viernes, 22 de agosto de 2014

"Los niños de Stepford" (Alan J. Levi, 1987)

En estos últimos meses, incomprensiblemente, pese al control al que somete el Gran Hermano Google a nuestra rutina de descargas ilegales, y pese a que recientemente ha lanzado su propio sistema de pay-per-view a través de Youtube, esta plataforma está viviendo una edad de oro como cochambroso videoclub ochentero, proveyéndonos continuamente de cine basura cuyos derechos no serían reclamados por nadie en su sano juicio. Lo mismo pasa con las canciones y los discos, que se pueden escuchar (y en mi caso, acumular en rodajas digitales) tranquilamente los LPs más inencontrables, no solo en el mundo real, sino en cualquier blog o dealer P2P. No sé cuánto durará este despiporre, pero para los que nos gustan las películas ignotas y nos repugnan los youtubers, los predicadores y demás putas de atención, el concepto "película completa" en Youtube es una fuente inagotable de retrofelicidad, y miramos Youtube como en los ochenta sintonizábamos emocionados con la tele comunitaria que radiaba el portero del edificio, o nos acercábamos los sábados por la tarde al videoclub del barrio pasando de largo del estante de novedades. A mí me gusta bajarme las películas y ponerlas a la cola en un pendrive en la tele, pero porque no tengo una grabadora de cinta magnética, que si no me haría mi propia colección de VHS con sus carátulas y su delicioso lomo para exponer bajo la tele, en pleno 2014.

Últimamente he podido ver montones de películas bizarras, mixtapes y documentales "alquilados" de Youtube, un entretenimiento veraniego muy estimulante. Que recuerde, solo esta semana vi una cosa titulada "Chiquidrácula" (Julio Aldama, 1985), cine infantil mexicano obscenamente moralista y disuasorio (sobre un nene que hace travesuras para ayudar a su abuelo alcohólico), lejos de la cutrez fantástica que prometía la carátula; "Cuatro chalados a tope" ("Loose screws" aka "Screwballs 2", Rafal Zielinski, 1985), estúpida explotación aún más jaimitiana que "Porky's"; volví a ver las geniales "Curso de 1984" (Mark L. Lester, 1982) y "Curso de 1999" (Mark L. Lester, 1990), "Re-Animator" (Stuart Gordon, 1985), "Una de zombies" (Miguel Ángel Lamata, 2004), "Ferocious female freedom fighters" (Arizal, 1982), "Decampitated" (Matt Cunningham, 1998) y un par de documentales sobre subculturas punk exóticas. Es como volver a tener el Canal 18, AluCine o aquellos tiempos en los que estábamos pendientes del mierdoso Canal 7 no fuera que cayera una de Troma o un clásico del fantastique barato ochentero. Anoche mismo, hasta las tantas, me enganché a "The Stepford children".

La gran novela satírica de Ira Levin (hace poco leí su "Los niños del Brasil"), "The Stepford wives" (1972), llevada al cine en 1975, además del reciente remake del maestro Frank Oz ("Las mujeres perfectas", 2004), por lo visto generó varias secuelas apócrifas en los años setenta, como este magnífico telefilm. Ya sabemos, por la novela y las pelis resultantes, que Stepford es un idílico suburbio de Connecticut en el que desde el Club de Caballeros local conspiran para sustituir a sus esposas por obedientes y sumisos androides. En esta versión, la acción se centra en el instituto, y son los chavales quienes asisten al extraño comportamiento de todos sus compañeros de clase, demasiado pacatos, moñas y repelentes. Un par de escenas recuerdan mucho a la posterior "Pleasantville". En ellas vemos cómo los residentes de la escuela de Stepford se asustan y alucinan por las pintas de sus dos nuevos compañeros, ella así como un poco punk y él con una chupa de cuero y gafas de sol. Los deportistas no fallan una canasta, y todos son estudiosos, disciplinados y responsables. En una escena, en el baile de fin de curso, la chica nueva, emulando a Marty McFly, sustituye la música de ascensor que suena sobre la pista por un poco de rock n' roll ochentero, y los estudiantes autómatas enloquecen y empiezan a pelearse entre ellos. E inolvidable resulta la escena en la que la joven protagonista, ya conversa y vestida de impecable cheerleader, ataca a su madre con un cuchillo. El desenlace es igualmente fascinante, superando el original, con esos androides semovientes como flotando en líquido amniótico. Maravilloso. Quizá porque la vi tan tarde, que la cheerleader tirada en el suelo balbuciendo su diálogo programado, me impresionó y sugestionó bastante. Una vuelta de tuerca genial y muy entretenida de lo que sucede en el idílico suburgatorio de Stepford.

jueves, 21 de agosto de 2014

Los 80: drogas, sida y punk en Euskal Herria (ETB, 2008)

