jueves, 30 de mayo de 2013

El ciclo del hombre-lobo (Stephen King, 1983)

Encontré ayer en una mierdulería esta novela breve juvenil del Maestro, una curiosa historia en 12 capítulos ilustrados por el legendario Bernie Wrightson, que en principio fue proyectada como un calendario. La idea era que King escribiese 12 relatos cortitos, que pudiesen ser impresos en un calendario de pared del año 1983 junto con las poderosas ilustraciones de Wrightson, pero la incontinencia literaria del de Maine hizo que acabara siendo otra cosa. Una novela al uso, pero estructurada a capítulo por mes, coincidiendo con cada luna llena y cada uno de los consiguientes ataques de una feroz bestia peluda sobre la aldea de Tarker's Mills. El conjunto es una historia de terror adolescente, sencilla pero bellísima (especialmente cuando acompaña la plumaa de Wrightson, que se hace tres ilustraciones por mes, una de ellas a todo color), que funciona también como acontecimiento cerrado, como ciclo, y que nos lleva de nuevo a la América Profunda, garrula y preternatural.

Sherlock Holmes en Rancho Drácula (Alberto López Aroca, 2013)

Alberto López Aroca es novelista, ensayista, experto sherlockiano de pro, cazador de bolsilibros, miembro de la Academia de Mitología Creativa Jules Verne o la Harry Stephen Keeler Society, entre otras cosas. Ha publicado unas diez novelas cercanas al mito de Baker Street ("Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra", "Los náufragos de Venus", "Estudio en esmerala"...), generalmente autoeditadas en formato grapa, y mantiene la inenarrable colección Bisonte Futuro, con novelitas semanales de kiosko de Norm Eldritch ambientadas en un Salvaje Oeste distópico lleno de monstruos y naves espaciales. Éste es un precioso libreto cosido en hilo rojo al lomo, que recoge un puñado de fantasías en torno a la figura del Gran Detective (su paso por un bar de viejos en Albacete, una misiva de Moriarty, una aventura maravillosa de Altamont y Jack James en una aldea de Texas acosada por los vampiros —obra de Norm Eldritch—...) así como un par de ensayos a la memoria del mítico bolsilibro/pastiche de Silver Kane "Rancho Drácula", a la de Curtis Garland y a lo que dio de sí el infragénero del western paranormal en la literatura popular española de kiosko. Un objeto precioso, escrito maravillosamente por un autor que destila pasión y sabiduría por el pulp y el Maestro Conan Doyle.

Danza macabra (Stephen King, 1981)

Tengo más de cincuenta libros de Stephen King, todos ellos, creo recordar, de segunda mano, baratos, de todas las editoriales y formatos imaginables, que forman una colorida montaña rusa en la estantería más alta y más larga de mi dormitorio. "Danza macabra" no es de esos libros que encuentras en una tienda de segunda mano; ni tampoco en una nueva. Me moría de ganas de leerlo, que no lo había hecho nunca, y finalmente lo saqué de la biblioteca y lo despaché en una semana, a principios de este año, muy feliz y contento, de aquí para allá, disfrutando enormemente de la sabiduría, los consejos y las recomendaciones de tito King sobre cómo pasar miedo, para qué y con quién. Un ensayo imprescindible, maravilloso, escrito por uno de los mayores expertos en la materia. King escribiendo sobre terror es como si Michael Jackson te canta al oído la canción que esclarece el Pop, o Juan Mari Arzak te prepara un bufé libre cuando llevas día y medio sin comer. Cada página encierra una barbaridad de verdades como puños, de mandamientos, y también de namedropping. Humilde, modesto y engañosamente inseguro y explicativo como siempre, repasa cómo el terror ha influído al hombre durante el siglo veinte, cómo nos afecta lo que vemos, el papel de la radio, el cómic pre-code o la infancia en todo esto, las películas esenciales, los maestros literarios, y en definitiva un manual, una obra maestra que no quería dejar de recomendar aunque hace ya meses que lo despaché.

