Miyerkules, Oktubre 21, 2015

Darth Vegas - "Darth Vegas" (2003) / "Brainwashing for dirty minds" (2012)

Otra banda que descubrí hace poco, y con la que estoy muy a tope. Mr. Bungle, el proyecto de Mike Patton de metal desconcertante, carnavalesco y chiflado, en el que cabía tanto el speed metal como el free jazz, Morricone, Zappa, Zorn, Mancini o el flamenco, fue una banda que me voló la cabeza cuando me empecé a sumergir en su mundo, a finales de los 90s. Sus fans tenemos demasiado asimilados sus tres discos y soñamos con su regreso tarde o temprano. Mientras tanto, tenemos que conformarnos con otros proyectos cercanos de Patton, alumnos aventajados como Mind Control Agency, Idiot Flesh, Diablo Swing Orchestra, a.P.A.t.T., Le Singe Blanc, Plankton Dada Wave, The Tango Saloon... Pero ningún otro grupo que conozca se ha acercado tanto al sonido y el espíritu de Mr. Bungle como esta banda de siete músicos de Sidney, liderada por Michael Lira, un auténtico spin-off que emula a sus ídolos de manera certera y entusiasta. El jazz entretenido y cartoonesco, el metal burlesque (¿bunglesque?), los ritmos sincopados, los cambios de género constantes en una misma canción, las voces impostadas, sonidos extraños, bandas sonoras de spagetti western y pelis de espías... Todo ese conglomerado de sonidos, sin abandonar el rock duro, es lo que presenta este grupo australiano, con estos dos discos alocados y entretenidísimos que no decepcionarán a ningún fan de Patton.

Klingon Klez - "Honey, would you be meshuga tonite?" (2005) / "Blue suede jews" (2006)

La música klezmer, el folklore de la etnia judía, en los últimos años se ha desarrollado y mezclado con todo tipo de géneros modernos (como el resto de la música tradicional de todos los rincones del mundo, por otra parte). En mi minúsculo programa de radio tengo intención de repasar muchos de estos fenómenos puntuales, adaptados al siglo XXI, y ya le dediqué un programa al sonido de la Diáspora recientemente, donde sobre todo me centré en mis cosas favoritas de cuanto controlo del sello Tzadik, y la encomiable labor de músicos como John Zorn para acercar estos sonidos a los jóvenes contemporáneos. Pero también me vino al pelo para pinchar un tema de Klingon Klezmer (o Klingon Klez), un grupo estupendo que tienen dos discos divertidísimos en los que, sin salirse de las armonías e instrumentación habituales en el género, incorporan elementos de ciencia-ficción, temas cantados en klingon (el lenguaje de la raza antropomorfa con "agallas" en la frente de la serie Star Trek), disfraces y cachondeo. En ambos discos, con sus atractivas portadas y libretos ilustrados con estética de comic-book, esta banda de Philadelphia liderada por Jack Kessler asegura traer su música desde un planeta lejano del futuro, y además de añadir arreglos contemporáneos y eléctricos a piezas tradicionales, componen sus propios temas, algunos de ellos cantados en la lengua de Worf (em Shab'hi, Baym Rebn, Zol shoin kumen, Mojo Shabbos... aunque podría ser hebreo o cualquier otro lenguaje que desconozco, y apenas recitan unas pocas palabras extrañas). Divertidos bailables de klezmer novelty con títulos como Return of the alien bar mitzvah tutor, When the fat Klingon sings, Klingon mating dance o Party at the end of the Universe hacen de ellos una banda única y divertidísima de folk exótico de ciencia-ficción.