Buscando videos sobre el brote y ocaso del punk en distintas latitudes (me encantan), anoche a altas horas me enganché a este doc que pertenece a un programa de la ETB llamado La caja negra, presentado por Iñaki López (simpático malasañero de origen vizcaíno, y presentador de Fachitas, progres y viceversa La Sexta noche), que ahonda en la problemática de la heroína durante los ochenta en el País Vasco, esa plaga que practicamente acabó con toda una generación a la izquierda del Nervión. A través de entrevistas a algunos supervivientes (miembros de Potato, MCD, Vómito Social, un fanzinero y autor de un documental sobre el RRV, un ex-toxicómano y seropositivo y la madre y hermana de otras dos víctimas, entre otros activistas) y fantásticas imágenes de archivo de los movimientos sociales, conciertos y gente picándose, esta impactante historia de menos de una hora repasa uno de los movimientos musicales más importantes de la historia reciente de España. Igual que dice uno de los entrevistados, la Movida Madrileña fue una mierdecilla para pijos, y no se valora lo suficiente la influencia de todas esas malogradas bandas del norte de España que comenzaron a imitar a las bandas francesas y británicas, y a evadirse del hastío y la problemática laboral haciendo música sin tener ni puñetera idea de lo que hacían. Al ser una pieza de la ETB, atraviesa sin miedo todas las aristas del asunto. Se hace alusión, por supuesto, a la estrecha relación entre la droga y el punk, y el abuso de heroína tanto por parte de los artistas como de los aficionados; y cómo la diversión inocua y el intercambio de jeringuillas se transformó en una enfermedad extraña, desconocida y mortal. Pero también se habla de política, y la mayoría de implicados lamentan que Herri Batasuna y la izquierda abertzale se apropiasen del RRV, del que al principio renegaban (al tratarse al fin y al cabo la adopción de una cultura imperialista extranjerizante); se habla sin demasiados tapujos de la teoría de la conspiración, que defiende que la heroína fue distribuida con demasiada alegría en Euskadi, para adormecer y reducir a la juventud. Si bien no está probado que tipos tan oscuros y miserables como el General Galindo estuvieran implicados en la probable inserción de la droga en la sociedad vasca, sí que se acusa abiertamente al gobierno autonómico de no ponerle freno a su distribución y erradicación, en una época en la que el caballo estaba afectando en EH a más del triple de personas que en el resto del Estado. Tampoco se olvidan de mencionar a ETA, en aquellos convulsos años en los que la lucha armada se centró en algunos narcotraficantes. Hay quien aún piensa que precisamente para defender a la juventud de la droja ante la inoperancia institucional, pero casi todo apunta a que ETA estaba haciendo un negocio estupendo de todo aquello. Entre videos y temas históricos del rock español, declaraciones punzantes e imágenes de la kale borroka y la decadencia humana, este paseo resulta interesantísimo y revelador. Y es obvio que nos cambian las drogas, pero la historia sigue siendo la misma.

martes, 19 de agosto de 2014

"La trajinera del terror" (Alejandra Adame, 2005)

