viernes, 9 de septiembre de 2016

Spider-man de Todd McFarlane y Erik Larsen (...continuando con la lectura de TODO Spider-Man)


En este blog tan caótico, tengo una serie de obsesiones de "lector constante", posts en los que he querido dejar impresiones de varias series que voy leyendo; como no etiqueto las cosas, no lo parece. Pero en estos últimos meses en los que solo he reseñado aquí lecturas de libros, he seguido muy fuerte leyendo todo el material existente de Spiderman, cuestión que emprendí cronológicamente hace casi dos años.

- Lo contaba incialmente en este post. (1963-1972)
- Continué la apresurada y deslabazada reseña de la completa lectura al alcanzar las Secret Wars originales (1972-1986).
- Siguiente parada y siguiente rajada, con Atlantis Ataca (1986-1988).
- Luego cuando llegué a Inferno (1989)
- Ahora mismo en este post seguiré cubriendo la estridente etapa McFarlane-Larsen-Bagley, sobrepasado el nº 300 de la serie principal (1990-1992).

- También le hice hueco a la deliciosa marcianada Spidey Super Stories, colección que me chifla.
- En algún momento, aunque lo leo cronológicamente pasando de unas colecciones a otras (habré leído ya cerca de 800 tebeos, aunque en este momento vaya por el 357 de Amazing; esto es una locura), destaqué alguna etapa o número de Marvel Team-Up, o miniseries fuera de continuidad que me gustaron como Spider-Men o Astonishing Spider-Man & Wolverine, devoré el delicioso libro de Julianeme, se dejaba ver en otros apretones que me he dado de todo Capa y Puñal o los primeros años de Daredevil... En fin, que siempre muy a tope con Spiderman en mis ratos libres. Precisamente, anoche leía el especial 30º aniversario de Spectacular Spider-Man. Pero ahora voy con ello.

- Y paralelamente, he ido haciendo acuse de lectura "en tiempo real", de los nº 600 a 700 en 5 p o s t s, y ahora mismo estoy al día, recién comenzado el vol. 3 USA de Amazing, leídos también los primeros arcos de Spider-Gwen y Silk. Y como estoy medio loco, en estas semanas también me he leído, por primera vez, los 111 números de Ultimate Spider-Man de Brian Michael Bendis y Mark Bagley. A ver si saco tiempo de hablar de ello por aquí estos días, que me encanta hacer apología de mi amigo y vecino Spider-Man.

Esto es un caos, este es un blog de apuntes personales que, en serio, lo abrí solo para enfrentarme a mi horrible memoria (me sorprende y al mismo tiempo me hace ilusión cuando alguien me dice que se ha leído algo, o que incluso ¡se lo guarda para leer en el tablet! Yo también hago esas cosas con otros blogs, la verdad); pero mi lectura de Todo Spider-Man es una de las constantes.


En la lectura cronológica (hasta el 600), me había quedado en la deliciosa saga de Inferno, que en lo tocante a Spidey nos llevaba hasta el número 314 de la colección principal, Amazing Spider-Man, y nos adentrábamos lentamente en los años 90s. Los dichosos naughties, la década de la que tanta gente reniega, y que generalmente, en lo tocante a ese rinconcito de la cultura popular tan denostado como son los tebeos de superhéroes, se generaliza de forma abrumadora que fue una auténtica pesadilla. He tenido largas discusiones en torno a esto, porque todo aquel carrusel de novedades, superhéroes enfadados, fan-favourites, cambios al papel satinado y al coloreado digital, el nacimiento de la editorial Image que revolucionó el medio para siempre, etc., A mí me pilló con 12 tiernos añitos, no estoy de acuerdo con esa pataleta, y esa obsesión con mandarlo todo a la mierda. Pero es una historia muy larga, y se pueden colegir similares argumentos a favor y en contra en el mundo de la música o del cine. Yo ya leía muchos tebeos desde hacía tiempo, porque en mi casa siempre hubo y porque mi papá me compraba casi todas las semanas varios tebeos en el kiosko de enfrente de su trabajo en el turno de tarde (un día un Superlópez, otro día una novela ilustrada de Karl Malden, ora un Daredevil, o un Capitán América, un Superman, un Batman, un Spider-Man...), y le esperábamos despiertos hasta las diez o las once con los brazos abiertos. Pero en 1990 fue cuando mi hermano y yo nos independizamos del criterio de mi padre, y empezamos a encargarle colecciones concretas. Básicamente, optamos por novedades de aquel entonces. Aunque seguíamos encargando algunos números consecutivos o sueltos de Spider-Man y X-Men de 1989-1990, cosas que nos llamaban la atención en los checklists o se hablaban en el patio del cole, nos terminamos aferrando con mucha fuerza, sobre todo, a la nueva y flamante colección de Lobezno en solitario. Y poco tiempo después, debió ser durante el verano de 1991, yo me volví absolutamente fan de los New Warriors.


