa el autor en el epílogo, parcialmente sugerido por su hijo), pero esta vez abiertamente digo que no me ha decepcionado en absoluto. King es famoso por sus finales trampa, y por saltarse a la torera todas las reglas de la novela negra clásica victoriana (prohibido que el asesino no haya aparecido en los primeros 6 capítulos, etc.). No son pocos los que han abucheado a King por inventarse, en algunos de sus cuentos más famosos, una bobada inverosímil en la página mil que da la vuelta por completo a los argumentos. En este caso, si bien es cierto que podría tachársele de previsible, yo no imaginaba qué iba a pasar. En absoluto. A lo mejor pequé de ingenuo. Pero el final me dejó plenamente satisfecho, además de abatido. Sucede algo un par de meses antes de que el jodido Lee Harvey Oswald apriete el gatillo (el pasado es obstinado...) que hace que casi den ganas de ir a buscar a King a Bangor y darle una hostia, porque elimina de un plumazo cientos de las cosas que habían pasado antes... pero creo que era necesario. Hace que las cien últimas páginas se transformen en una cosa diferente e igualmente fascinante, que el conejo se meta por otras madrigueras, y el final me parece correctísimo y fantástico. Incluso el epílogo, ciento por ciento fanta-científico y distópico, me pareció justo y necesario.
Solo queda afrontar un último asunto en todo este pedazo de interesante ladrillo: ¿se moja o no se moja King en el tratamiento de las teorías de la conspiración, al sumergirse de pleno en el principal tema conspirativo de la historia moderna? ¿De verdad sólo hubo un lonely gunman, un joven fanático tarado con una puntería portentosa? ¿Y que no fue preparado en campos de entrenamiento de la CIA, o doblegado por el MK-ULTRA? Ya ya... ¿Y quién cojones estaba en el montículo? ¿Por qué la policía dejó que pasaran el control esos vagabundos? ¿No sería el fantasma de Marilyn el que mató a Kennedy? ¿O fueron los alienígenas? ¿Fue Zetapé? ¿De verdad nos quieren hacer creer que aquel trompetista negro pisó a la Luna...? Tonterías aparte, en este sentido el culebrón de Stephen King es, por explicarlo brevemente, muy serio y muy correcto. No elude, por supuesto, que existen esas teorías (el protagonista viene del presente), e incluso juguetea un poco con ello. Y para más inri, en las notas finales confiesa que su esposa (la de King) es ferviente militante de la facción conspiranoica. Pero desde que empezó a escribir esta historia (y abandonó el proyecto) en 1973, y tras los dos últimos años plenamente centrado en una profunda investigación de todos los detalles del asunto, King simplemente toma partido, y ambienta este fantástico periplo por la era Kennedy desde el punto de vista más aceptado, y en el que él cree “al noventa y ocho” por ciento. Hay un momento durante las escuchas del protagonista a De Mohrenschildt y Oswald en el que parece que King va a hacer historia y alimentar a los conspiruleros durante unas cuantas décadas más; pero en ese instante... sí que no se moja. Por lo demas, creo que la opción de King es sabia, correcta y magistral.
Un último apunte al margen: que conste que mi ejemplar de "22/11/68" es una versión no venal, pendiente de correcciones finales, en rústica (exactamente igual que ésta, pero en castellano; edición cedida por Mondadori al Círculo de Lectores, y regalo exclusivo para algunos de sus empleados) previa a la publicación oficial de la obra (que hasta ahora solo existe en tapa dura). Por supuesto, apenas tiene un errorcito mecanográfico cada veinte o treinta páginas, y no creo que haya ninguna otra diferencia sustancial con la versión definitiva. Esto no significa nada de nada, pero lo apunto porque me hace ilusión, a mí que me gustan tanto los libros como mero objeto decorativo y complemento del outfit.