El domingo pasado por la mañana, antes de ir al Rastro, me obsequié con esta cinta amateur de presupuesto negativo. Y efectivamente, se trata de un producto cutre, ridículo y sin sentido, involuntariamente cómico y repleto de todo el exotismo y el candor que solo un grupo de amiguetes mexicanos aburridos es capaz de producir. Es un slasher que además de presupuesto carece de pretensiones ni de vergüenza, sobre un grupo de post-adolescentes que deciden pasar un fin de semana de acampada en Xochimilco, que por lo visto es una ciudad llena de canales y traineras para turistas, una Venecia charra que se adentra (según la película) en un bosque lúgubre y lleno de niebla artificial. El argumento es muy sencillo: los chavales, tres tíos y tres tías como dios manda, están bebiendo coronitas en su trainera "Margarita", capitaneada por un mexicano feo y silencioso al que por alguna razón le enfocan siempre de abajo a arriba, comenzando por sus feas zapatillas de deporte yanquis. Se divierten cantando primero Las mañanitas (debe ser el cumpleaños de alguno), después una romántica pieza a dos voces con una guitarra que había por ahí, y finalmente encuentran una ouija debajo de la mesa. Entonces se produce un cisma tremebundo, cuando una de las chavalas entra en crisis ante la sola idea de jugar a la ouija. Desde este momento, las chicas no paran ya de gritar y sufrir en toda la película, y los chicos de sobreactuar como si les persiguiese Caracuero. Toda la película desde ahora, sin pausa, es una catarata de chillidos y caras de congestión permanente, que nos hace entender que está sucediendo algo de mucho miedo, ergo esta es una película de miedo. Al final solo una de las tías (interpretada por la propia directora, Alejandra Adame, una tía que está muy buena y se parece a Malena Gracia) quiere jugar a la ouija, y convence a uno de los tíos (un actor llamado... ¡PAOL STANLEY!) mencionándole la hombría. Los dos se ponen a jugar a la ouija, pues. En una escena terrorífica en blanco y negro y a cámara lenta, mientras el resto se parapetan con sus chelas al otro lado del barquito. A todo esto, por ahí pulula un todo el rato señor con poncho, gafas y sombrero oscuros, que se parece a Tom Petty, que les observa todo el tiempo. Se aparece lo mismo entre unos matorrales, que encima de un puente bajo el que navegan, o bien ridículamente postrado en una trainera que se les cruza lentamente sin que se den cuenta. Nos dan a entender que la ouija, en combinación con la influencia de Tom Petty, han hecho mella en Malena Gracia y el otro tipo, porque empiezan a hablar con la voz cavernosa y a decir barbaridades demoníacas. Para colmo, el remero de las zapatillas de deporte desaparece, con lo cual el caos ya es absoluto y el terror se apodera de todos de una forma salvaje y desnaturalizada. Es obvio que algo muy, muy, muy horrible va a suceder, ahora que la trainera navega a la deriva, a pesar de que vemos docenas de otras traineras turísticas alrededor, mirando a cámara. Tiene lugar ahora un flashback, que nos recuerda lo que ha pasado hace cinco minutos: la pelea salvaje entre llantos e hipidos para que no jugaran a la ouija. El recurso del flashback en blanco y negro a lo que acaba de ocurrir dos minutos antes, por si algún espectador se ha quedado traspuesto, es bastante genial y se repite varias veces. Una vez que la trainera encalla y los protagonistas se ven obligados a corretear por el bosque, asistimos a otros efectos de Windows Movie Maker bastante vistosos, como las repeticiones en loop de los gritos de las mozas o la cortinilla en espiral de cambio de escena. Todo tiene el aspecto de la grabación de una comunión, salvo por el detalle de que todos corretean mucho alocadamente por el bosque, y la cámara les graba desde detrás de un seto, en absolutamente todos los planos. Abandonados a su suerte en el terrorífico bosque al lado del abarrotado puerto turístico de Xochimilco en mitad de la nada, se suceden uno tras otro los asesinatos: Malena Gracia coge a una de las desprevenidas víctimas por detrás, y le mancha lentamente el cuello por la parte plana de un machete manchado de pintura roja, en primerísimo plano. Al instante, la muchacha yace en el suelo embadurnada en toneladas de pintura color sangre por todas parte, y cuando sus amigos la encuentran entra en pánico. Como en un episodio de Scooby-Doo, los chavales recorren una y otra vez el mismo arbolito y la misma roca una y otra vez, mientras corren aterrorizados gritando los nombres de unos y otros. El melenas del grupo, sin querer, de repente se ahorca (?), pero consiguen salvarle la vida. Poco después cae por un terraplén de unos 80 centímetros de alto con un desnivel del 3%, y a punto está de morir por haberse raspado ligeramente un codo, pero también le salvan, entre histéricos alaridos y chillidos desesperados. Malena Gracia y el otro menda pululan por el bosque con rictus satánico (él pone los ojos en blanco; a ella no le sale), muy estirados, moviéndose como C3PO, muestra inequívoca de estar poseídos por el Demonio. Y encima, de pronto entra en escena, por fin, Tom Petty con su poncho y sus gafas de sol, que les observa abiertamente, y esto ya es el desiderátum del terror, el gore y obviamente se desata un auténtico festín de efectos especiales artesanales, sangre y gritos de auténtica desesperación y terror primario con chicos muriendo y corriendo por todas partes alrededor del mismo claro del bosque todo el rato. Luego encuentran una casona abandonada, donde finalmente se desatarán los siete males y se abrirán las puertas del mismísimo Infierno, con Tom Petty y Malena Gracia aterrorizando y provocando taquicardias. La peli está bien, pero no me acuerdo de si la terminé de ver o cuántas horas me faltan. Una joya que bajé de Cine Mexicano del Galletas, un sitio maravilloso en el que todas las pelis son buenísimas.

"Nuestros maravillosos aliados" (Matthew Robbins, 1987)

Después de un fin de semana calamitoso y caótico, ayer lunes por la mañana temprano daba vueltas por la casa, lleno de pesar y de nervios. Decidido, y ya traspasado el mediodía, me vestí con mis mejores sandalias y una camiseta y pantalón corto limpios, y me fui al banco, a hablar con uno de esos señores grises que trabajan ahí. Me llevé un libro, pensando que tendría que esperar mucho rato. En las sucursales bancarias me siento extraño, fuera de lugar, como si todo el mundo me mirase. Soy un fraude, mi cuenta corriente es una risa, en descubierto permanente, a menudo siento que nada más llamar al timbrecito para que me permitan el acceso, el director me observa preocupado y con el dedo sobre el botoncito rojo que contacta directamente con los GEOs. Sobreactúo, al intentar comportarme como una persona normal que va al banco a hacer una gestión corriente contra mi voluntad (consciente de sus abusos, y de que gran parte de lo podrido que está el mundo es culpa de los responsables de que existan esos lugares de latrocinio y usura institucionalizados), y que no se note que me siento como si entrase en un tribunal donde me van a sentenciar por sodomizar a un equipo de vóleibol de niñas discapacitadas. No sé a qué venía esto... Es que tuve un lunes horroroso, muy doloroso, después de un fin de semana difícil. Los lunes después de estos fines de semana nefastos son como la calma inquietante tras una tormenta, como despertar de un coma maltrecho y entumecido. Y más aún en agosto; el mes de agosto es para mí como una enfermedad corrosiva en la que recaigo todos los años durante 31 días. Hay fiebres, dolores, pesadillas en vigilia, desasosiego constante, una extraña sensación de peligro que aguarda a la vuelta de cada esquina. Sea como fuere, querido diario, ayer tuve que ir al patíbulo tanatorio banco un rato, y además no para un desagradable chequeo rápido de rutina, sino para hablar con el capo del tinglado y pedirle que me esclavizara y me azotara durante los próximos 18 meses. Sudé, lloriqueé y salí de allí muy enfadado, pero ligeramente aliviado. Después compré comida china, me fui a un bar en el que trabaja una amiga muy maja y que está muy buena, para equilibrar y que la charla con el enemigo no fuese mi única interacción social del día, y me encerré en casa para ya no salir. Tenía la pila de la cocina repleta de cacharros fermentando, y muchos rincones de la casa por limpiar, pero no tenía fuerzas. Pasé el resto del día tirado mirando hacia la tele encendida como Garfield, observando tonterías, docu-realities de cocina, de tatuajes, de viajes.