Pero en general, lo que pasó en Marvel, aparte de la progresiva saturación del mercado con miles de colecciones inverosímiles de superhéroes idiotas, y de las nuevas editoriales de superhéroes fluorescentes que crecían como setas, fue que llegaron unos jóvenes dibujantes espectaculares con un estilo refrescante y electrizante, que nos volvía locos a los adolescentes. Es un asunto muy conocido entre los aficionados: Rob Liefeld puso patas arriba los Nuevos Mutantes, llenándolo todo de dientes, armas gigantescas y malformaciones musculares (de ahí salió Masacre, alias Deadpool, que ahora es tan famoso); Jim Lee nos conmocionó a todos con sus pibones y sus mutantes perfectos y llenos de rallitas en La Patrulla-X, llevando la molicie un paso más allá de lo que ya estaban haciéndolo en ese momento Marc Silvestri o Arthur Adams; y en Spider-Man aterrizó Todd McFarlane, otro dibujante terriblemente espectacular. En cuestión de meses, a McFarlane le dieron su propia colección. Era la 4ª colección mensual de Spiderman en los kioskos de entonces, titulada simplemente Spider-Man. Él escribía, dibujaba, entintaba y hacía lo que le daba la gana. Su número 1 vendió, atención, 2 millones y medio de copias. Liefeld se empeñó en hacer lo mismo, y transformó a los Nuevos Mutantes en X-Force, con más rallitas, más músculos y más chorradas, alcanzando su nº 1 la cifra de 4 millones de copias. Finalmente, a Jim Lee también le dejaron explayarse con su propia cole, X-Men (la principal, la de siempre, era Uncanny X-Men, y ambas sobreviven a día de hoy, con varios cambios en la cabecera), cuyo número se dice que llegó a vender 8 millones, ostentando el premio Guinness.


Fue un fenómeno irrepetible. No solo por el volumen de publicaciones y el estallido en el fandom (yo mismo me empecé a comprar todo lo que salía), sino porque pronto se puso en evidencia que Marvel se guardaba para sí todos los beneficios, todos los personajes le pertenecían, y los autores le apretaron las tuercas tanto, que acabaron rompiendo relaciones, y fundando la editorial Image, donde McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld y otros artistas espectaculares que nos encantaban a los chavales, como Marc Silvestri, Whilce Portaccio o Erik Larsen, crearon su propio universo y abandonaron el barco. Desde entonces, creo que muchos adolescentes que leíamos los tebeítos sin importarnos un carajo quién los hacía ni si eran de Marvel o de DC, empezamos a verle los tres pies al gato al tema. Otra cosa que trajo todo este maremágnum de ventas, y que dura hasta nuestros días, fue la saturación de los kioskos con un mismo tebeo, pero diferentes portadas. Esto lo ha explotado Marvel hasta la saciedad, y en algún caso ha llegado a sacar hasta 100 portadas diferentes de un mismo tebeo a la vez. Un disparate. No sé por qué estoy contando esto, ni que fuese esto un artículo para el Tentaciones. El caso es que yo me zampé todo aquello. A comienzos de los 90 me enganché al Spider-Man de McFarlane, y luego a su Spawn de Image; me compré el X-Men de Jim Lee, y luego sus WildC.A.T.s; también piqué una temporada con X-Force y hasta con Youngblood, pero les odié pronto; me enamoré de Gen13 y Cyberforce, de los New Warriors, del Nuevo Universo Marvel y de Eclipse, fui un auténtico yonqui de Forum en aquellos años.