California 83 (Pepe Colubi, 2011)

El gran Pepe Colubi, a quien tuve el gusto de estrechar la mano de las pajas hace unos meses, publicó la novelización de su estancia en San José durante un curso preuniversitario. De tanto que insistía en su cuenta de Twitter, me acabó picando el gusanillo y me tiré de cabeza. Lo despaché hace unas cuantas semanas y no hice acuse porque ando liado (mentira), pero lo hago ahora: “Pipi” Colubi asistió en primera persona a todos los clichés del high school que hemos visto miles de veces en el cine, y no será casual que haya acabado convertido en uno de los periodistas televisivos de referencia, al encontrarse en plena adolescencia ante una tele con docenas de canales (en plena explosión de la MTV) y aficionarse a los seriales y programas que muchos hemos descubierto casi ahora, con la llegada de internet. A golpe de referencias pop, humor fino (cosa inédita en el autor) y anécdotas adecuadamente ornamentadas, el diario del español de intercambio engancha como un demonio y sabe a poco. Me encabritaron un poco las constantes muletillas y frases hechas (de las que además Pepe no suele abusar en sus columnas televisivas), brillantes me parecieron las metáforas musicales y el significado que aportan los temas que “suenan” en cada momento, pero le viaje espacio-temporal al que se asiste con la lectura me tuvo fascinado y tomando nota y me supo a poco. Simple, tierna y entretenida.

Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012)

Mi cita con los Ideal de este mes fue un lunes asfixiante. No había casi ni dios. Fila seis desierta. Litrona de agua mineral. Sonrisa de bobo para asistir al álbum de cromos vintage en movimiento que ha coleccionado Wes Anderson este año, a mayor gloria de una disneyana y hipster historia de amor entre adolescentes inadaptados. Yo fui boy scout durante más de una década y media, y obtuve de lobato mis insignias en especialidades como las de cabullería, supervivencia o cocina, me caí una vez en una letrina y he cazado culebras en el río; así que el placer experimentado ante mi estancia en la isla imaginaria ha sido, quizá, doblemente hermoso. Mi película favorita del año, sí señor, una gozada, un capricho, con obvias contraindicaciones, pero de las que a mí me gustan: pura evasión colorista, disparatada y fantasiosa para niños grandes. Con una casa de muñecas gigante, un bosque indie, pickups portables, monzones criminales, niños exploradores armados, maquetas a tamaño real, breves interludios y algún que otro efecto en stop-motion (ya se quitó la espina del todo en “Fantastic Mr. Fox”), Bruce Willis y Edward Norton tiernos e impecables, Bill Murray desopilante, Frances McDormand adorable, un anciano Harvey Keitel rememorando al perfecto Baden Powell local y dos nerditos románticos, inteligentes, valientes y salvajes, tal y como nos recordamos a nosotros mismos.

Aquarium DVD (Tiger)

Estoy inmerso en la lectura de “22/11/63”, que es un tocho de 900 páginas apretaditas que como te de en la cabeza te espabila. Lo estoy disfrutando muchísimo, lentamente, en paseos de jubilado y repostaje en zonas verdes. En casa, me gusta leer con Radio Clásica de fondo, una horterada incomprensible de puertas afuera, pero que me traslada al lugar exacto en el que me gusta estar: mi sillón de orejas, los pies en alto, aire en la cara, un libro, un cubata y una orquesta ejecutando para mí. A partir de hoy, por fin, he añadido a la propuesta un elemento que echaba de menos en mi vida desde hace 3 años: una pecera. Desde que me independicé, rayando el siglo pasado, instalé una enorme pecera en el salón cuya contemplación y escaso mantenimiento me hacía meridiananmente feliz. Pero un día hice obras en casa y decidí meter una mascota más grande: un gato orondo y nervioso, como la mascota de los Phoenix Suns casi, que era totalmente incompatible con la caja de peces de colores. Por fin, este punto, el de la compatibilidad entre mascotas y mi añoranza por la vida acuífera, lo he resuelto esta semana, cuando he encontrado en la jodida cadena de tiendas Tiger un DVD con imágenes fijas de peceras; fíjate qué cosa tan imbécil pero tan decorativa. Son tres cortes diferentes, de solo cinco minutillos cada uno, con tres coloridas peceras diferentes, lo que trae este DVD (mejor dicho, dos: el corte “Aquarium 3” es una pecerita en LD con cuatro peces payaso de plástico ←WTF??), que yo ya lo había soñado hace muchísimos años y sabía que tenía que existir. Tienen otro modelo con un plano secuencia del fuego de una chimenea, que también me lo he comprado ya aunque lo desembalaré allá por Halloween, calculo. Hace dos semanas que me compré una tele nueva, comunal, de 32 pulgadas, 0,8 metros de ancho de pantalla, con sensorround y toda la pesca, nunca mejor dicho; y ahí están los peces evolucionando en silencio, y el refrescante burbujeo atraviesa la voz, ahora mismo, de un tenor declamando majaderías en eslavo. Tengo un Bitter Kas en una mano y la lápida de Stephen King en la otra, y no me mueve de aquí ni que se plante Anna Faris en la puerta y me quiera llevar con ella.