Por fin, a eso de las once de la noche me descargué y me puse a ver "Nuestros maravillosos aliados", una de esas comedias fantásticas de los ochenta que tenía borrosa en la memoria, y me reconcilié con el género humano. Es una cinta de aventuras con marcianitos con el sello Spielberg (otra de esas producciones de Spielberg creadas con la intención de prepararnos para el inminente advenimiento de extraterrestres simpáticos, amigables y en son de paz, donde los malos no son los extraterrestres, sino otros humanos), llena de chistes blancos, villanos caricaturescos y picores adolescentes, en la que curiosamente no sale ningún niño; también hay una historia romántica sin beso. Es un Spielberg raro, cojo, al que le faltan spielbergadas. Para ancianos candorosos y soñadores, más que para niños. Tiene escenas de stop-motion, y una puesta en escena y fotografía increíblemente hermosas. Cuenta la historia de un edificio al borde de la demolición, que resiste como una aldea gala al acoso de un especulador malo malísimo y sus matones, que quieren echar a sus entrañables inquilinos para acometer un Zara, o un espacio de co-working sostenible de diseño post-industrial. Todo el entorno de este edificio de una barriada de Nueva York está siendo derrumbado, pero ese islote ruinoso se resiste y hay que gentrificarlo urgentemente como fuere. Los habitantes son una joven chicana embarazada, un pintor en horas bajas (quienes protagonizarán el affair), una pareja de ancianos (ella con una demencia senil muy simpática) que gestionan la cafetería de abajo, y un ex-boxeador negro muy grandote, adicto a los anuncios de televisión de los ochenta, que solo dice 4 eslóganes publicitarios a lo largo de toda la película. La decoración de los maltrechos apartamentos de la vivienda son preciosos, decadentes y repletos de detalles vintage. El responsable del atrezzo, así como de la animación, es Brad Bird, en uno de sus primeros trabajos, y eso se nota; o tal vez sea al revés, y este es uno de los primeros aprendizajes de Brad Bird, pero en cualquier caso la ambientación y el aspecto de todo es muy hermoso y me hizo olvidar mis propios problemas y mi inminente desahucio (es broma, mi caso no es tan grave aún este año), y pasé una velada muy agradable y emotiva bebiendo Andin's Cristal con mucho hielo y cenando unos repugnantes tallarines al pesto de sobre.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Freaks & geeks (Series, 1999-2000)

La semana pasada estuve viendo, por tercera vez, la serie completa de Freaks & geeks, uno de los mejores productos de ficción que se han rodado nunca. Una joya audiovisual cuyo culto crece día a día, después de haber sido maltratada y cancelada antes de tiempo en su emisión original.

F&G es famosa por eso: por ser la serie más injustamente cancelada de la tele americana, y de hecho varios episodios nunca se llegaron a emitir originalmente (solo en su primera reemisión en Fox, pero ¡con la BSO cambiada! por temas de derechos de autor). Hubo que esperar a su edición completa en DVD, en orden y con las canciones originales, y a que su leyenda comenzase a agrandarse para poder disfrutarla en España. Y también es famosa por ser un auténtico cenáculo, una serie de adolescentes en la que aparecieron por primera vez estrellas de la Nueva Comedia Americana como James Franco, Seth Rogen, Samm Levine, Jason Segel, Ben Foster (interpreta soberbiamente a Eli, el chico handicapado), Busy Phillipps, John Francis Daley (encasillado en los últimos años en la dramedia criminológica para amas de casa Bones) y otras estrellas de la pantalla como la deliciosa Linda Cardellini, mi futura esposa (en un personaje maravilloso e hipnótico, que nos hace borrar de un plumazo toda la mitología que nos creamos de chavales alrededor de Kelly Kapowski), Shia LaBeouf (que hace del toli que se mete una leche vestido como la mascota del equipo de basket), Alexandra Breckenridge (la jamona de American Horror Story), Joanna García, Kayla Ewell, Rashida Jones... Por si fuera poco, en un capítulo sale Ben Stiller, en otro Jason Schwartzman (a quien no trago) y en otro, sin acreditar, el gran David Koechner.

