Miyerkules, Abril 12, 2017

La hoja de Malasaña


Recientemente ha cumplido dos años La hoja de Malasaña, un boletín informativo que se puede coger y leer gratuitamente en numerosos locales del barrio. Ha sobrepasado el centenar de ejemplares, lo que es una verdadera proeza, un ejemplo de tesón. Eso es innegable. Como amante de la autoedición, la prensa marginal, la información alternativa y el papel en general, y como residente del barrio de Maravillas y (desgraciadamente) ligado permanentemente al gremio de la hostelería, supe de esta iniciativa desde el primer momento, y celebré su nacimiento con sana envidia, con enorme alborozo y expectación. Qué ingenuo era entonces...

Siempre soñé con hacer algo parecido, una "hoja parroquial" distribuida libremente por el "pueblo", de manera semi-clandestina, repleta de datos efímeros, información única, aportar mi granito de arena a la agitación cultural subversiva. En mi caso, fantaseaba además con un formato muy similar al de éste: un mero A3 doblado, en blanco y negro, desechable, para matar el rato en la cafetería. Que se distribuyera mediante una avioneta que arrojara el cargamento semanalmente, siempre a la misma hora los martes. Las posibilidades de este formato son inabarcables, y eso es lo maravilloso de la letra impresa. Soñaba con dar a conocer universos culturales soterrados, personajes misteriosos, información privilegiada, gossip de andar por casa, y por supuesto noticias hiperlocales, anuncios, el clásico compro-vendo-cambio, gatitos extraviados, etc.

Ha habido, por supuesto, otras iniciativas de este tipo en el barrio. Destacando la revista El Barrio que editaba con tanto amor, hará un par de décadas, gente muy ligada a la Asociación de Comerciantes que había en la Dos de Mayo. O el propio fanzine Malasaña. Y por supuesto, la definitiva apuesta hiperlocal digital de los tiempos 2.0, la maravillosa web Somos Malasaña, que ojalá tuviese un reflejo impreso coleccionable, porque el espíritu es el mismo y su labor es encomiable. El barrio también conoció iniciativas bizarras y definitivamente minoritarias, ligadas al chismorreo punk de risa que practicábamos los jóvenes de los años noventa, como Flujo o Ecos de Malasaña, "hojas parroquiales" combativas y que daban verdadera vida a la zona. En aquellos citados años 90, la añorada época de Malasaña La Vieja, la buena, la de verdad, la anterior al Nuevo Orden Triball, después de tomarte unos tercios por la ruta de los bares de rock volvías a casa con un Bola ocho, un Cretino o un Monográfico; o más recientemente, también es verdad, con un Bananas, una Vice un MondoSonoro. Por cierto, que a comienzos de este mismo 2017 nacía otro proyecto de fanzine de gossip y cultura extrema similar relacionado (de aquella manera) con el barrio: el misterioso TOC, que ojalá crezca y adquiera entidad.

El caso es que yo siempre he querido hacer algo así, juntarme con unos colegas y pergeñar una revista gratuita de información y cultura, sin ánimo de lucro, depositarla en un puñado de locales, formar parte del tinglado local. Incluso, un par de veces, nos hemos reunido varios interesados para hablar del proyecto. Pero es complicado, y corren malos tiempos para el underground. Por eso, descubrir La hoja me hizo tanta ilusión. Enseguida conocí a su responsable y me ofrecí para colaborar, pero no parecía haber mucho feedback ya entonces. Pero a mí me encantaba La hoja, y la guardé religiosamente semana tras semana, hasta juntar los primeros 50 ejemplares en mi casa; aunque, la verdad, realmente no había nada que me llamara la atención, el diseño es bastante mejorable (difícilmente se podría hacer más simplón), no hay nada que se pareciera remotamente a mi sueño de publicar una modesta revistilla semanal (si acaso, me hacía gracia la simpática sección por la que desfilaban algunos camareros habituales), y los terminé tirando a la basura. Y de un tiempo a esta parte, cada vez que veo el montón de ejemplares en algún sitio, me alejo de allí disimuladamente.