Southern Culture On The Skids – Éxitos

Escuchando la intensa, de altísimo gusto, perfecta versión que hicieron SCOTS de “Rose garden” que sonaba en mi bar, un amigo me pidió que le grabara más cosas de esta banda. SCOTS y su carrusel de revisionismo del folklore sureño, esa receta impecable de country, surf, rockabilly, garage y pop-rock son una de las cosas que más me gustan en el mundo. El carisma y la belleza de Mary Huff con su pelo atómico, el talento y la honestidad de los dos (o tres) caricaturescos rednecks con sombrerito que la arropan, sus slide guitars, banjos, pizarras, pollo frito y pelis de Santo, conforman un singular cóctel de genuina imagen y música populares norteamericanas; una fórmula brillante e inigualable que es imposible que haya nadie al que no le fascine. SCOTS son más grandes que Jesucristo, los Beatles y la madre de Gilbert Grape juntos sobre una catedral. A raíz de este recopilatorio que hice la semana pasada, he vuelto a escuchar incansablemente los 16 discos que tengo a mano a todas horas, y en esas sigo. Empezaron haciendo psychobilly instrumental, denso y cavernoso a mediados de los ochenta, una época extraña pero necesaria. De aquellos primeros y tímidos experimentos crampeanos queda su pasión por el instro-surf con aullidos y risotadas de monstruo, que permanecen en toda su discografía, y en discos conceptuales como el halloweenesco EP “Zombified” (1999, reeditado en 2011). El EP “Santo swings!” (que conservo en vinilo coloreado siempre a la vista; una pieza de culto como no se me ocurre otra) es otra de las piezas del aparentemente simple puzzle del imaginario Sureño. Entre medias, discos sencillamente perfectos como “Dirt track date”, “Plastic seat sweat” o “Liquored up and lacquered down”, tres discos como tres castillos, que hicieron que SCOTS salieran de la granja y se instalaran para siempre en el Firmamento. Sus obras más recientes (“Mojo box”, el gargantuesco disco de versiones “Countrypolitan favorites” y el reciente “The highlife”) gozan de una producción tan limpia, tan delicada y tan rendida definitivamente a la voz de Mary, que perfectamente deberían entrar en las listas de superventas mundiales, y no entiendo cómo SCOTS siguen sin salir del circuito de culto. La lista de las canciones que escogí sale en la contraportada que le hice a este disco (por otro lado, con un diseño tirando de Paint MS y dos imágenes sacadas de tebeos que tenía por el escritorio, tan feo y estridente que te rechinan los dientes al verlo; lo sé, pero a mí me gusta y no sé hacerlo de otra forma), y tuve que prescindir de algunos de los favoritos de la propia banda. Pero no podían faltar las maravillosas baladitas vaqueras que protagoniza mi Mary (Rose garden, Just how lonely, Funnel of love, The highlife...), sus hits y versiones más redondas y definitorias (Shotgun, Camel walk, House of bamboo, Daddy was a preacher..., Banana puddin', Love-a-rama...), y en fin, que ahora mismo no se me ocurre otro grupo del que me gusten tantas canciones.