Necro Nazis - "Jew" (2008)

Hace algún tiempo, documentándome para un texto, descubrí un ingragénero fascinante dentro de la música metal: el black metal acústico. Básicamente, fans del black metal (esa vertiente ruidosa y gutural del heavy metal, a menudo repleta de mensajes blasfemos, paganos, satánicos y/o anticristianos, que prácticamente es la música pop de países como Noruega) interpretando canciones salvajes, engolando la voz y emulando a las famosas bandas de black metal, pero empleando solo la voz, una guitarra acústica y percusión rudimentaria, generalmente hecha golpeándose las pantorrillas con las palmas de las manos. Puntualmente, algunas bandas añaden flautitas de punkie, armónica o golpean latas con objetos que tengan a mano; el intríngulis del asunto está en las voces guturales y la actitud. Las guitarras eléctricas, la cascada de sonido sinfónico como salida de mismisimo Infierno, el bajo machacante, el doble o triple bombo y las voces oscuras y satánicas hay que imaginárselas, están en la cabeza de los músicos, que lo que hacen es aporrear una guitarra y croar frases sin sentido. Es una disciplina ideal para que los amantes del black metal puedan disfrutar de su afición haciendo un corrillo en un parque ante unas litronas, o durante un fin de semana de acampada en la sierra, sin necesidad de ceder a otros géneros musicales ridículamente no satánicos. Lejos de parecer un experimento aleatorio, todo esto tiene unas reglas muy concretas, establecidas por una banda llamada Impaled Northern Moonforest en 2000, en su disco del mismo nombre. Aquel artefacto, hoy inencontrable, fue el experimento del líder de una auténtica banda de black metal de Boston, Anal Cunt, un tipo llamado Seth Putnam, politoxicómano e inquieto salvaje, que sentó las bases del asunto con aquel lanzamiento. En aquel disco se establecían todas las características del infragénero: las portadas deben ser cutres, infantiles, naïf, hechas a boli o con MS Paint a mano alzada, parodiando la simbología oscurantista habitual de las bandas serias; las canciones, como digo interpretadas con guitarra acústica, voz y percusión humana, deben ser cortísimas, rondando los 30 segundos; los títulos de las canciones deben parodiar el salvajismo blasfemo de los originales, exagerándolo y retorciéndolo hasta el ridículo; y todo debe estar rodeado de cierto misterio y anonimato (no se supo que detrás de este disco estaban Anal Cunt hasta tiempo después).