F&G es la obra magna de Paul Feig, Judd Apatow y Jake Kasdan, que son algo así como los John Hughes, Harold Ramis y Frank Oz del siglo XXI, salvando las distancias; los relevistas que actualizaron la comedia norteamericana nacida a la sombra del Saturday Night Live, implicados (ya sea como directores, productores, actores o escritores), junto a todos los anteriores (y otros allegados como Steve Carrell, Jim Carrey, Adam Sandler, Will Ferrell, etc.) en casi todas las pelis de risa contemporáneas.

Al margen de su condición de cenáculo y brillante pieza de culto, F&G trata los mismos temas que ya trataron en los ochenta y noventa docenas de películas de instituto, o series como Salvados por la campana, Beverly Hills 90210: Sensación de vivir, Dawson crece o Colegio Degrassi: el existencialismo social de la fauna de instituto. Y como su propio título anunciaba, los grandes tópicos de la estratificación, y el eterno conflicto entre pelotas, empollones, porreros y porristas. Lo que pasa es que el espíritu de F&G está más cerca del de "El club de los cinco", "Revenge of the nerds" o "Todo en un día" que con las estereotipadas, planas y pizpiretas aventuras de Zach Morris o el Príncipe de Bel-Air. De hecho, la acción transcurre entre 1980 y 1981 (en el ficticio High School de Chippewa, en Detroit, MI), está basada en recuerdos directos de Feig y Apatow, y remite a la edad de oro del cine de angst adolescente. Y está narrada desde el punto de vista del marginado, del geek, en oposición al quarterback adinerado habitual, por lo que su visionado periódico para alguien como yo resulta plenamente satisfactorio y lleno de referentes. Los jóvenes geeks adoran a Bill Murray, Steve Martin, los tebeos de ciencia-ficción, los ventrílocuos, Johnny Carson, la stand-up comedy el D&D o el SNL, y la vida de los freaks gira en torno a los Zeppelin, los Dead, los Ramones y los Who. Para ellos, los deportistas son unos descerebrados superficiales, y algún día las animadoras les llevarán la comida basura a la oficina cuando dirijan grandes emporios de ocio. Como contenedor cultural, los referentes de la serie a la época que homenajean es abrumador, y nunca antes se había definido con tanto cariño las relaciones, los problemas y preocupaciones de los marginados de instituto norteamericano.

Una de las grandes bazas de la serie es Lindsay (la Cardellini), la gran protagonista, una chica bonita y remilgada de matrículas de honor, quien tras la muerte de su abuela se encuentra en una encrucijada vital y decide experimentar juntándose con los fumetas, los raritos que se reúnen bajo el hueco de la escalera, hacen peyas y se meten en líos. Pero todos los personajes están construidos de forma magistral. Ahí está Daniel Desario, el "rey" de los freaks (la gran estrella James Franco, que al parecer tanto se parece hoy en día a aquel personaje de entonces), inadaptado y discapacitado intelectual que abraza el no-futureismo; su novia, Kim Kelly (Busy Philipps), la clásica matona rebelde, potencial embarazada precoz y parada de larga duración, en uno de los papeles más geniales de la historia del audiovisual; Ken Miller (Seth Rogen), el pasota que se sienta al final de la clase y funciona a base de porros, humor cáustico e hiriente ironía; y Nick Andopolis (Jason Segel), igualmente adicto a la maría y al rock pero enamoradizo y sensiblero, al que es imposible no contemplar aquí como si asistiésemos a una precuela de su papel en Como conocí a vuestra madre (ignoremos su paso intermedio por Undeclared, la "más o menos secuela" de F&G, que a mí no me gustó nada). Y por parte de los geeks protoadolescentes, con tramas y una carga social menos complejas y más divertidas (la ausencia de sexo, las partidas de rol, soportar el abuso de los guays de la clase, el resquebrajamiento del nido familiar), tenemos a los citados Weir, Schweiber y Haverchuck, igualmente verdaderas joyas de personajes. Además de ser bastante friqui y cultivar una indisoluble amistad con los otros dos, la pertenencia de Sam Weir al equipo de los marginados se debe a que es escuchimizado y débil, pero es el elemento de unión con todos los demás estratos del instituto, ya que es lo suficientemente guapete para tontear con las cheerleaders (y no le queda más remedio que relacionarse a veces con los deportistas), es hermano de Lindsay quien acaba de entrar a formar parte de los freaks, se lleva bien con los profesores (una fauna peculiar y genial en la que destaca el jefe de estudios, un hippie redomado y chiripitifláutico), cae bien a los padres de todos sus amigos (los padres, los adultos de la serie, son otra colección de personajes extraordinarios y muy relevantes en muchas tramas, destacando al cabeza de familia de los Weir, interpretado por Joe Flaherty, actor curtido en sitcoms o en el National Lampoon, que interpreta a un tipo graciosísimo, sobreprotector y conspiranoico) y por lo tanto ejerce de cemento en casi todas las relaciones. En cuando a los otros dos friquis principales, Schweiber (Samm Levine) y Haverchuck (Martin Starr), probablemente son lo mejor de toda la serie. El primero es una joya en bruto, un adulto judío, salido, sarcástico y brillante atrapado en el cuerpo de un canijo de 14 años (sus imitaciones de Señor Wences o William Shatner son prodigiosas); Bill Haverchuck es el más estereotipado, un feo y gafudo nerd al que la interacción con el mundo real interesa bastante poco, mientras pueda encerrarse con sus amigos a mirar sus series favoritas y jugar a Mouse Trap. Otros nerds habituales son el genial gurú zen con mostacho interpretado por Stephen Lea Sheppard (el niño con gorrito de pesca de "Los Tenenbaums. Una familia de genios"), o Gordon, el obeso apestoso y tranquilo amante de la cifi. Es un pasatiempo placentero descubrir a toda esa caterva de actores haciendo cameos en algunas de mis series favoritas (Linda Cardellini sale en muchísimas cosas que no he visto y no me interesan, pero es la mejor Velma Dinkley posible y la hermana de Zooey Deschannel en New girl; por no hablar de How I met your mother otra vez, en la que han aparecido montones de principales y secundarios de F&G).