Conservo poquísimos de esos tebeos. Algo, pero muy poco, porque mi afición pasaba por leerlos y llevarlos a cambiar por otros a Hipercómic, al Rastro o a algunas tiendas de mi barrio donde cambiaban tebeos (sí, en los 90s todavía cambiaban tebeos además de novelas de Marcial Lafuente Estefanía hasta en tiendas de pipas). La cuestión es que en los últimos meses he vuelto a revivir aquellos tiempos, en lo tocante a Spider-Man, desde la perspectiva de un adulto. Y ha sido doloroso. Sabía que los dibujos de Liefeld eran malos, pura pantomima que no puede gustarle a nadie de más de 15 años, pero lo de McFarlane es hasta peor, y yo me he dado de bruces con ellos estos días. En realidad fue progresivo, y el desastre se contempla al llegar al nº 300 de Amazing, cuando Mc decide prescindir del Maestro Bob McLeod, y entintarse a sí mismo.


Es muy fácil criticar, y yo sigo valorando aquellos tebeos por lo revolucionarios y espectaculares que fueron, y por toda la felicidad que aportaron a mi yo adolescente; pero cuando uno sigue explorando en el medio con los años, y descubre posteriormente a Will Eisner, a Jack Davis, Hugo Pratt, Alan Davis o a quien sea, se queda con la sensación de haber adorado a ídolos de barro. Como fuere, McFarlane cambió a Spider-Man para siempre, eso es indudable. Hasta inmediatos predecesoras de Todd en Spider-Man, referentes tan clásicos y veteranos como Alex Saviuk o ¡Sal Buscema!, tuvieron que empezar a ponerle nuditos a las telarañas, y prestar más atención a las expresiones de los ojos en la máscara de Peter Parker. Eso es así. También los peinados de Mary Jane empezaron a flotar de otra manera, y Spider-Man se hizo contorsionista para siempre:


(viñeta de Alex Saviuk justo antes del mcfarlanazo)


(viñeta de Alex Saviuk justo después del mcfarlanazo)

Al margen de los dibujos, en Amazing Spider-Man siguió escribiendo incansablemente David Michelinie, un nombre que me aprendí de memoria de niño de tanto verlo (también le leí alguna saga histórica de Iron Man), y que yo consideraba el mejor guionista de superhéroes del mundo. Aún no había descubierto a Larry Hama ni a Claremont, que pronto me quitarían esa idea de la cabeza. Pero la verdad es que no se reivindica para nada a Michelinie, y siempre me pregunté quién sería realmente este tío. Pasará a la historia por haber introducido a Jim Rhodes y los problemas de alcoholismo en la vida Tony Stark, y en Amazing creó nada menos que a Veneno y a Matanza. Lo que pasa es que a mí estos dos personajes siempre me han importado un carajo, pero hay que reconocerle el mérito, que Veneno hay muchos lectores que le adoran, por encima de a Spiderman. Por lo demás, el pobre Michelinie ni siquiera creo que pase a la historia como uno de los 5 principales guionistas de Spiderman. Fue un escritor comedido, desde luego, y que en su etapa (1987-1994) apenas tocó absolutamente nada del concepto original, no arriesgó demasiado, ni trajo historias que nadie hubiéramos retenido en la memoria, de no ser por el pasmoso efecto McFarlane. Los tebeos de Michelinie son un eterno retorno de villanos clásicos y argumentos repes.