Batman (The new 52)

Leídos los primeros 9 números de la nueva colección regular de Batman de título simple (al reseteo de DC han sobrevivido al menos otras tres colecciones protagonizadas por Batman), la más exitosa y potente de los Nuevos 52 (no sé qué es eso exactamente), estoy contento y enganchado a la negrísima historia que Scott Snyder (American vampire) está tejiendo. Lo que pasa es que todo va rematadamente lento. En estos 9 números, 9 meses de publicación (todo un parto –casi un año–), hemos asistido a una media hora en la vida de Bruce Wayne, y a su defensa de un primer ataque de los Búhos. Snyder se ha sacado de la manga una estupenda leyenda, que se remonta varias generaciones atrás en la respetable estirpe de los Wayne y en la vida de los ciudadanos de Gotham, sobre una sociedad secreta de asesinos, que devuelven la vida a los difuntos para transformarles en soldados sin miedo a la muerte, disfrazados de búhos. Habitan el entresuelo entre los pisos 12 a 14 de al menos una docena de los principales edificios construídos en Gotham en la primera mitad del siglo XX, y ha llegado el momento de su despertar y de apoderarse de la ciudad. Las metáforas, el tono misterioso, nostálgico, grandilocuente y fabulador de Snyder, te sumergen en la historia, y aunque no soy un gran conocedor de la historia completa de Batman, todo parece verosímil, y esta sociedad secreta centenaria de super-búhos encaja como un guante en la biografía del murcielagoso. Complementa la historia, de paso, otra protagonizada por viejos antecesores de Bruce o de Alfred que le aporta background al conjunto, ilustrada por Rafael Alburquerque, el dibujante de American vampire. En cuanto a la historia principal de este nuevo Batman, el artista no es sino el extraordinario Greg Capullo [risas], que vuelve a la primera línea tras toda una década desperdiciada dibujando esa parodia de Batman para dummies.

The Boys 01-28 (Garth Ennis, Darick Robertson, 2006)

Tengo pendiente, desde hace algunos meses, ponerme al día con la serie de Ennis y Robertson. La abandoné en este punto (van por el sesentaytantos), cansado de tanto épater, de tanto gore y tanta guarrería. El principal problema de The Boys (y de muchas de las series de Ennis, en mi opinión) es que esa obsesión por transgredir y por llevar tan al extremo como sea posible su “realismo sucio”, termina por cansar, y por convertirlo todo en una parodia. Resulta imposible encariñarse con los personajes, o que te importe lo más mínimo lo que le suceda a esta mano de sinvergüenzas. La “línea tremenda” de Robertson (pese a ser el principal motivo para que siga esta serie) tampoco ayuda, con tanto grumo en alta definición.

Wolverine: The best there is (Chalie Huston, Juan José Ryp, 2010)