Bomb it (Jon Reiss, 2007)

Un documental reciente sobre el origen, desarrollo y palpitar actual de la "cultura del graffiti". Desde los primeros firmeros de Philadelphia y Nueva York, el docu visita a docenas de orgullosos artistas de los cuatro continentes (L.A., Barcelona, Tokyo, Sao Paulo, París...), que reflexionan acerca de múltiples aspectos muy interesantes de su afición/profesión: el graffiti ante la ley, los tags que hacen los gilipollas llenando las calles de mierda ("es que son niños, por algo hay que empezar...", es el cómplice sentir general), lo democrático de pintarrajear lugares públicos o no, las tendencias, el asunto de vender tu arte a las galerías o a los publicistas, el infierno de las calles enviando exclusivamente mensajes comerciales... En fin, lo de siempre, desde un punto de vista plural e internacional, con un ritmo endiablado y una infografía muy hermosa.

"Diarios de sexo y libertad" (Rafael Fernández "Ezcritor", 2011)

Despachado el primero de los libros de Ezcritor, el blog (travestido a formato noble) que tuvo tanto éxito en su momento, que le hizo merecedor del premio al mejor blog del 20 Minutos, de la admiración y la gloria virtual (efímera, azarosa, pero supongo que satisfactoria). Travestido, de hecho, en un tomo de casi 700 páginas, lleno de letras y fotos de mujeres desnudas. Los "Diarios de sexo y libertad" (supuestamente, van antes de "20 polvos", pero juraría que el propio autor, cuando me los vendió, me dijo que leyera antes aquél) son las memorias guarras de Sigmundo Fernández, alter ego del autor, y narran cómo abandonó su vida de gris vendedor de libros en un centro comercial tratando de alcanzar su sueño: convertirse en un escritor de éxito, en un narrador de vivencias personales fantaseadas, hedonista, inadaptado y existiendo al margen de lo establecido, huyendo de las imposiciones sociales, de los plactonitas, de los contratos y del sistema. Ezcritor fantasea con ser Bukowski o, mejor, el Henry Miller canario, y para ello decide cambiar de vida. Fortuitamente, se coloca como camarero de una discoteca, y el grueso del libro cuenta sus aventuras rodeado de personajes huecos, turistas golfas, delincuentes y parias. Sus polvos con más de 180 mujeres, su desbocada y catártica vida sexual, con pelos y señales. Sigmundo, una vez que toma la decisión de ser libre y darle la espalda al sistema, se convierte en un cruce entre Dinio, Ignatius Reilly y Sooolitario, y se pasa el día fornicando con menores, enamorándose, desenamorándose, abusando físicamente de las turistas y los borrachos, dilapidando sus abundantes ingresos. Entre medias, decide adoptar a un argentino al azar víctima del Corralito, a través de su blog, para purgar su conciencia. Desprecia a la especie humana, especialmente a las mujeres, a las que trata como pedazos de carne con agujeros. Y en definitiva, cumple esa fantasía que tenemos muchos tíos durante quince minutos a la semana.

El principal hándicap de la novela, es que fue publicada online, por entregas, y esto la hace a veces demasiado explicativa para el probable recién llegado al post de ese día, y repetitiva. La temporada en la que se limita exclusivamente a abarraganarse con todas las turistas de la isla una tras otra, convertido el relato en una sinopsis tras otra de escenas de cine porno, se me hizo un poco tediosa, igual que me pasó en la entrega anterior, pese a que el ritmo es ágil y la lectura engancha y no contemplé la idea de abandonar; pero ya dije que lo que se amancebe o no un chulo de playa en primera persona a mí no me interesa mucho, y como literatura erótica no es la cosa precisamente para darle el Nobel de Lascivia. Me gusta más el Sigmundo soñador, el pusilánime o el que recuerda su infancia que el despreciable follarín con o sin sida. Ese mismo formato blog también hace que cueste ver el libro como una novela estructurada; y aparte de lo ligeramente repetitivo, uno nunca sabe si se va a encontrar con un desarrollo trepidante, y con un final. He de decir que sí, que sí hay un final, terriblemente honesto (como toda la literatura de escritor: honestamente inventada) y satisfactorio.

En resumen, sigo siendo fan de Ezcritor y esperaré ansioso las (inminentes) nuevas entregas de las desventuras de Sigmundo, un islote de mierda fresca y apetitosa en mitad de un océano de agua estancada y tinta muerta.

miércoles, 29 de mayo de 2013

"Buscando a Reynols" (Néstor Frenkel, 2005)