Al margen de su condición de cenáculo, de brillante pieza de culto y de su impecable construcción de personajes, otro de los fuertes de F&G es su banda sonora. El disco de vinilo y el casette es tratado casi como un objeto mágico, redentor, epifánico en varios momentos; todo un episodio gira en torno a una visita de The Who a Detroit; la batería de Nick Andopolis/Marshall Eriksen y su pasión por el rock duro de los setenta (especialmente Neil Peart y Keith Moon... hasta que descubre a Buddy Rich y Gene Krupa, claro, el pobre) son una subtrama relevante; hacia el final de la serie empezarán a aparecer por el instituto miembros de la sub-tribu urbana de los deadheads, esos post-hippies que recorrían en furgoneta todos los EEUU asistiendo a todos los conciertos de los Grateful Dead; en otro momento es la música punk y su estética la que toma protagonismo, al caer los freaks del instituto bajo su influjo; y la música disco, inevitablemente, también juega un papel peripatético. El tema central de la serie es un fragmento/escupitajo de Bad reputation, de Joan Jett & The Blackhearts; The Who, Styx, Grateful Dead, Joe Jackson, Rush, Van Halen, The Moody Blues, Warren Zevon o Billy Joel suenan en algunos momentos cruciales.

Al margen de... todo lo anterior, F&G es una serie importantísima. Una pieza fundamental de la vida del adolescente medio norteamericano de los años 80, rodada con el nacimiento del siglo XXI. Una de mis cosas favoritas, y una fuente inagotable de escenas brillantes, desternillantes, románticas y dramáticas. Hecha con más cariño y pasión que todas las demás series de instituto (dejemos a un lado a Buffy), con muy pocos elementos distorsionantes a lo largo de sus 18 episodios de 40 minutos, y con unos diálogos y unos guiones extraordinarios. Eso sí, me consta que no es una serie para todos los públicos, y que es un producto difícil de digerir, comprender o amar si uno era el capitán del equipo de fútbol o el más guay del insti. O fan de Al salir de clase.

jueves, 7 de agosto de 2014

Marvel's agents of S.H.I.E.L.D. T1 (TV Series, 2013-2014)

No suelo hablar de series de TV aquí, pero quiero dejar constancia de lo mucho que estoy disfrutando de la serie de SHIELD, una de las pocas cosas que me acompañó periodicamente durante la pasada temporada, en la que estuve casi huérfano de ficción televisiva. Creo que con S.H.I.E.L.D. los responsables de Marvel Studios han dado en el clavo, armando una serie de espionaje, acción, intriga, romance, comedia (y, en menor medida, superhéroes) que engancha a todos los sectores, y que les sirve de perfecto contenedor de referencias e invitados para ir ampliando el UM multimedia, así como de cemento para unir de forma transversal todos los acontecimientos de sus películas. Pero, sobre todo, creo que es un homenaje tremendo al Marvel Zombie de toda la vida, especialmente al talludito, con esa segunda lectura que pasa desapercibida para el nuevo aficionado (o para el espectador ajeno por completo a Marvel), pero que a algunos nos hace crepitar en el sillón al localizar guiños a Kirby, a Claremont, a Steranko o a los grandes acontecimientos Marvel de los ochenta y noventa. Yo echo en falta más colorido y saltimbanquis en pijama, pero ya sabemos que Marvel Studios no está dispuesta a esas licencias, y que todo es terriblemente "dark" en sus diseños y sus productos.