De hecho, igual que comentaba en alguna entrega anterior de estas anotaciones, el fenómeno McFarlane eclipsó todo, pero lo verdaderamente interesante estaba sucediendo en las cabeceras secundarias del personaje, Spectacular Spider-Man y Web of Spider-Man. Ya dije en la anterior reseña que "La última cacería de Kraven" no ha perdido nada de su fuerza, que mil años después sigue poniendo los pelos de punta. En los siguientes números de Spectacular que me he calzado, J. M. Dematteis se sigue mostrando como el guionista de Spidey más valiente y apasionante de los 90s, a la altura de lo que hizo Peter David en sus pequeñas historias costumbristas, pero llevándolo a sagas épicas y trascendentales, como la increíble "El niño que llevas dentro", con la impactante y expresionista labor del Maestro Sal Buscema. Por su parte, Alex Saviuk fue relegado a Web of, donde dibujó (con la extraña y notoria evolución mostrada arriba, ante el acoso del fandom obsesionado por McF) algunas historias muy decentes escritas por Terry Kavanagh o un joven Kurt Busiek pre-Marvels, aunque lo más interesante de esta etapa fue la frankmillerísima saga "El nombre de la Rosa", donde a un desatado Kingpin lo quiere matar hasta su hijo.

Y como decía, a McFarlane le acaban dando la 4ª colección regular de Spider-Man (y encima, Amazing pasaría a quincenal durante aquella época). Aquello se puede describir sencillamente como un ensayo para Spawn. Fueron 3 ó 4 historias seriadas, cada vez más densas, dramáticas y oscuras. Nada reseñable leídas ahora, aunque hay que reconocerle el mérito también al innovar en el narrador y en el afán introspectivo; aquello tenía poquísimas palabras, y bastante influencia de Twin Peaks. No recordaba la trama detectivesca con el Wendigo y Lobezno en los bosques del Yukón, esa me gustó.


A Mc le había sustituído en Amazing Erik Larsen, y pronto lo haría también en Spider-Man, porque Mc era muy lento y debía tener agujetas hasta en los sobacos de tanto firmar autógrafos, tanta gira mundial y tanto sexo con las fans. No pasó mucho tiempo en que le sustituyera Mark Bagley, pero aquellos tebeos de Larsen, tanto los escritos por Michelinie como en solitario, fueron y me siguen pareciendo una delicia, aventuras fresquísimas y dinámicas, un tono divertidísimo, unas composiciones de página antológicas, casi un retorno a los tiempos de Stan Lee. Ojalá Larsen se hubiese quedado en Spider-Man para siempre. Por la misma cuestión de la bola y la cadena que ataba a los artistas en Marvel y no les trataba como las estrellas que eran, Larsen se fue a Image hacer Savage Dragon en 1992, y no ha dejado de sacarlo mensualmente hasta hoy. Ostenta el récord del artista occidental que más tiempo ha estado en una misma serie. Ha demostrado ser un dibujante de cómics de verdad, un auténtico maestro, que se debe a sus fans y que rinde homenaje a los más grandes del tebeo de superhéroes, a Stan, a Jack, a Steve, casi en cada viñeta. Compré Savage Dragon cuando empezó en España, pero me rendí pronto. Una vez me dio por leer de una tacada más de 100 números, y es increíble la cantidad de pasión por su trabajo que hay ahí; pero sus guiones son demasiado flojos, destinados al lector adolescente, y terriblemente infantiles y estancados en la Edad de Oro. Pero sospecho que todos los fans de Spider-Man tenemos hecho a Larsen un hueco en el corazón, como ese artista espectacular pero al mismo tiempo comedido, moderno pero a la vez clásico, con sus estridencias y concesiones molonas a la "anatomía alternativa", pero que todo lo dibujaba bien y aportaba tanto sentido del humor y tanto cariño.