Esta mañana volví a ver este documental. Recupero el post que hice hace casi 5 años en otro blog.
En 1995 apareció en el mercado argentino, en todas las tiendas del ramo, el primer disco de un grupo llamado Burt Reynols Ensamble (sic), bajo el epígrafe de "Gordura vegetal hidrogenada". El disco consistía de un libreto de 11 páginas llenas de garabatos, collages y mensajes como «Una vez descongelado el producto no volver a congelar», «Este C.D. se desmaterializó hace 15 segundos» o «Las Malvinas son de mi tía». En la contracarátula trasera, el CD anunciaba las canciones incluídas. Numeradas aleatoriamente (había dos tracks 14, un 888, -5, 83, 1...) y con títulos como Biblias de 55 km., Envenenador de pochoclos, Pelotitas de infinito, Dos peces chocando de frente, Título: todos los títulos del universo... También había una canción cuyo título era un símbolo: la raíz cuadrada de una avispa. Se incluían también las letras de las canciones. La apretada y surrealista lista de agradecimientos incluída parecen verdaderamente los delirios de un oligofrénico.

Lo más simpático de semejante artefacto digital, era que dentro de la caja... no había nada que pudiera sonar en un equipo musical. Era un no-disco, una ¿broma? conceptual o un "disco desmaterializado", como ellos lo llamaron, que casi nadie comprendió y a casi nadie hizo gracia. Los BRE fueron acusados de estafadores, y su respuesta ante la incomprensión de sus congéneres fue, tal como explica la Wikipedia, conceder "un concierto para rocas, plantas, insectos y hielo seco en un parque público de Buenos Aires. Este concierto no llegó a su fin, ya que fueron desalojados por la policía bajo el argumento de que daban una mala imagen a los turistas.".

Los comienzos de Reynols, como se les conocerá desde entonces, no fueron lo que se dice muy exitosos, al menos en el aspecto musical. En realidad ya habían editado dos discos, el homónimo "Burt Reynols Ensamble" (1993) y "Portátil" (1994), más descatalogados e inencontrables que la cassette que le grabé yo con mi Fisher Prize a la Karol en su 16º cumpleaños. Pero a partir de entonces, y hasta su disolución en febrero de 2004 (mediante una carta abierta en la que amenazaban con seguir publicando las más de 200 horas de grabaciones inéditas que guardaban), Reynols publicaron más de 60 discos de muy diferente pelaje.

Entre otras cosas, en 2000 un sello alemán les editó "10.000 chickens simphony", un disco que, haciendo honor a su nombre, consistía en los sonidos emitidos por diez mil pollos, captados mediante micrófonos enterrados bajo el suelo de la granja donde vivían. En la cara A, distorsionados en modo dub, y en la cara B amplificados de forma caótica. Como ellos mismos brillante y honestamente explicaron, "Pusimos muchos micrófonos bajo la tierra y dentro de los canales de alimentación. Este es el único disco en el mundo donde todos los participantes fueron asesinados y comidos luego.".

Otra de sus obras cumbre es "Blank tapes" (2000), que no es otra cosa que el sonido estático que emite una cinta virgen de 90' cuando la pones en el radiocaset y le das al play.

Pero experimentos surrealistas y avant-garde al margen, Reynols era una verdadera banda de músicos. Compuestos por Alan Courtis (guitarra), Roberto Conlazo (guitarra), Patricio Conlazo (percusión; los tres tocan también otros instrumentos, como violines, vientos o piano) y el gran Miguel Tomasín (voz y batería), el líder del combo, un treintañero con síndrome de Down que aporrea los tambores, improvisa inconexos scats y canta más o menos como cuando a un gato le pisas el rabo; totalmente desafinado, chirriante, acompasado, pero con pasión, con énfasis, con honestidad, con duende.

Como dicen en este magnífico texto de Esperando a Godot, la banda Reynols se debe considerar que se formó en realidad en 1970, cuando a un pequeño Tomasín de 3 años de edad su abuela le regaló un tamborcito de juguete, antes de que sus futuros compañeros de banda ni siquiera hubiesen nacido.

En sus cortes musicales más ortodoxos hacían una especie de rock progresivo cacofónico y psicodélico, que remite por completo a los felices años 60, de hippies y LSD. A ratos suenan a Pink Floyd, os lo juro, que los estoy escuchando ahora mismo, otras veces recuerdan a Sonic Youth o a Yo La Tengo (sobre todo cuando Tomasín chapurrea en inglés o en alemán), a veces suena free-jazz, y en algunos momentos es música ambiental que parece provenir de una placenta, o del fondo del mar, cosas rarísimas, me viene a la mente también el caos sonoro del post-rock de los 90 o el minimalismo cacofónico de John Cage o yo qué sé. Encuentro en el agresivo y surrealista universo de los Pixies el talento de Tomasín. Su música es un caleidoscopio indescriptible, y perdón por usar este tipo de palabras de crítico musical basuril, pero no doy más de sí.

