miércoles, 9 de agosto de 2017

Mr. Pickles (2013-)


Esta semana he descubierto y devorado esta serie de 21 episodios cortitos de [adult swim], una salvajada de animación protagonizada por un perrito satánico e hijo de puta, y su relación con la familia que lo acoge, los Goodman. Si todavía queda alguien que asocia los dibujos animados con lo infantil, este es uno de esos ejemplos con los que golpearle en la cabezota: más o menos, para entendernos, es como Lassie dirigido por Charles Manson.


El Señor Pepinillos es el collier del pequeño Tommy Goodman, un nene de 6 años que camina a duras penas ayudado de unas prótesis de hierro. Su relación es tan dulce y tierna como la de cualquier crío con su mascota, y Pickles protege a su amo ante cualquier agresión o peligro. De hecho, Tommy es la única persona a la que obedece, y quien evita que Pickles se pase las 24 horas del día mordiendo, mutilando y destripando a gente, generalmente para arrastrar sus cuerpos moribundos al inframundo que se esconde bajo su caseta del jardín, donde somete a cientos de seres humanos a todo tipo de torturas y sangrientos sacrificios rituales. Pickles es la mismísima encarnación de Belzebú, una bestia que ataca a todo lo que se mueve, asesino de masas y líder del extraño culto sectario satanista que transcurre bajo la aldea de Old Town.


Los demás miembros de la familia Goodman son el padre Stanley, la madre Beverly y el abuelo Henry. Stanley trabaja en una bizarra empresa de telemarketing, que ofrece artículos idiotas como escafandras rellenas de aperitivos salados o ventanas falsas. Es un padre de familia amargado y con tendencias autodestructivas, pero por lo demás cumple su rol correctamente. Por su parte, Beverly es dulce y comprensiva, la clásica madre media de la ficción americana. Apenas sucumbe a arrebatos de ira homicida. Sus características principales son sus gigantescas tetas (el bulto de los pezones marcados en su bamboleante camiseta fue uno de los pocos cambios destacables entre el episodio piloto y el resto de la serie), y el ser la candorosa víctima de los constantes frotes del perrito de la casa. ¡Y le dobla Brooke Shields! El Abuelo, padre de ella, cumple un papel destacado, ya que es la única persona del pueblo que sabe que el perro es un asesino psicópata reincidente, pero nadie le cree pensando que chochea. A menudo, la estructura de la serie se basa en este juego recurrente: algún ser miserable llega a Old Town (una banda de mafiosos, unos asesinos en serie huidos de prisión, un Bigfoot, una asociación de pederastas...), y mientras el torpe del Sheriff da palos de ciego, es el astuto perrito el que soluciona los casos (entre grotescos baños de sangre) y solo el abuelo conoce su macabro secreto, que intenta denunciar inútilmente.


Sheriff, un manflorita en patines tarugo e incapaz, es otro secundario fijo entre la fauna local de Old Town, repleta de infraseres, inadaptados y personajes con todo tipo de malformaciones severas. En la línea de lo que sucede en South Park (Colorado), o en la aldea de "2000 maniacos", en Old Town abundan los mutilados, los obesos mórbidos, los enanos y los mutilados de guerra. Hay por ahí una banda de Hell's Angels en sedgway, un cuarteto de punkies con cresta y tachuelas que cantan delicadas melodías duduá a capela, viejos terminales, brujas pirujas, hillbillies tarados amantes de las armas, rameras, políticos corruptos y peña de lo más raro posible, tanto como los argumentos de esta serie extrema y repleta de gore, sexo, decadencia y destrucción. Los episodios son autoconclusivos, pero todo termina teniendo una razón de ser hasta desembocar en cada season finale, y hasta el personaje más pequeño acaba volviendo a aparecer en algún momento.