Y entonces, decía, llegó Mark Bagley. Apenas acabo de empezar a leer su etapa, que creo que fue bastante larga. Ya había dibujado a Spiderman antes en fill-ins de Atlantis Ataca, y sobre todo será recordado por su etapa récord en Ultimate Spider-Man (que como decía, me he chupado entera en estos meses también...), pero para mí Bagley fue el dibujante con el que casi me inicié conscientemente en los superhéroes, con los New Warriors que también mencionaba antes, y tiempo después con los Thunderbolts (1997), una serie que disfruté muchísimo ya como lector avanzado. Ya digo que estoy a tope con la Marvel de los 90s, claro que sí. Me queda por empollarme bien sus años en Amazing, si eso volveré alguna vez con ello, pero es encomiable cómo mantuvo el listón, y no quiso decepcionar a los que habían sido cegados por el ciclón McFarlane/Larsen (juraría que su característica Luna gigantesca, como si estuviese a cien metros de la Tierra, se lo copió a Larsen). Bagley representa el "Marvel way of life" de maravilla, es un dibujante correctísimo y moderado, en la línea de los Buscema o los Romita, y a mí me encanta. Algunos perfiles y algunas ancas le quedan raras, pero es su marca de la casa; como narrador me parece extraordinario, un auténtico funcionario del tebeo clásico al que tengo en un pedestal. Nadie mejor que él para recoger el testigo.


Pero la historia de Spiderman a través de los 90s está escrita a golpe de clones... Me temo que lo peor está por llegar...

jueves, 8 de septiembre de 2016

"Educar en el asombro" (Catherine L'Ecuyer, 2014)


Puesto a padecer estos angustiosos periplos eternos en barco, en elefante, en tren de una punta a la otra todo el verano (y me parece que así voy a seguir), alguna vez he cogido lo que fuera para leer de vuelta, si no llevaba a la ida. Leer, estoy leyendo mucho estos días. Y ya que estoy todo el tiempo con los niños, me dio por esta especie de recetario posmoderno de educación infantil, para madr@s primeriz@s, que encontré en mi casa de adopción. En realidad, el título me llevó a engaño.

Las horas que paso con mis niños son un auténtico placer, entre otras muchas cosas porque, al contrario que casi tod@s l@s padr@s, que van a toda hostia tirando del brazo de los peques como si fuesen un bolso, o un perro o una res porque hay muchísima prisa (¡que vienen los Hombres Grises!), yo lo único que tengo que hacer es dejar que pase el tiempo mientras estoy con ellos y les entretengo, les hago reír y me hacen reír. Poco más. No existe la prisa, no tengo ningún interés en llevarles a casa en un esprint, ni en que hagan nada a voces, ni tengo necesidad de aparcarles con el Youtube para relajarme en un sofá, sino que dejo que ese tiempo transcurra a ritmo de niño. No les compro nada, no necesitan nada. El placer de recorrer el medio kilómetro diario que separa el cole de su casa, nos suele llevar entre dos y tres horas. Contemplar a los bichos, reconocer las especies de los árboles, coleccionar semillas de algarrobo (esa maravilla de la naturaleza que es como un paquete de caramelos natural), bolitas de acebo o mojoncitos de pinsapo para luego lanzarlos al Estanque del "Sacedonte" (una vez escondimos allí un pequeño rinoceronte de juguete) o a malvados transeúntes imaginarios y que no se acaben hasta llegar a la piscina, es nuestra mayor preocupación. Recorrer tranquilamente el Camino Calete, por el que no va nadie, hay bichos más grandes, cientos de tipos de flores y no nos pueden atropellar los coches (en aquella zona los semáforos son un aderezo, poco más que un bolardo), e imaginar que nos hemos perdido en la Amazonia, es nuestra misión. Escalar todos los poyetes del trayecto para luego saltar de vuelta a la acera es nuestro desafío. Llamar a la puerta de todos los armaritos municipales de alumbrado y control de tráfico, a ver si sale un enanito, nuestra esperanza. Recolectar mugre de las paredes en la punta de los dedos, nuestra obligación. Para mí, responder a todas sus preguntas, y sobre todo preguntarles cosas y observarles fascinado, está siendo mi particular entretenimiento, crecimiento y sublimación como persona y como padre frustrado. De ahí mi confusión con el título del libro, que había pensado que explicaba cómo ser uno, el educando, el protagonista del asombro: "Educar desde el asombro" es lo que me pasa a mí, que siento una admiración inmensa y me fascina cada cosa que hacen estos dos moñecos, y me siento un privilegiado viéndoles crecer sin prisa.