Hay que tener en cuenta que Reynols no es un combo de risa a costa de un chico con Down, que no es una broma fugaz retarded como puedan ser Jimmy Mitchell, Wesley Willis o Fran Perea; hay que equiparar la figura de Miguel Tomasín con la de Daniel Johnston. Reynols ES Miguel Tomasín, él es el alma, el compositor, el ideólogo, el letrista y el artista que garabatea y concibe la imagen que de ellos mismos ofrecen en sus discos.

sábado, 25 de mayo de 2013

The Contortions - Buy (1979)

Esta mañana de sábado, escuchando uno de esos maravillosos programas de la WFMU que sintonizo cuando no sé qué poner (Zzzzzzero Hour con Bill Mac) he descubierto a este grupo, dentro de un bloque sin palabras que ha dedicado a la no wave y el punk neoyorkino de finales de los setenta y primeros 80 (me he apuntado otros nombres, como XRay Pop, 8 Eyed Spy —de Lydia Lunch— o Strapping Fieldhands). The Contortions son una de esas bandas de punk-jazz con saxo que tanto me estimulan, en la línea de Naked City, Ultralyd, Mars, etc. Sin llegar al ruidismo retorcido de Naked City o el japanoise de los noventa, sino con un sonido cercano a la new wave británica, el saxo de James Chance sobrevuela todas las canciones dotándolas de una atmósfera jazzística pero sobre una base hardcore adelantada a su tiempo. Se estrenaron en el disco colectivo (producido por Brian Eno) "No New York", junto con Mars, D.N.A. y Teenage Jesus & The Jerks, antes de sacar otros cuatro discos (con la misma formación pero distintas bandas) en dos años, practicamente. Me recuerdan por igual a Morphine, a John Zorn o a fIREHOSE, y estoy pasando un rato estupendo con ellos. Su primer LP largo en solitario, este "Buy", me ha tenido toda la mañana muy contento y supervitaminado.

lunes, 20 de mayo de 2013

Basketball diary (Jim Carroll, 1978)

El pasado Día del Libro me compré cuatro libros que no tenía de la mítica colección Star Books (¡ya tengo 12!), a 2 euros cada uno. Veo en Iberlibro que piden hasta 50 euros por este ejemplar. Star Books fue una colección de kiosko que lanzó la no menos mitica revista de comix y contracultura Star, cabecera under por excelencia, perseguida y secuestrada por el sistema, vanguardista, aquella que dio a conocer a la juventud tardofranquista al Gato Fritz o las primeras cositas de Ceesepe o Gallardo. En esta colección se publicaron por primera (y en muchos casos última) vez obras de Kerouac, De Quincey, Ginsberg, Leary, Thoreau, Burroughs, Jim Morrison, Neil Cassady o Hunter S. Thompson. Este clásico de Jim Carroll (con una traducción un poco atroz y una adaptación del slang al rrollo que espanta un poco), el diario de sus aventuras como chapero heroinómano y estrella del básquet a los 13 años en el Nueva York ponzoñoso de los setenta, no se ha vuelto a publicar nunca. El jovencísimo post-beatnik narra, con una dulzura y naturalidad extrañas y con montones de vellos púbicos en la lengua, incidentes en retretes públicos, chutes de heroína terroríficos, polvos memorables entre menores de edad, palizas, canastas y otras desventuras callejeras en la jungla urbana.

Supongo que en estos tiempos que corren la lectura de este libro no escandaliza a nadie (de hecho, se me hizo un poco pesado), y hay que hacer el esfuerzo de contextualizarla para poder valorarla, pero contiene bellísimas perlas visuales que destacan entre la montaña de basura y decadencia, y un firme discurso amoral, incorrecto y anticapitalista que nunca pasa de moda.