SHIELD es la CIA de Marvel, una organización gubernamental secreta que interviene exclusivamente ante amenazas y situaciones relacionadas con los superhéroes o la alta tecnología de origen extraterrestre. Existen en Marvel desde hace varias décadas, y siempre están por ahí danzando, desfaciendo entuertos, imponiendo su doctrina fascista y ocultando secretos a todo el mundo. Un organismo perfecto para narrar histori(et)as hiper-tecnologizadas, invasiones de otro mundo, conspiraciones secretas o simples intervenciones de campo entre superhéroes y supervillanos. SHIELD está intimamente ligada con la Segunda Guerra Mundial (conflicto terriblemente influyente en el origen de Marvel y de bastantes de sus personajes), a través de los Comandos Aulladores (unas especie de "basterdos sin gloria" a los que pertenecía Nick Fury); son los guardianes de grandes secretos de héroes como Lobezno o los 4-Fantásticos; son el epítome de la alta tecnología armamentística (a las órdenes de un gobierno fascista) y de la defensa de las libertades contra sus alter-ego nazis malignos, la HYDRA o IMA; y en definitiva, son un grupo de soldados urbanos que histórica y transversalmente están en todos los fregados, defendiendo a la Tierra de los malos tanto de dentro como de fuera de nuestra atmósfera. Un equipo ideal para montar una serie a su alrededor. Una serie en la que han sabido reunir lo mejor de Expediente-X, James Bond y el Marvel way of life, abanderada por el Gran Midas de la era Obama, Joss Whedon. Y todo ello partiendo de cero, sacándose de la manga una pequeña célula de SHIELD que no existía previamente en los tebeos y que es absolutamente deliciosa. Es el equipo liderado por Phil Coulson (un superagente representante de SHIELD, creado para la película de Los Vengadores; los emolumentos de Nick Fury eran demasiado elevados), un superespía flemático, gracioso, perfectamente caracterizado con su colección de armas vintage, su coche de época tuneado con las más modernas tecnologías, que recuerda a uno de Los Vengadores (los de la serie británica de los 60) y que es el alma del equipo. En él tienen cabida también el agente-soldado perfecto, misterioso, guapo y macizo como salido de la pluma de Arthur Adams, Grant Ward; la agente Melinda May, asiática experta en lucha cuerpo a cuerpo, con un largo pasado relacionado con SHIELD y con Coulson, que en principio quiere limitarse a pilotar el avión futurista que sirve de base de operaciones; Skye, una bonita, rebelde y experimentada hacker e indignada, que es fichada por Coulson a pesar de no haber recibido formación alguna, que en un principio aparenta estar jugando a dos bandas sin haber abandonado del todo la Marea Creciente, el grupo de ciber-guerrilla antisistema al que pertenecía, y que tiene continuos problemas para servir al Sistema Norteamericano tan desde dentro. Es la protagonista principal de las historias, con la que cualquiera podemos identificarnos facilmente, o bien enamorarnos; y finalmente, están los dos científicos, los británicos Leo Fitz y Jemama Simmons (aka "Fitzsimmons"), dos jovencísimos geeks que se dedican a desarrollar instrumental, curar a los buenos e investigar todo lo relacionado con la tecnología la biología, la medicina, la mecánica, ingeniería alienígena o lo que sea. Primeros de la clase, síntesis de los alumnos aventajados de la más avanzada y poderosa institución gubernamental, que además hacen una pareja adorable, con su cerrado acento british, su simpático Asperger, su candor y sus caritas de pitiminí. Concretametne, la Simmons, Elizabeth Henstridge, es con diferencia lo más hermoso que ha salido en mi tele el último año, y el episodio en el que es infectada por el virus alienígena, y su escena cumbre, que me he visto tres veces, me hace llorar como una niña de cinco años a la que roban, descabezan y pisotean su muñeca favorita en el patio. Y encima, además de estos principales, por la serie desfilan y desfilarán otros personajes de las películas, como la deliciosa Robin Scherbatsky sin ir más lejos.

Las comparaciones con la inolvidable Expediente-X son muchas, y muy fáciles de establecer. La primera de ellas, en cuanto a la estructura. A grandes rasgos, en cada episodio se nos narra un caso, una intervención de la célula de Coulson. Bien sea un asgardiano destruyendo todo a su paso, o un objeto extraterrestre que parece estar afectando a todo visitante a kilómetros a la redonda de la selva olmeca. Al margen de los argumentos puntuales (en los que hemos visto mad doctors, malvados millonarios, marcianos, supervillanos con poderes...), poco a poco se nos va introduciendo en la trama de un nuevo grupúsculo terrorista-tecnologizado, el Centipede, cuyo misterioso líder (no es El Hombre Que Fuma, pero más o menos) parece estar detrás de casi todos estos asuntos. Por supuesto, la serie también crece alrededor de la relación entre los protagonistas: el triángulo Grant-May-Skye, la pasión latente en Fitzsimmons, los amoríos del pasado de Coulson, el rollo paternal entre Coulson y Skye, los pizpiretos arrebatos postadolescentes de Jemma... Y alrededor de todos los casos también suele confluir con fuerza el pasado de los personajes. Principalmente, la relación de Coulson con el Centipede y lo que pasó en Tahití ("it's a magical place"), donde supuestamente le resucitaron tras morir al final de la peli de los Vengadores, y todo esto trae mucha cola; el pasado hacker de Skye (esto se resuelve hacia la mitad de la primera temporada, cuando Skye resulta demostrar que es mejor agente que cualquiera con décadas de experiencia); y la traición del agente Grant, que resulta ser un infiltrado de HYDRA (toma espóiler). Este asunto, en mi opinión, está demasiado forzado, y a punto estuvo de dar al traste con mi confianza en esta serie. Parece ser que no fue un giro de guión chapucero como me pareció a mí, sino que tuvieron que retrasarlo y mostrarlo de golpe después de estrenarse la segunda peli del Capitán América... y es que ya he dicho que esto también funciona como vehículo adhesivo para el resto de productos de Marvel Studios. Se lo perdono. La verdad es que era necesario un giro así.