Pero la cosa es al revés, claro. El libro es una teoría del aprendizaje propuesta para estos tiempos en los que todo va a toda hostia y nadie se para ni un segundo, nadie pasa ni cinco segundos sin estar delante de una pantalla. Y que esto afecta a los más pequeños, obviamente. De cómo los bebés están enganchados a las pantallas como un yonqui terminal, y quitarle el móvil tras la décima reproducción del Hola Don Pepito puede acabar en tragedia, escribía yo mismo en un exitoso artículo hace algunas semanas en un medio de verdad (no un blog de mierda del siglo pasado como éste). Y es que estar en Paro más de un año, te hace pensar en estas cosas, olvidarte del estrés. Se puede disfrutar de mirar las cornisas o el techo por el mero placer de hacerlo. Y para un niño de 2 años, cada uno de sus pasos es una epopeya, y todo el Universo se va expandiendo lentamente, vislumbrando una historieta nueva cada hora, con sus zonas seguras y sus mierdas espesas (yo no les oculto nada) como si jugaran a un gigantesco Buscaminas con la mente. El libro está muy bien, la teoría de esta entrepeneur canadiense es un chollo, y está narrado con la estructura del manual aquel de dejar de fumar, revelación tras revelación, a base de repetir las mismas obviedades del barquero que nunca habías tenido tiempo de pararte a pensar, arrastrado por el desagüe en remolino de la vorágine insoportable que nos rodea.

"Trilogía de Argel" (Yasmina Khadra, 1997)


Sigo con reseñas de lecturas recientes. Hoy me he acordado de la semana que estuve enfrascado con éste, una de las interminables semanas llenas de interminables viajes en la EMT. El libro me lo prestó un amigo, que me pilló cotilleando sus estanterías a comienzos de agosto un hermoso día que fui a visitarle a su chalé de la Sierra, justo cuando ya me iba. Me dijo que me gustaría. Me enfrenté a él a ciegas, y me gustó mucho. Siendo sincero, después de engancharme muchísimo a las primeras páginas con la florida prosa del autor, sumergiéndome poco a poco en los oscuros callejones del Argel finisecular, plagado de políticos corruptos y aspirantes a terrorista suicida, me decepcionó un poco, al ir descubriendo que se trataba de novela negra humorística. En un principio pensé que estaba ante una lectura extrema y epifánica en la línea de Mohamed Chukri, y estaba fascinado preparándome para cotillear bajo la alfombra de esa urbe caótica y exótica. Pasado el breve desencanto, disfruté, ya relajado y con menos intensidad, de las aventuras de risa del comisario Brahim Llob, en estas tres fantásticas novelas de corruptelas, asesinatos y bajos fondos. Las descripciones de la ciudad que usa el premiado autor (un barbas con el mismo nombre que tenía una niña de 8 años que conocí hace mucho y que me asalta la memoria de vez en cuando), esa prosa poética desesperada repleta de imágenes bellísimas, metonimias y metáforas que abren cada capítulo, son lo que más me gustó del libro. El resto es entretenido y divertidísimo hardboiled clásico en un entorno asfixiante.