The Avengers #239 (1984)

En la línea de la crítica anterior, hubo unos pocos años después otra visita de personajes Marvel a otro de los grandes talkshows nocturnos norteamericanos de la NBC; uno de esos entrevista-con-taza, probablemente el más importante. Concretamente al Show de David Letterman, por aquel entonces recién nacido y que a día de hoy (especialmente desde que todos odiamos a Jay Leno) se ha convertido en justo sucesor de Johnny Carson. La historia es muy simplona, practicamente un divertimento a mayor gloria de la cadena fuera de la continuidad de las aventuras de los Vengadores (aunque, curiosamente, el episodio sirve también para anunciar oficialmente en la colección madre la boda de Ojo de Halcón y Pájaro Burlón —que se produjo en una miniserie—, así como la inminente partida de La Bestia para refundar los Defensores). Sucede que el agente del Hombre Maravilla (popular actor en el UM, al margen de su identidad secreta) le ha conseguido una entrevista en el show de Letterman. Y para darle apoyo moral, le acompañan unos pocos Vengadores en activo o en el banquillo: la Viuda Negra, la Bestia, Ojo de Halcón, Pájaro Burlón y Pantera Negra. La víspera, vemos cómo Fabian Stankowicz (el Merodeador Mecánico, villano de segunda pero de larga trayectoria como odiador psicótico de LV) se entera de la visita de LV al show, se cuela en el plató y manipula un poco las cámaras. Nada más comenzar la entrevista, un montón de artefactos comienzan a atacar a los héroes, que intentan defenderse mientras Fabian se sienta junto a Letterman tratando de obtener una reputación como supervillano ante todo el mundo, mientras Paul Shaffer, con una camiseta del Capitán América, disimula como puede haciendo acompañamiento musical e instant rimshots. Será el propio Letterman, con toda su distema y su pizpirecia, quien reducirá a Fabian, mientras LV se defienden de los gadgets. Cuando empiezan a emitir luego en la tele el programa, resulta que la NBC lo suspende para dar una noticia de una amenaza, para cabreo general en la Mansión... El equipo creativo en este caso es Roger Stern y Al Milgrom (pre-Parkinson). El de Spider-Man vs. SNL era mucho más mejor.

lunes, 13 de mayo de 2013

Marvel Team-Up v1 74 Spider-Man & The Not-Ready-For-Prime-Time-Players (1978)

Uno de mis pasatiempos lectores en la intimidad en este año, tirando de tablet antes de dormir, es Marvel Team-Up, la colección original de los setenta. Un entretenimiento genuinamente pop, que en realidad era una más de las colecciones protagonizadas por Spider-Man, la estrella de la Casa de las Ideas, acompañado en cada número por uno o varios héroes diferentes. La compañía de algún mutante o algún Vengador al azar era la tónica, pero de vez en cuando los co-protagonistas eran de lo más exótico. Por ejemplo, las estrellas sobrenaturales de Marvel (Frankenstein, Morbius, el Motorista Fantasma, el Hombre-Lobo, Hermano Voodoo), los karatekas preferidos del público (Shang-Chi, las Hijas del Dragón, los Hijos del Tigre) e incluso inmersiones en la espada y brujería o el pasado (las múltiples visitas a Ka-Zar en la Tierra Salvaje, maravillosas, e incluso el encuentro bizarro con King Kull). Pero este cajón de sastre delicioso propició también momentos desopilantes e históricos, hitos en la historia del UM, como las citas con Howard el Pato, Frog-Man o el inopinable ejemplar Tía May y Franklyn Richards vs. Galactus. La encarnación original (volumen 1) de MTU fue un hito, una golosina, con unas portadas y unas splash-pages de primera página que marcaron una época, y que para mí representan el verdadero espíritu del tebeo de superhéroes. A años luz de lo que es hoy esta industria.

Al grano, otro de los momentos cumbre de esta colección de 150 números, fue el 74: Spider-Man team up con The Not-Ready-For-Prime-Time-Players, es decir, con el cast de la Edad de Oro del Saturday Night Live. Tal y como indican en la portada, Peter Parker y MJ Watson acuden en directo a ver la representación del SNL, y conocen a John Belushi, Dan Ayckroyd, Bill Murray, Jane Curtin o Gilda Radner. También aparecen por ahí Stan Lee, host de esa semana en el show (la actuación musial corre a cargo de Rick Jones; hubiera preferido a Dazzler), Lorne Michaels y hasta un remedo de Statler y Waldorf refunfuñando en el graderío. El tebeo nos cuenta cómo un poderoso anillo (al final sabremos quién lo ha enviado y por qué) ha llegado por correo al camerino de Belushi, y nada menos que el Samurai de Plata y un puñado de delincuentes chinos acuden al plató a recuperarlo. A bases de sketches y bufonadas (el negraco Garret Morris disfrazado de Thor, Jane Curtin como Miss Marvel, Belushi en su clásico rol de cocinero samurai enfrentándose contra el verdadero Samurai y su poderosa espada Muramasa...), e introduciendo perfectamente y con naturalidad el mundo de Parker en la trama, el homenaje de Chris Claremont, Bob Hall y Marie Severin al SNL es impecable y maravilloso.