La obsesión por resultar más transgresoras y decir más palabrotas que todas las anteriores, esa lacra que parece asolar a todas las series de animación para adultos, me suele producir rechazo; pero en este caso ese "satanismo cuqui" que lo impregna todo me resulta simpatiquísimo y me ha fascinado, en una línea extrema similar a los tebeos salvajes de Johnny Ryan o de Mike Diana. Otro de los referentes gráficos que me venían a la cabeza viendo esto, eran los tebeos enfermos e incorrectos de Electric Retard (los originales, de hace unos diez años). Y el humor más cafre de Mr. Show with Bob & David (los chistes racistas, la "distribución anatómica alternativa" de la gente, el dolor y la violencia de risa en general), es influencia confesa, ya que en Mr. Pickles ponen voces dos de los actores habituales de allí. Si uno presta mucha atención, por cierto, a los espídicos créditos finales, verá que también han colaborado, puntualmente, estrellas de la talla de John Waters, Rob Zombie, "Weird Al" Yankovic, Steve-O o Iggy Pop. El trasfondo death-metalero, la simbología satánica, las máscaras y uniformes, el "nazismo hecho pop", los secretos que poco a poco se van desvelando hacia los finales de temporada, la presencia continua del bosque y sus misterios o el uso de ciertos personajes me recordaba también a Metalocalypse o a las historietas de Black metal comix de Magius (donde la deuda contraída con South Park era también obvia). Mi episodio favorito (por poco), el de la leyenda del Hombre de Queso («cheeeese man...»); el capítulo entero dedicado a Astronaut Dolphin Detective, a mí me sobraba.


Los responsables de este alucinógeno se llaman Dave Stewart y Will Carsola, y llevan casi todo este siglo funcionando juntos bajo la firma DayByDay, como pareja creativa y cómica, aunque es la primera vez que lanzan un producto enteramente de animación. De los dos, el dibujante es Carsola, que al parecer viene del mundo del grafiti, claramente influenciado por el arte lowbrow, seguidor de la pauta marcada por Gilbert Shelton, Basil Wolverton o Kim Deitch, aunque con ese macarrismo naïf del citado Johnny Ryan. Antes de entrar a escribir en el programa-contenedor experimental de [adult swim] TripTank, hizo algunos cortos o webisodios de Funny or die presents... con Stewart, y dirigió dos mixtapes muy curiosos en los que combinaba escenas de skate y de arte urbano con animación, humor gamberro, vagabundos y death metal, "Teenagers from Marz" (2005) y "Teenagers from Uranus" (2006), entre otras tareas de edición de video (el ritmo de Mr. Pickles es tremendo). En su canal publican otras chorradas y algunos otros cortos de animación, como "The real story of Adam & Eve" y "Scumbags", por si os ha gustado tanto Mr. Pickles como a mí y ya se os ha acabado. Hace más de un año que anunciaron la tercera temporada, y quedan muchos cabos sueltos (y piernas, y cabezas) que recomponer.


martes, 8 de agosto de 2017

Club de Amigo del Disco (Nueva columna semanal)


Me gustan mucho, MUCHO los discos de vinilo. Ya está. Sin fliparme. No llevo barbas ni tatuajes, ni tengo las paredes alicatadas de módulos de almacenamiento Kallax, y soy un férreo practicante de la acumulación indiscriminada de .mp3, de escuchar mixes de Youtube o cualquier otro formato; me importa la música por encima del formato y todo me vale, mi programa de radio es prueba de ello, o mi actividad de DJ Symbiótico amateur y escéptico en cuatro bares del barrio, siempre con el portátil y el disco duro de Dani DeFreeze a cuestas. El coleccionismo de discos es una afición cara, y el purismo me la suda. Pero me fascina de una manera infantil y tosca, además del objeto en sí, el ritual del vinilo: eso tan extraño que se hacía antes, de pinchar un disco y escucharlo entero, una cara y luego la otra, y el cariño con el que hay que tratarlo. Me enseñaron a cogerlos hace muchos años, hubo una época que pasé en un bar en cuya cabina casi solo había vinilos (una colección impresionante) y disfrutaba mucho yo solo allí con ellos en las primeras horas de la tarde. Y echaba también muchísimo de menos las tardes de sábado visitando tiendas, seleccionando perlas de las montañas de basura en La Metralleta o Killer's (en tiempos, yo solía patearme sobre las de la calle Salud y Tres Cruces, aunque en la que era verdaderamente habitual de joven era FM, al lado de Crisis Comics, que en paz descansen todas ellas), volviendo a casa tan contento con una carpeta o, si me había vuelto loco, con 4, además de los tebeos de superhéroes del mes. En la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión me llegué a gastar 150€ una vez en ¡dos discos! (un doble directo pirata de Zappa y el primero de Geronimo Black), que aún conservo, aunque cuando hice mi segunda y última mudanza decidí vender casi todos, porque mi tocadiscos llevaba meses roto. También tuve un tocadiscos artesano, único en el mundo, que fabricó un amigo mío manitas aficionado a comprar trastos rotos y reconstruirlos, que por mera afición había hecho en su casa tres tocadiscos, y me regaló uno. Era mi posesión más preciada. Es una obra maestra, que ahora cría polvo encima de un armario a la espera de tiempos mejores:


Porque también se me jodió un día hace un par de años, y había desechado la idea de volver a coleccionar vinilos. Lo que pasa es que mi padre (a la sazón profesor de música, entre otras materias) me ha regalado su equipo de música. Desde que nací, había en casa un equipo estéreo impresionante, un mueble de esos de madera recia con cuatro pletinas y altavoces como furgonetas, y ese rincón de la biblioteca de papá era mi lugar favorito de la casa. De hecho, yo era el único que lo usaba. Tuve mi propia colección de LPs, aunque siempre fui más practicamente de la casete grabada (también tiré mis casetes a la basura, en cinco bolsas de basura, hace mucho), el CD casero y sobre todo la radio musical. De pronto, después de perseguirlo durante años y años, mis padres decidieron regalarme el equipo de música entero. La semana pasada lo estuvimos trayendo a casa, y por fin lo he montado todo y funciona a la perfección. Y claro, me ha vuelto a picar el bicho del vinilo.

Para no volverme loco, que a mí me quema mucho el dinero, he decidido hacer una columna semanal en este blog, a la derecha, y tratar de escuchar un disco a la semana. Mi idea es, por ejemplo, ir a tiendas de segunda mano y pillar un LP barato que me llame la atención y cuyo contenido desconozca por completo. Máximo, 10 euros a la semana, porque si no me voy a gastar un dineral, se me va a ir la cabeza con todas las tiendas que hay ahora en el barrio. Los gargantuescos altavoces de madera del equipo están apuntando hacia el sillón de orejas. Quiero recuperar ese ritual de pinchar un disco y escucharlo entero atentamente. Se vale ir al retrete, tender la ropa o leer algo ligero en el proceso, pero el objetivo único es descubrir cosas nuevas, escuchar los discos que me compre. A ver qué ofrecen los cajones de las tiendas, la lotería de la segunda mano. Mi impulso inicial es comprarme todos los discos que más me han gustado en la vida, reunir la colección perfecta, e incluso llenar la casa de singles de la música que suelo pinchar en .mp3, pero eso es una locura. Bueno, a ver qué pasa. Todo esto ha coincidido con mi 39º cumpleaños, porque ayer fue mi cumpleaños, por fin tenía el tinglado montado, y después de probarlo con mis viejos discos de Pink Floyd, Zappa, uno de Mancini y algunas cosas de las que mi padre metió en el lote (básicamente, folclore español y varios palmos de música clásica, que quiero ir explorando también, me servirán para las semanas que no tenga novedades), voy a inaugurar la columna de mi propio, privado y limitado Club de Amigo del Disco Semanal con mi regalo de cumpleaños de ayer, el regalo que me hicieron los Cejakas, el último LP que sacaron los Neanderthals, que vienen a tocar en octubre con SCOTS y ya tengo la entrada. Supongo que tendré este blog tan abandonado como siempre, pero si recupero más o menos la estabilidad (también comencé nuevo trabajo esta semana, el 5º del año, creo) la columna de la derecha irá cambiando.