Hace varios meses que se truncó, y me leí, esta serie que acabó siendo limitada, y cuya razón de ser era llevar a Lobezno más allá del code, más allá de todo lo visto hasta ahora, y transformar sus quehaceres mutantes en un infierno de gore, incorrección política y pesadilla (se anuncia para la temporada otoño-invierno una nueva serie, ¡otra! de Lobezno en la línea MAX, así que tendremos ocasión de ver más Lobezno para adultos). Los culpables en este caso fueron un tal Charlie Huston y el sensacional dibujante español (habitual de revistas de literatura gráfica erótica) Juan José Ryp, otra pica española en Marvel, que lo llena todo de vísceras, de bicharracos, de gotitas de sangre, roña por las paredes, granos, venas, chorretones, anatomía desmembrada, cacafuti y unos pibones que dejan sin aliento. Espeluznante, asquerosín y sensacional. Leía esta cole con un gusanillo similar al que te recorrería al estar leyendo una historieta de Lobezno seriada en El Víbora a mediados de los noventa. En el primer arco conocemos a Winsor, un excéntrico emo hijo de puta que se dedica a secuestrar mutantes y tipos que no pueden morir, para experimentar con ellos en busca de la cura de una enfermedad que sufre su hijo. Poniendo a prueba a Lobezno hasta lo inimaginable, haciéndole cosas que no se le podrían hacer nunca en su colección regular. A continuación, tenemos a Logan hecho trizas, infectado con miles de virus distintos, luchando con su factor curativo en la mansión-X. Bestia, Cíclope, Emma Frost y Dazzler cuidan de él, hasta que decide que ya está mejor, y escapa en busca de la moza a sueldo de Winsor que intentó matarle al final del arco anterior, que resulta que ha sido infectada por un virus tecnonecrótico, una tecnología vírica extraterrestre que hace a la peña no-asesinable. Un par de cazarrecopensas espacio-temporales, Monark Starstalker y Paradox, y su lechuza de oro (?), junto a los X-Men, se unen a Logan en la batalla final contra el hioputa de Winsor el mega-difundidor de todos los virus conocidos, exóticos y de fantasía imaginables, que además se ha hecho superfuerte y resistente. La batalla final será otro derroche de vísceras, sangre, mucosas y viñetas atestadas de horror vacui de mal gusto.

Neil Young & Crazy Horse - Americana (2012)

Mi norteamericafiliómetro se ha puesto al rojo vivo otra vez, escuchando sin parar estas semanas lo nuevo de Neil Young con Crazy Horse. Dando de lado a su mitad canadiense y abrazando su herencia navajo, Neil Young [risas] se ha sacado de la manga esta BSO de Amerrika, una revisión personalísima e incorrecta de la música americana más americana posible. Una deconstrucción deliciosa, calma y grandilocuente de piezas como el Oh, Susannah (no llores más por mí), (oh, mai darlin) Clementine, This land is your land, el Get a job e incluso... el himno del imperio británico; sí, el Que Dios afeite a la reina, para terminar de volarnos la cabeza a todos. Complejo, tan sofisticado como salvaje, reivindicativo y a vueltas con el post-11ese, y genial como siempre (aunque DAM lo haya puesto a caer de un burro, a mí me pone).

miércoles, 11 de julio de 2012

Poupoupidou (Gérald Hustache-Mathieu, 2011)

La reseña anterior, de la desnutrida "Twixt", me ha recordado esta pequeña maravilla gala que vi hace unas semanas: tenemos de nuevo a un escritor sufriendo el bloqueo del ídem, perdido en un misterioso entorno rural. En este caso, además, se trata de una zona fronteriza con Suiza, en la que no se pueden aplicar leyes francesas a la ligera. Allí aparece el cadáver de una joven y hermosa estrella local, famosa por ser la imagen de una marca de quesos, y por su parecido físico con la Marilyn. El escritor ve un filón en lo del asesinato en tierra de nadie, y comienza a investigar, desenmarañando una trama política considerable, y enamorándose de la fiambre (obvio) y del pueblico nevado. Qué bonitas hacen las películas los franceses (aunque qué manía con mimetizar "Amelie", qué complejos no superados), cuando se ponen. Qué sensibilidad, qué musicón, qué paisajes y qué historia tan simpática y trepidante.

Twixt (Francis Ford Coppola, 2011)