Wrong (Quentin Dupieux, 2012)

Esta es una historia posmo, hipster y un poco enervante, sobre un tipo que se despierta una buena mañana y su perro se ha ido. Y mientras lo busca por todo su barrio residencial, comienzan a pasar cosas surreales y bastante bobas. Sin querer, llama a una empresa de pizzas para preguntar por su logo, y la telefonista, que está muy buena (no sé si es, pero se parece a iCarly), se pilla de él pero se lía con el jardinero; el jardinero le planta pinos en vez de palmeras, y es un marrón; su vecino se pone agresivo y violento, y le gruñe por perder al perro; el tipo sigue yendo a trabajar todos los días, pese a que fue despedido hace meses; dentro de su oficina llueve todo el rato, y la gente hace como si nada; el jardinero se muere pero luego resucita como si nada; un gurú de la autoayuda parece haber secuestrado al perro, y ambos, secuestrador y amo, contratan a un detective de mascotas, como si nada... Un videoclip de Manos De Topo alargado, con bigotones y caras de poker; parece que la película es francesa, pero gustaría mucho en éste mi barrio de Universidad.

"Stockholm United fotbollsklubb", Patrik Asplund (2002)

Estuve otra vez en IKEA la semana pasada. Tengo un amigo que se compró un colchón en IKEA hace trescientos mil años, y justo antes de que venza el plazo de devolución, cada seis meses, lo cambia por uno nuevo. Este año, de hecho, le han devuelto dinero porque ese modelo se había devaluado. El caso es que me pidió ayuda para transportar el colchón de un lado a otro, y a lo tonto pasamos buena parte de la mañana en el Vórtice Central del Infierno, esa fantasía capitalista de cartón piedra. Como siempre que voy allí, y para no sentir que he perdido el tiempo, me como un par de pèrritös y me bebo unas cêrvezäs y robo, entre sudores y temblores, uno de sus libros de atrezzo. Había por ahí un tocho muy majo de Jonathan Franzen en eslavo, y un par de libros infantiles ilustrados con muy buena pinta; pero me decidí (por el tamaño, la accesibilidad y también por las fotos) por esta novela ambientada en el fanatismo futbolístico, sobre un grupo de hinchas de un equipo ficticio de Estocolmo. El autor es un ex-miembro de los Blue Saints, hooligans radicales, y el libro no sé qué tal estará, nunca lo sabré, pero me satisface poseerlo, y extraerlo de uno de los fríos y horripilantes dioramas de pruebas nucleares de la tienda me proporcionó un placer profundo. También compré un rêlöjj de pärrëd de dos euros para tunearlo y regalarlo, porque estoy muy emocionado con el bricolaje estos días, como se puede ver en mi página de Facebook.

sábado, 4 de mayo de 2013

Andrew Bird - Cemetery gates (2012)

Andrew Bird es hiperactivo, y no para de publicar cosas; pero en este caso Cemetery gates no es un disco, sino un concierto. Una sesión para Pitchfork.tv, un proyecto del sello que consiste en meter a bandas y solistas de su catálogo en iglesias y capillas, a solas, sin público, y que desarrollen sus temas bajo tan solemne e impresionante acústica. Por estas sessions han pasado modernas como Of Montreal, Grizzly Bear, Camera Obscura o The Mountain Goats, que me resbalan bastante. Pero hete aquí que Andrew pasó por una de esta capillas a las puertas de un cementerio, y nos dejó 5 canciones desnudas. Tres de ellas (Souverian, Anonanimal y Nomenclature) son de su álbum "Noble beast" (2009), que es una obra maestra (ojalá hubiera hecho Effigy); Trials, Troubles, Tribulations es un experimento cortito, una versión de un clásico de bluegrass gospel popular que era ideal para tocar aquí, a modo de ritual, que no aparece en ningún disco; y Why? es de su época en Bowl Of Fire, concretamente del último disco de este combo ("The swimming hour", 2001), aunque aquí está totalmente irreconocible. Lo que originalmente era un viejo blues (más del Mississippi que de Chicago), lo ha transformado en un minimalista, intensísismo, desgarrador aullido para violín percutido, frotado, rasgado, stacatteado y pizzicateado, apuntalado de fraseos, palmas, silbidos, loops registrados sobre la marcha con el pedal, y desgranando lamentos vocales de una sensibilidad excesiva. Y eso que en principio la letra era medio cómica, y aquí parece una verdadera ceremonia pagana en mitad del templo. El tema Why?, y ver a Andrew Bird haciendo Why? solito, descalzo y descamisado en la iglesia, sacando todos esos sonidos diferentes del violín, me ha dado una perspectiva nueva sobre la música toda. Un set impecable, que explora los memorables sonidos vanguardistas y barrocos de "Noble beast" desde un punto de vista nuevo, minimal, acústico, litúrgico, místico. Estoy maravillado, muchísimo, con el talento de este hombre, y hasta dónde llegará.