Yo leo tebeos de Marvel desde muy pequeñito, nunca he dejado de hacerlo, y estoy muy acostumbrado a cómo funcionan las cosas dentro de este maravilloso universo. Me molesta que en algunas películas o series de acción todo sea demasiado maniqueo, que los personajes sean demasiado estereotipados, que las tramas confluyan demasiado forzadamente en una cuenta atrás hacia una explosión y que los buenos se salven demasiado in extremis. Sin embargo, todo esto lo admito en un tebeo de superhéroes. En Marvel (generalizo), los buenos son muy buenos, muy muy guapos y con pocas aristas, y el cliffhanger es su razón de ser. Me consta que hay espectadores a los que esta serie les parece demasiado al límite, más patriótica de lo necesario, que abusa de unos parámetros morales y estructurales demasiado cerrados. Yo acepto esos parámetros desde niño. Hay cosas en Marvel que tienes que aceptar, y no solamente que personas puedan volar o resucitar de repente. En Marvel, los supersoldados son fanfarrones y sobreviven a las explosiones por pocos milímetros; si alguien va a morir pronto, tiene que ser un personaje que acabe de aparecer, nunca uno fijo (estos pueden ser hospitalizados al borde de la muerte, pero se recuperarán a toda hostia en la elipsis); los extras son planos y sin frase, la masa se comporta como un rebaño; los terroristas son tal y como los concibe Isabel Sansebastián, y las tías están buenísimas y tienen globos sonda bajo la camiseta. Este tipo de cosas son las que me encantan de esta serie. El libro de estilo de Marvel se cumple a rajatabla, y puede que algunas de sus secciones no gusten demasiado al espectador cásual. A mí me chiflan en esta serie, y me disgustan en otro tipo de productos.

Con lo que no comulgo tanto, es con el cacareado asunto de la ruptura de la continuidad. En eso soy un poco talibán, y me da rabia que en los últimos años hayan decidido pasar de todo eso, tanto en el audiovisual como en los mismos tebeos. Nunca he leído un tebeo de la línea Ultimate, ese Universo Marvel reseteado y suecado de cara a la generación con déficit de atención, porque me da rabia. Me da rabia la negrura de las películas de mutantes (que transformó sus tebeos para siempre), y prefiero la algarabía pop y el colorinchi de las series de los ochenta, de las que nunca jamás me canso y que me parecen perfectas (la serie de animación de X-Men es una de las cosas que más me gustan del mundo entero). Comprendo y en general me gustan los cambios que han introducido en las (pocas) películas de héroes Marvel que he visto (es imposible contar en una hora los acontecimientos de 60 años de trayectoria de Thor o Lobezo, por ejemplo, y me parece bien que escojan lo que más útil les sea de una época o de otra, de un equipo creativo u otro de décadas después, y en las más recientes he visto que lo reescriben desde el respeto al aficionado y al personaje). Son medios muy diferentes, y hay que contentar al público de siempre y al tiempo atrapar nuevo. Es lo que hay. Y en el cómputo global, pese a los disfraces oscuros de la Patrulla-X, a que Peter Parker genere telarañas biológicas o a que Tony Stark lleve siempre goatee en los tebeos, hay una cosa que me da muchísima rabia por encima de todo: que Nick Fury sea negro. Eso no tiene perdón de Dios. Una cosa es que Nick Fury sea David Hasselhoff, que eso es terrorífico, y otra que sea un negro, y que en los tebeos Nick Fury, el Nick Fury de siempre, cambie de raza sin más explicaciones. Eso me tiene confuso. Por lo demás.

"Flubber" (Les Mayfield, 1997)

Me gusta el cartel de esta película. De esta chorrada. Y recordaba haberla visto y que no me disgustó. El otro día salí de dudas, porque la echaron en TeleMadrid, y verdaderamente es bastante estúpida. Basicamente es una comedia romántica, una historia de amor imposible entre el irritante mad doctor Robin Williams y una moza que le ignora, en la que Williams, como buen geek in love, hace todo lo posible por triunfar para llamar su atención. Desarrolla una especie de moco que rebota mucho, un fluido fluorescente no newtoniano que a ratos se comporta como un personaje de Disney, pero en general hace que todo rebote mucho. Todo el segundo acto de la película es una trama sobre baloncesto adolescente muy tonta, en la que los niños jugadores llevan flubber en las zapatillas y ganan el primer partido de su vida gracias a sus espectaculares canastas. Hay varios sketches en los que el flubber da su merecido a unos ladrones. Y también hace que el coche del mad doctor pueda volar. Todo en esta película es muy caótico y errático, a ratos muy infantil y a ratos algo desasosegante (el amor desesperado que sufre el geek y sus reacciones violentas), y el conjunto es una chorrada inmensa salpicada de bolas fluorescentes que rebotan mucho y que son guays.