Y por supuesto, aquí había también mucha autoparodia y sano cachondeo. "Impaled Northern Moonforest" incluía cortes como Lustfully worshiping the inverted moongoat while skiing down the inverted necromountain of necrodeathmortem, Awaiting the frozen blasphemy of the Necroyeti's lusting necrobation upon the altar of Voxrfszzzisnzf, Gazing at the blasphemous moon while perched atop a very very very very very very very forsaken crest of the Northern mountain... Las canciones, sin embargo, consistían en bramidos indescifrables. A raíz de aquel lanzamiento se produjo, a mediados de la primera década del siglo, un boom de los discos de black metal acústico pergeñados por aficionados y profesionales parapetados en el anonimato, que seguían esas mismas directrices. Y surgieron montones de bandas nuevas, con nombres como Frostbitten Yeti Cock, Inverted Inverter, Grim Necro Corpses, Nocturnal Frost Fjørd, Nekro Vomit, Necrowizard Spell, Inverted Necromancer, Saftyricon, Grim Demons Of Frostbitten Forests Of Kohmo, Wolfvein, Aaron Burr, ÖRGH, Rgrarrgkhth, Foresta Insontina... Y docenas de discos o casetes con portadas churretosas, titulos como grimorios y una duración total de unos 10 minutos. Cuando yo descubrí esto, y empecé a escuchar estas cosas, quedé fascinado por el concepto, y a veces realmente te partes de risa con el asunto. El humor es naturalmente una pieza fundamental aquí: esas voces aguardentosas de las bandas originales, que en disco suenan tan tremebundas y apocalípticas, en versión suecada y de parque quedan ridículas y apocadas, como cuando uno canta en la ducha para sí; el afán por imitar black metal sinfónico queda desactivado pero se lo puede uno imaginar, cuando llegamos a los temas instrumentales (con lentos punteos que hay que suponer atronadores), y ahí está también parte de la gracia, o de lo que a mí me fascina, que es que el silencio debe ser incorporado mentalmente como ruido infernal; y entre los títulos también existen bromas comunes, como desearle la muerte constantemente a Dave Mustaine (supongo que por demasiado tiernito; fue aquel primer guitarra de Metallica al que echaron a patadas y, enfurruñado, se fue a fundar Megadeth; por ejemplo, en los temas God created Dave Mustaine and therefore he too is a faggot de Dodfrisor, o el álbum Dave Mustaine sounds like a vagina de Nyhetsvarsel), exagerar hasta la parodia las alusiones a necrosis múltiples y enfermedades mortales, cachondeo a costa de las tendencias sexuales de los monstruos y razas inventadas por Tolkien (llevado esto al paroxismo en discos como "Exorcizing the Gaylord of the Cock Rings", 2007, de Inverted Crossvortex), todo tipo de cosas puestas del revés (mucho más allá de las cruces) o barrabasadas surtidas acerca del Evangelio (Fuck you Jesus, Christians are gay and untrve, de Infected Necromancer, que podría pasar por himno de la Iglesia Bautista de Westboro)... y nacional-socialismo de risa. Entre las más conocidas bandas reales de black metal anticristiano noruego (Mayhem, Burzum y demás) además de todas esas leyendas sobre iglesias quemadas, sacrificios de bebés, vampirismo, asesinatos, mutilaciones, etc., era y es muy habitual la iconografía nazi, la exaltación de la raza aria, el supremacismo, etc., me temo que tomándoselo muy en serio, en la línea de su compatriota tarado Breivik. En el black metal acústico (que es un fenómeno sobre todo del Oeste de EEUU, aunque también hay bandas punteras del norte de Europa o de Brasil), esa apología del nazismo también se incorpora, de risa, como en el álbum destacado, que incluye canciones como la baladita The sound of me shitting down your jew mother's throat you stupid jew, Eating Jews for lunch o Jerry Seinfeild has a big nasty Jew nose (dan bastante más miedo las niñitas arias de Prussian Blue). En fin, todo muy divertido para escuchar en Navidad con la familia (un buen sitio por el que empezar, además de los 2 discos de Impaled Northern Moonforest, puede ser el recopilatorio "Invocations of Abazagorathic unholiday grimness", de 2007). Sinceramente, a mí me gusta más esto que el black metal normal, y muchísimo más que el insufrible metal electrónico, y mejor están los chavales por ahí tocando canciones mientras pinchan marshmallows en la hoguera que sacrificando vírgenes.

Miyerkules, Oktubre 7, 2015

Tom Maxwell - "Hot: My life in the Squirrel Nut Zippers (A memoir)" (2013)

Tom Maxwell fue el guitarrista de Squirrel Nut Zippers, una de las bandas de rock que más me gustan de todos los tiempos, si no la que más. Injustamente asociados a la escena neoswing que surgió a mediados de los 90s (con montones de grupos de revival de música "discotequera" de los años 20s y 30s, como Royal Crown Revue, The Brian Setzer Orchestra, Big Bad Voodoo Daddy, Cherry Poppin' Daddies, Cigar Store Indians, etc.), SNZ fueron en realidad mucho más allá de ese (maravilloso, por otra parte) fenómeno, y de aquel revival que recuperó la esencia del swing norteamericano y lo "tradujo" y adaptó para las nuevas generaciones, llenándolo de sobreproducción, vientos, coros, un sonido impecable y fresquísimas orquestas de jóvenes tatuados y engominados, que recogieron esos viejos temas de Cab Calloway, Glenn Miller, Benny Goodman, Duke Ellington, Louis Armstrong etc., que en los formatos originales ya sonaban apagados y crujientes. En esos mismos años 90s hubo una explosión de nostalgia musical, con otro buen puñado de bandas que se pusieron a armar como locos bandas actualizadoras del rockabilly (derivando en el psychobilly), el swing (surgiendo cosas tan horribles en su mayoría, en mi opinión, como el electroswing), la música lounge, el country... Pero no es justo calificar a SNZ como una más de estas (fantásticas, insisto) muchas bandas revisionistas. En primer lugar, porque en SNZ confluyeron un puñado de músicos de muy diferente educación musical, liderados por un Jimbo Mathus que es una auténtica enciclopedia del pre-war-blues, un redneck brillante y carismático que junto con su novia Katherine Wallen (artista outsider que resultó tener una voz deliciosa), el chalado vientista Ken Mosher, el virtuoso Don Raleigh de profundo arraigo jazzístico, Tom Maxwell, coleccionista de discos y musicólogo excepcional, o el aporte puntual de Andrew Bird (probablemente, mi artista favorito, que creo que no necesita presentación), Stacy Guess (ex Pressure Boys) o Chris P. Así, SNZ no eran ni mucho menos una banda de neoswing, sino un inclasificable carrusel de referencias retro, una coctelera en la que se cocinaron las enseñanzas de Django Reinhardt, Stephane Grappelli, Raymond Scott, Robert Johnson, Big Star, Tom Waits, Miles Davis, Stephen Foster, Fats Waller, Glenn Miller... a los que añadían ingredientes com el dixie, gipsy jazz, klezmer, vaudeville, blues, punk, lounge, mento, calypso...; y en segundo lugar, porque SNZ, a diferencia de la mayoría de los citados (y de esas toneladas de bandas de revival de todos los estados de la Unión que se alquilan para bodas y bautizos) no se limitaban a hacer versiones de aquellos viejos temas grabados en polvorientos discos de pizarra o pequeños vinilos sin portada, sino que componían la inmensa mayoría de sus temas, y fabricaron su propio sonido y su leyenda.