El comienzo de "Twixt", esperada incursión de todo un papá Coppola en el excitante mundo del suspense, tenía todas las papeletas para hacerme repantingar en en sofá a oscuras y disfrutar como un crío: un narrador sureño y anciano nos sitúa en una aldea de la América Profunda, a la que acaba de llegar un mediocre escritor de best-sellers para presentar su nueva novela y de paso arañar algo de inspiración junto al cliché del lago y la naturaleza. El protagonista reconoce parecerse mucho a Stephen King, y el planteamiento remite a varias de sus novelas y films (sin ir más lejos, una de mis preferidas, la maravillosa "La ventana secreta"). El pueblo tiene todo el atractivo que la historia requiere, e incluso el exotismo bizarro encarnado en un campanario misterioso (aquí, imposible no acordarme de otra de mis películas-fetiche, "Hot fuzz"). El resucitado Val "Sergio Ramos a los 50" Kilmer no es el problema, me gusta, da el pego; el sheriff mola, tiene carisma y encima hace casitas para pájaros en sus ratos libres. No, el problema está en que a partir de unos personajes decentes y una historia manida pero atractiva, Coppola consigue, por difícil que parezca, manufacturar un rollo insostenible, venga a mostrarnos las absurdas pesadillas del Kilmer en blanco y negro y a la preadolescente muerta, que parece que le pusiera cachondo al viejo Francis. Ni los guiños a Poe o a King ni la hermosa fotografía consiguen disimular el flojísimo, descafeinado guión. De un director más joven o arriesgado te puedes esperar un giro o algo de incorrección que te saque del tedio, pero no de un dinosaurio meando fuera de género. Ni siquiera recuerdo, al loro, si terminé de verla.

martes, 10 de julio de 2012

Once upon a time the superheroes (2002)

En Youtube se puede encontrar una buena serie de documentales sobre el mundo del cómic que, sin aportar nada nuevo, hacen las delicias del aficionado medio a los norteamericanos enmascarados con trajes ajustados. El segundo que veo (el primero fue el dedicado a la EC, del que hablé en otro sitio) es este largo en 10 partes, que repasa la consabida historia de la creación de los primeros titanes de esto en DC, el desembarco de los judiítos que revolucionaron Marvel, la dicotomía héroe-villano, vengador-Mesías, adolescente-arma ambulante, etc., así como la evolución del villano americano en la historia reciente (del nazi se pasó al comunista, de ahí al chinorris, el político corrupto, el SIDA, la droga, el terrorista invisible...), del estilo de dibujo a través de las décadas (Jim Lee reconoce la influencia de la MTV en el tebeo de superheroes; nunca lo había pensado), y hasta el nuevo look siglo XXI, oscuro para filtrar el ridículo del espándex en pantalla, del que hablan una tía productora y el propio Tim Burton. Siempre desde su mesa de trabajo, otros de los maestros que hacen declaraciones son Stan "The Man", Quesada, Evanier, Sienkiewicz, Neal Adams, Kaluta, Romita Sr., Kubert Sr., Charest (?), Ross, Gibbons, Infantino o el inevitable y aburrido sociólogo. Todo bien y muy entretenido. Me encanta ver viñetas pop en pantalla gigante.

lunes, 9 de julio de 2012

Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945)

La segunda inmersión de Neville en el proto-cine negro abandona el expresionismo y las escenas paranormales, desasosegantes, difuminadas de la anterior entrega, y se sumerge de pleno en la crónica de sociedad. Durante la fiesta carnal y pagana, en los alrededores del Rastro madrileño, tiene lugar un terrible asesinato, que le toca resolver a un Fernando Fernán Gómez imberbe. El ambiente festivo y desenfadado anima al cachondeo y el desplante a la autoridad; las prostitutas y los buscavidas campan alegremente ajenos, o acostumbrados a la sangre. Neville arma una comedia negrísima, una oscura tragedia mientras los ciudadanos cantan, se descojonan y conspiran con las máscaras puertas. La fiesta de la delincuencia se desata en Cascorro mientras apenas avanzan las pesquisas. Un ejercicio asombroso de desenfadado costumbrismo con un fondo terrorífico.

ATENCIÓN: Presentación del nuevo número de JO, TIA!