Primero, la publicidad se fue haciendo cada vez más invasiva. Sí, esto es algo lógico, inevitable, comprensible, plausible, dado que es lo que garantiza su supervivencia; pero en este caso los anuncios provenían de entornos del barrio que personalmente me son completamente ajenos (fiestas de osos en Chueca, la colección de locales del emporio del nuevo propietario del Rivas ocupando todas las páginas...), y encima muchas veces venían disfrazados de noticia, y eso está feo. Y los contenidos, cada vez me parecían más irrelevantes y carentes de toda originalidad: fábulas moralistas, un relato breve propio o ajeno, un apunte sobre una tala de árboles o una fiesta en un garito... En fin, poca relación con la cultura del barrio (y con la cultura posterior al siglo XIX en general), su historia, sus habitantes, nuestra cosas. Además, coincidiendo con la reapertura de las Bodegas Rivas y su patrocinio de La hoja, así como con el asentamiento del nuevo ayuntamiento progresista de Ahora Madrid, La hoja se ha convertido, literalmente, en un panfleto de información amarillista, maniquea y reaccionaria hasta el absurdo. No tengo ejemplares delante, pero como a menudo sigo atado a una barra, es casi inevitable que ojee sus titulares semana tras semana, y puedo asegurar que es auténticamente bochornoso.

El responsable de este supuesto "periódico semanal" está empeñado (legítimamente, vive Dios: que haga lo que le dé la gana) en hacernos saber lo sucias que están las calles de Madrid desde que Carmena es la alcaldesa, como si todos fuésemos gilipollas y los 24 años anteriores el barrio de Malasaña hubiese estado limpio alguna vez. Un alcorque roto, un bolardo torcido, un anciano que tropieza o una multa de tráfico se convierten en noticia de portada a cinco columnas, acompañada de un editorial en el que se relaciona con las vacaciones de Manuela Carmena en un paraíso vacacional (lo juro), con que los desahucios y la pobreza siguen existiendo (?) mientras que no sé qué concejal tiene tres pisos, o con cualquier ridículo cotilleo falso que ha soltado un twitero o el sinvergüenza de Eduardo Inda en la tele. Que la desastrosa chapuza del BiciMad de Ana Botella haya tenido que ser absorbida por el consistorio para el bien común, como no es un negocio rentable sino un bien social, ya tenemos conspiración. Que el ayuntamiento decida poner mingitorios públicos (la noticia más hermosa y emocionante que he leído jamás en la vida, a mí que me meaban en la ventana todas las semanas cuando vivía en un bajo; y que ahora vivo en una calle en cuesta que huele permanentemente a pis seis meses al año), es visto desde La hoja como un molesto desastre urbanístico. Que se exija transparencia al grupo Wanda o que se hagan consultas populares, son tildados de tinglados financieros a la altura de los del Albondiguilla, o muestras de nepotismo que dejan a Eurovegas como una broma. ¿Que alguien ha podado un árbol? Obviamente, es porque Carmena es una comunista cochófoba. ¿Que cierra una panadería tras 40 años de negocio? Fue Ramón Espinar, que se tomó una Cocacola. ¿Se le ha perdido un periquito por una azotea de la calle Espíritu Santo? La culpa es del nazi de Zapata o de las tetas de Rita Maestre. Y a continuación, lean esta coplilla de Jorge Manrique o este relato seriado que hemos sacado de un libro de Poe. Ese es el nivel.

Vale, tal vez estoy exagerando. Pero doy fe de que La hoja de Malasaña se ha convertido en buena medida en un panfleto propagandista anti-podemita, en pura basura pseudo-periodística sin relación con el barrio ni interés alguno para nadie en su sano juicio. Y aunque esto sea absolutamente irrelevante, que tan solo es un folio que de vez en cuando alguien hojea mientras espera a un colega sentado ante una barra, a mí personalmente me da mucha pena por la oportunidad perdida.

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