Al propio Tom Maxwell, en estas memorias que publicó hace poco (me encontré con ellas por casualidad en Book Depository, y aunque no suelo hacer compras online, esta vez me lancé de cabeza, y llegó a mi casa hace unas semanas), le cuesta clasificar qué es lo que querían hacer con SNZ cuando se fueron conociendo, en los bares de Chapel Hill (NC). Maxwell, por aquella época, definía ese limbo de géneros y sonidos de la primera mitad del siglo XX, simplemente, como "hot". En su extraordinario libro, que se ha convertido en uno de mis objetos favoritos (con esa portada suave e impermeable) narra los comienzos de SNZ, y el fuerte carácter de cada uno de sus miembros. Nos introduce en las primeras giras, la nerviosa grabación de sus primeras composiciones (Tom dice que su tema favorito de SNZ siempre fue Wash Jones... ¡igual que el mío! Que por cierto, ¿qué tiene esto de swing?) en estudios de grabación llenos de historia. Cómo la primera vez que se pusieron a improvisar, por ejemplo, estaban en casa de un amigo excéntrico que solo tenía en la cocina 1 sola cuchara, 1 tenedor, 1 plato... y para tocar la improvisada batería tuvieron que utilizar dos cepillos de dientes, lo único emparejado que encontraron por allí. El grupo se fue formando a partir de casualidades, y Tom entró en la banda con su amigo Stacy, el primer trompetista, que falleció de sobredosis de heroína justo cuando SNZ iniciaban su primera gira europea. Narra episodios como cuando Jimbo creyó ver un fantasma en un destartalado estudio de grabación en Chicago, y jugaron a la ouija para invocarlo. Cuenta montones de bromas que se hacían entre ellos, pequeños detalles sobre cada uno de aquellos jóvenes vintage, la historia de cómo mi ídolo Andrew Bird se les acercó después de un concierto en un pueblecito de Chicago, y dijo que soñaba con tocar en una banda como ésa. El libro está escrito con pasión y fluidez (el autor actualmente escribe en bastante prensa musical), y al mismo tiempo con cierto deje escéptico e incluso rencoroso. El libro es breve, pero lo estoy disfrutando lentamente, y en realidad aún no lo he acabado, ya que todo apunta a que la relación entre Maxwell y Mathus se oscurece y esto no tiene un final feliz. Y yo sueño a menudo con que SNZ vuelven a juntarse, graban montones de canciones nuevas, y aceptan la invitación de tocar durante el banquete de mi boda con la guitarrista de The Ladies. Pero recomiendo vivamente la lectura de estas memorias repletas de referencias musicales, tonos sepia y rincones analógicos de la América Profunda.