Este próximo sábado se presenta en sociedad, por fin, el nuevo y gigantesco ejemplar del fanzine de culto Jo, tía!, un tochamen de 350 páginas dedicado a LOS SECRETOS DEL UNIVERSO. Me ha avisado su principal responsable, que no soltaba prenda el cabrón sobre qué estaba pergeñando. GANAZAS.
http://www.lossecretosdeluniverso.info

La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944)

Bajo el Madrid de los Austrias, a la altura de la Plaza del Alamillo, existe una torre subterránea, una verdadera metrópolis habitada por misteriosos morlocks, fraguels chepudos y conspiranoicos, asesinos invisibles ocultos de una sociedad supersticiosa. Lo ignoro todo al respecto del cine negro español, pero siempre había tenido esta vetusta recreación de la novela de Emilio Carrere (esperpéntico cruce castizo entre Poe e Iker Jiménez, a bote pronto) por una rareza necesaria, una rara avis negra como el sobaco de un negro, de esas joyas patrias (como "El cebo" de Ladislao Vajda, me viene a la cabeza; ya digo que he visto muy poco de esto) que no se olvidan. Poderosamente costumbrista y no obstante moderna, inquietante si bien inocua, en mi caso su poder mesmerizante estriba en ese Madrid expresionista maravilloso de hace varias generaciones poblado por serenos y cupleteras pero también por freaks, aparecidos, criptoarqueólogos y petroglifos indescifrables. Heredero inédito de Lang y Murnau y padre soltero del fantástico español (dejo caer que me recordó mucho también, el periplo del protagonista, a "Sombras y niebla" de Allen, una debilidad que tengo), Neville hizo historia con esta golosina, primera de una serie que abre el cine vespertino de verano en el Roxy C.

domingo, 8 de julio de 2012

Pánico (Mark Tonderai, 2010)

Sigo vivo. Más o menos. Experimentando aquello tan profundo de que "hay muchas formas de morir, pero la más jodida es seguir viviendo". Atravieso los estertores de un domingo catastrófico, por el cual perdí el interés hace muchísimas horas, desde que saqué el pie de la cama o antes. La sobremesa no estuvo mal del todo, pero la cuesta final me está costando como avanzar Lavapiés arriba sobre muñones ensangrentados en pleno agosto. Ha habido un cambio importante recientemente en mi casa. Tengo una tele nueva, plana, digital, tan grande como la lápida sobre la tumba de Fraga. Tal y como me temía, a veces mirarla de cerca se asemeja a contemplar un ripeo de "Salida de los obreros de la fábrica" en Youtube ante la pantalla de un reloj de cuarzo. Los pocos canales con HD se ven demasiado bien (sin querer, el otro día contemplé un primer plano del rostro de Ana Rosa Quintana y creí desfallecer), pero por supuesto, en el cómputo global, esto es una gozada, un lujo, soy mejor persona ahora. La tengo colgada de la pared con un ingenio articulado, retráctil y giratorio. Ver cualquier puta mierda (la programación no ha mejorado, lamentablemente) es como pilotar el Enterprise. Otra novedad en mi atribulada, trepidante y miserable existencia es que tengo conexión en el selular. Así que aquí ando ahora mismo, a un palmo de mi televisorazo nuevo (cariñosamente, Roxy C) que escupe alguna sandez, probando a ver si sé actualizar mi blog, ya que lo tengo muy abandonadito y él nunca lo haría. Tengo montones de entradas pendientes, y algunas ya escritas, pero me niego a convertir esto en una obligación. Ya lo pondré al día en unas semanas, cuando me vaya de vacaciones a La Red. De momento voy a dejar constancia de que vi esta película, la primera que vi en el Roxy C, y que me moló mucho. Un tipo y su novia discuten durante un largo trayecto nocturno interregional, cuando él cree ver, en un atasco, a una tía encerrada en el camión de delante. Un punto de partida cojonudo que se desarrolla a toda leche. Con efluvios de "El diablo sobre ruedas" y con un estupendo "cabrón del campo", entre la road movie y el slasher clásico pero en la campiña inglesa y con las últimas tecnologías del terror (blackberrys que fallan in extremis, cámaras de seguridad, steady cams alocadas...) al servicio del sempiterno suspense hitchcockiano. Muy guapo todo en esta baratísima chorradilia de la Fantastic Factory. Después de ésta, en sesión continua en laSexta3, me volví a tragar la maravillosa "Candyman", en HD digital y pantalla grande, y fue la rehostia. Lo que ha sido un infierno ha sido armar este post desde mi móvil. Me parece que no lo haré muy a menudo.