"Colón nunca lo hizo, o por lo menos no lo contó" (Santiago Carabias, 2012)

Además de las cosas de Ezcritor, estos días me ha dado por leer más diarios. Tengo avanzado el de Jim Carroll, que anduve leyendo por las plazas de Barcelona, tirado en los bancos o en las aceras, durante una reciente visita, por las mañanas temprano, de resaca. Y el otro día terminé éste, que es una historia cotidiana sobre un tipo que de repente un día decide mandar a la mierda su trabajo en el banco, a su mujer, su casa y tal, y se va de okupa a vivir el sueño de ser escritor. Y escrito en forma de entradas de un diario, también. Este libro me lo pillé porque lo tienen a la venta entre las botellas del Groovie, un bar que siempre ha sido de mis lugares favoritos (y donde últimamente me he hecho DJ cásual). Me encantan los libros que se venden en los bares. Yo estoy en un bar, y veo que tienen por ahí fanzines o libros en un estante, y los quiero. Tengo un libro infumable que escribió el camarero de un bar de Guadalajara, sobre su experiencia con la música mod y el Atleti de Madrid. No sé si lo leeré alguna vez, porque está escrito con los pies, pero me gusta tenerlo. Tengo un trastorno diogenésico hacia la posesión de libros, y si son libros raros, tiradas escasas, o que solo los vende el camarero de un bar en su negocio, yo es que lo tengo que tener... Éste está bien escrito, y mola la premisa. El tipo empieza a escribir una novela, que finalmente será un best-seller de aquella manera. Sus amigos son unos gilipollas, da vueltas por la ciudad de Segovia (es una de las pocas novelas conocidas ambientadas en Segovia siglo XXI), y ya, poco más. No pasa gran cosa. Parece un diario de verdad, y a lo mejor lo es, porque tampoco va nada a ningún lado. Es eentretenido.

"El crimen pinta pósters" (Curtis Garland, 1978)

Mirad qué portadón. Qué belleza... Uno de esos bolsilibros que leo de cuando en cuando. Este, sin embargo, no lo terminé de leer ni creo que vuelva a toparme con él para terminarlo, porque ya no lo poseo. La cosa, transcurrido el primer tercio de lectura, iba sobre un negraco inquieto que para defender a su amada se entrega a la policía como responsable de un asesinato que no ha cometido, y que aparentemente ella sí, aunque no se acuerda. Ha aparecido muerto un madero de antivicio. El negro pertenece a un remedo de los Panteras Negras, y ella también. Se manifiestan, porque es lo que toca en los años setenta en USA. Los protagonistas escuchan mucho folk y tienen muchos pósters en su habitación; Garland trufa la narración de artistas y canciones, esas referencias (en este caso no tan) cultas que le gusta meter. El negro se había entregado, y un poli parecía haber averiguado su inocencia... Y ahí me quedé. El librito lo llevaba en el bolsillo, y lo dejé abandonado a su suerte en una mesa que había en una casa de Barcelona, donde me acogieron estos dias, y donde las visitas (habituales; es una casa por la que pasa mucho cochúrfer) dejan algún objeto de recuerdo. Yo dejé esto, pese a que la portada y el concepto me flipan, y pese a que no lo había terminado. Pero bueno, más se perdió en Cuba. Y a cambio de dejar ahí este bolsilibro (y también una colorida toalla que le gustaba a otra de las habitantes del piso) dormí varias noches gratis en Barcelona, una ciudad maravillosa, una semana fantástica que llevo que es de no creérselo, de volverse loco lo feliz que estoy...